Galápagos es el paraíso que aún no está perdido
Por Hernán Rodríguez Girón
Publicado en Diario El Mercurio, el domingo 11 de febrero de 2007, página 6B, naturaleza.
GALÁPAGOS, Ecuador (11/02/07).- Al continente llegan los rumores de un ecocidio: que están acabando con los pepinos de mar, dicen, con los tiburones por la pesca incidental de sus aletas para calmar el hambre exótico de los asiáticos que con ellas hacen sopa, dicen, que los recursos de la Reserva Marina, Patrimonio Natural de la Humanidad, se agotan, dicen.
El silogismo antecede a la catástrofe, desde el imaginario de los que habitan en el continente: acaban con los pepinos de mar, matan a los tiburones, depredan los recursos naturales de la Reserva Marina, por lo tanto “¡las islas Galápagos desaparecen!”. La información sobre los graves acontecimientos que suceden en las islas, sobre lo que sucede con el medio ambiente, publicada por los medios de comunicación es solo una pieza de la inconmensurable realidad que un visitante, pequeño y modesto, pueden encontrar y sentir en el archipiélago en el que en su realidad cotidiana se entremezclan historias de vida, leyendas y la evolución de las especies que no se detiene.
La primera impresión que capta todo turista es que Las Galápagos son algo extraordinario, único, con un paisaje de otro mundo que hace honor al sobrenombre de “Encantadoras”. Esta impresión se refuerza cuando se observa el primer pinzón, un pájaro inquieto y muy inteligente, que juega con los pasajeros de los aviones que llegan al terminal aéreo de Baltra.
Desde los acantilados, abismos, playas o rocas, también se pueden observar a simple vista en la cristalina agua del océano algunas especies como lobos marinos, tiburones, pulpos, escuelas demantarrayas, tortugas marinas y hasta un curioso y exótico pez anfibio, el “chupapiedras”, que puede estar 20 minutos fuera del agua, un ejemplo de la transición de las especies entre el líquido materno y la tierra.
En cada isla visitada se puede hallar un animal emblemático. En las islas Plaza, el primer contacto con los lobos marinos, enormes, robustos, como si fueran perros con su ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!... similar a un ladrido ronco. Las crías son un primor, curiosas y juguetonas. No hay pedazo de tierra firme o de playa en el archipiélago que no tenga por lo menos una pareja de lobos, siempre atentos, investigando, defendiendo su territorio.
La isla Española o Hood, al sur del grupo de islas, tiene como carta de presentación una colonia de albatros con 18.000 parejas, que anidan en el acantilado “Blow Hole” o el hueco soplador. Todos esos miles de pájaros recorren el mundo, pero siempre regresan a aparearse aquí en La Española. Los albatros son hermosos y su envergadura alar es gigantesca durante el vuelo, pero son torpes para despegar del suelo o para aterrizar, lentos en tierra inalcanzables en el cielo. Otra cosa hermosa de ver es el baile de apareamiento, son muy tiernos y cruzan sus cuellos como acariciándose. Un espectáculo digno de atestiguar. Después de que la hembra y el macho del albatros se unen, no se separan durante toda la vida y guardan fidelidad.
En cambio, Floreana, Santa María o Charles, es famosa por su laguna con flamingos rosados y por la historia de la Varones Wagner, una extravagante inmigrante europea que fundó una colonia nudista en la isla con sus dos amantes a principios del Siglo XX y que tuvo un trágico final.
Santa Cruz o Indefatigable es la sede de la Estación Charles Darwin, con un centro de investigación y reproducción de tortugas gigantes. Las islas deben su nombre a este quelonio mundialmente famoso, nombrado así por los españoles porque su caparazón les recordaba un tipo de montura para caballos. Las tortugas fueron puestas al borde de la extinción por la depredación de piratas, balleneros y empresarios, que se las comían o las usaban para obtener aceite para lámparas. Muy pocos saben que a finales del Siglo XIX el aceite de tortuga de Galápagos se usaba para cargar los faroles que daban luz a las calles de Guayaquil. Como eran tan pacíficas y lentas, era fácil darles caza, matarlas y consumirlas por miles. Los buques balleneros las almacenaban boca abajo en sus bodegas, unas sobre otras. En esa posición duraban vivas hasta un año, sirviendo de alimento a los marineros que así prevenían el escorbuto, una enfermedad causada por el consumo de carne en mal estado.
El tesoro de Seymour Norte o North Seymour son las fragatas, con su prominente buche color rojo en los machos de la especie, que usan para atraer a las hembras y los piqueros de patas azules, “blue foot bobies” o pájaros bobos de patas azules, que tienen un curioso silbido “fuuuiiiiiuuu”.
En el sombrero chino caminamos sobre tubos de lava. En el horizonte se observa el perfil de tonos azules y grises de Isabela y Arbermarle, con historias de depredación y exterminio provocadas por los propios isleños, que, frente a la falta de recursos, no les queda más que pescar intensivamente el pepino de mar, para conseguir algún dinero. Se está agotando la especie y se están enriqueciendo solo unos pocos caciques sinvergüensas.
En Genovesa o Tower habita una colonia de petreles de tormenta, son millones de pájaros que se mueven como si fueran un solo animal. También atrae la atención el piquero de patas rojas. Un pulpo camaleónico hizo el show desde un estanque, que parecía su propiedad, miraba con curiosidad a los visitantes. Más allá en el agua transparente una colonia de peces damisela que cuidaban su cultivo de algas diminutas.
El tesoro de Santiago, San Salvador o James, son las focas peleteras de las cuales quedan ya muy pocas, el resto de sus congéneres fueron masacradas para la industria de la moda, por su piel son apetecidas para la fabricación de abrigos. Estos animalillos juegan entre el agua y los puentes de lava de Puerto Egas. En Playa Espumilla se hallaba seca la laguna y en ella muertas dos tortugas marinas, lo que se debe posiblemente a la época seca de agosto en las Galápagos y no al calentamiento global. Otro atractivo que sorprende en Santiago es su enorme campo de lava en Sullivan Bay, cubierto de pahoeho o caprichosas formas de la lava enfriada que parecen intestinos humanos, soga de cabuya o circunvoluciones cerebrales. La última erupción del volcán de la isla se remonta a 1897.
El mirador de Bartolomé trae nostalgia, porque el viaje está por llegar a su fin. Luego de subir 380 escalones y a 115 metros de altura, se tiene una vista general de ese mundo nuevo que son las Islas Galápagos. Finalmente, en Isla Mosquera, la despedida la tienen preparada nuevamente los lobos marinos.
El paraíso puede estar amenazado, pero aún es posible salvarlo. El Parque Nacional Galápagos (PNG) como institución de protección, trata de hacer su trabajo y eso se ve. El archipiélago tiene 18 islas, 105 islotes, dispersas en 38.000 km2 de mar interior y su reserva marina abarca los 133.000 km2, una extensión enorme de un tesoro natural único. Hay que sentirlo y disfrutarlo, solo así se entiende porqué es importante su cuidado.

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