Manuel Monge: el jardinero fiel de Pumapungo

Entrevista por Hernán Rodríguez.

Manuel Monge trabajó desde 1980 en el predio de Pumapungo, desde el inicio de la campaña de prospección arqueológica que permitió poner en valor al sitio arqueológico. Por el Día Internacional de Trabajo y ahora que Manuel está jubilado, se publica esta entrevista como un homenaje a su contribución para rescatar del olvido al patrimonio cultural arqueológico de Cuenca. Nació en 1948, casado 51 años con Rosa Aurora Lojano Arias, cuatro hijos (Víctor, Sergio, Margarita y Marcia)

HR.- ¿Qué año entró a trabajar en Pumapungo?

MM.- En 1980. Pero no como ahora. Yo trabajaba por tiempos, unos tres meses, unos ocho meses. Por períodos. Bajo las órdenes del Doctor Jaime Idrovo, que escogía al personal. 20 hombres trabajamos con él para descubrir Pumapungo. Tres meses y nos íbamos. Ya sabíamos que en tal fecha teníamos que regresar de nuevo.

HR.- ¿Dónde trabajaba antes de Pumapungo?.

MM.- En construcciones. En el Banco de la Vivienda y de allí me vine a Pumapungo.

HR.- ¿Su oficio es maestro albañil?

MM.- Claro. En eso trabajaba. En construir casas. Pasé un día por Pumapungo y pregunté si había trabajo. 

HR.- ¿De qué proyectos del Banco de la Vivienda participó?

MM.- Monay, El Paraíso III, Las Retamas. Acabado ese proyecto, cuando era presidente Jaime Roldós, un muy buen hombre, llegó un día a visitar a los trabajadores. Ganábamos 300 sucres al mes. El presidente paró cuando estábamos construyendo una calle y nos dijo: “voy a poner a todos los trabajadores 50 sucres más, van a ganar 350”. Yo le escuché. Las casas en Las Retamas eran bajas, ahora tienen de dos a tres pisos. Pero cuando las hicimos eran todas bajas. En cada cuadrilla manejaban los principales 20 personas, para los trabajos. Laborábamos el año corrido y estuve en ese trabajo unos 8 años. Hasta que salí de allí y vine por Pumapungo, de paso, a preguntar por el Licenciado Pedro Cueva. La oficina era en el ex Colegio Borja, porque este edificio no existía. Llego, le saludo, era todavía de mañana y le digo: “buen día señor licenciado”, me dice “siéntese, siéntese, busca trabajo o no” me pregunta. Yo le digo que sí, que quería preguntar si puede haber un trabajo. “Aquí hay trabajo”. Y para comenzar me asignó con Jaime Idrovo. Me dice el Licenciado Cueva, mañana regresa pero con la cédula y la libreta militar. Trae también ropa de trabajo.

HR.- ¿En qué mes de 1980?

MM.- Sería octubre. Me fui contento, Dios me dio una orden y encontré trabajo.

HR.- ¿Cuánto ganaba?

MM.- El sueldo era mayor. A las 7:30 de la mañana se entraba a trabajar y a las 3:30 de la tarde se retiraba. El mensual era 400 sucres. Era para mí bueno. Con 400 para vivir y ya casado. Para mi suerte y gracias a Dios hallé este trabajo en el Banco Central.

HR.- ¿En qué barrio vivía?

MM.- Yo vivo hasta hoy en un punto que se llama barrio Gualalcay, perteneciente a la parroquia El Valle. Allí nací. He vivido allí toda mi vida. Mi finado papá, mis abuelos, allí han vivido. Cuando ellos fallecieron yo he vivido allí mismo.

HR.- ¿Cómo recuerda Pumapungo cuando entró a trabajar?

MM.- Ahora hay una linda vía. Pero en aquel año era una bajada con puros cercos, con un camino solo para caballos. Eran cercos, puro cercos, con rocas. Era suelto, había la laguna y podía entrar cualquiera. Pero el predio no era tan grande. El Banco Central compró más terreno. No había cercas, no había nada y cuando yo venía a trabajar, entraba directo por El Vergel. Me bajaba del bus en El Vergel. Allí había un puente de madera, con cuatro palos que habían puesto y así pasaba yo. Del Valle venía en buses de cajón, ahora están mejores. Y nada que darme la vuelta como ahora por la Calle Larga, entraba directo. Los buses eran de madera, de cajón de madera y bajaban del Valle llenos, veníamos como borregos. Aquí no había nada, todo era suelto, puras moras y hierba, todo el terreno. Todo era llano, todo, no era así como es ahora. Ya cuando realizamos el trabajo con el Doctor Jaime, al que consideraba que no hacía nada le despedía. A cada cual ordenaba que haga un tanto del empedrado, de las piedras que habían salido y de las que faltaban. Había quienes ponían piedras que convenían y las que no. El Doctor revisaba el trabajo de cada persona que estaba allí y si habían puesto las piedras que no convenían, les despedía. Con Don Jaime no había bromas y nos tenía advertido, si no hacen bien les despido. Era duro. Trabajaban Patricio, Jorge, Leonardo, Pepe, Eugenio, con el Doctor Jaime, pero para controlar. Cuando se hacían las cosas bien el Doctor Jaime le conservaba a uno aquí; pero si no se hacían bien, podía uno estar un mes o tres meses, el Doctor Jaime le despedía enseguida.

HR.- ¿En que año hicieron la Avenida?

MM.- No recuerdo. Aquí no había nada como se ve ahorita. Después… comenzamos a levantar los muros y para hacerlos era obligado primero que buscar el cimiento. De todo lo que se ve, lo que está. La orden era, si no encuentran el cimiento no hacen el muro, pero si lo encuentran hay que hacer. Por eso se levantaron todos los muros como están. Así se fue reformando de poco en poco, el mismo Doctor Jaime nos mandaba a traer las mismas piedras caídas, pero no había como poner cualquier piedra, la que convenía y era igual a otras piedras era la que había que poner. Así, buscando, pasaba el tiempo y nos desactivábamos. Nos quedábamos sin trabajar, tres, cuatro, ocho meses. Era por plazos, pero el trabajo era directo.

HR.- ¿Qué había en el túnel?

MM.- Dr. Jaime Idrovo ordenó que por turnos entráramos en el túnel. Íbamos hasta adentro. Para limpiar. Sacar las arenas. Se instaló luz. El túnel era botado, cualquiera entraba. Ahora no.

HR.- ¿Cuántos años pasó así?

MM.- Hasta llegar al 2000, cuando ya estaba todo. Toda la vuelta del Colegio Borja estaba hecha, pero de ahí para abajo había una grada recta hasta la laguna, con pinos de lado y lado, era un camino con gradas de piedra, no como ahora que hay una caminería frente a la laguna con material de tablas y botado lastre nada más. Antes había árboles, por un lado, en la parte del palacio, en todo eso. Pero ahora quedó así. Luego cada cierto tiempo nos llamaba Jaime Idrovo, que vengan a restaurar que se ha caído un muro, vuelta a arreglar. Batiendo hacíamos lodo. Y lo colocábamos en la piedra. El decía que éramos gente de campo y que sabíamos como hacer lodo, batiendo con los pies. Repito, aquí no había nada, todo era hierba. Jaime Idrovo era muy bueno, para que voy a mentir, pero cuando alguien le caía mal…. El siempre nos decía que con el paso del tiempo este lugar iba a ser mejor. Ahora ya hemos limpiado más de la cuenta, lo que solo era hierbas.

HR.- ¿Cómo fue el trabajo de encontrar cerámicas?

MM.- Esas cerámicas las encontramos mediante niveles para cavar. Primero hasta los 10 cm, luego hasta 20, a 30, 40, a 50, a 60, a 70, a 80 y para eso estaban lo jefes, Eugenio, Jorge, Leonardo,  en cada cuadrícula de 2.50 metros de ancho por 3 metros de largo. Se cavaba en parejas y cada jefe sentado para anotar si se encontraba algo, mientras nosotros seguíamos cavando. Si se encontraba alguna cerámica, cogían una funda y la ponían adentro junto con un papelito. Si no se encontraba nada hasta los 80 cm, ahí quedaba. Todo quedó hecho un arnero, más que cementerio. Puro hueco. Después de hacer todo eso tapamos todo. Y nos trasladamos abajo para hacer los cultivos. La laguna pequeñita ya existía. Había una vertiente, dos pozos. Pero sobre el terreno no había nada y no era propiedad del Banco Central, después lo compró y construyeron el cerramiento. Encontramos bastantes cerámicas. Cuando llovía, el Dr. Idrovo no quería que nos mojáramos, nos hacía entrar al Colegio Borja y estando allí cogíamos unos cepillos y cada uno con una cerámica, nos ordenaba que laváramos todo, con cepillo. Esa era nuestra actividad cuando llovía. Lavamos tantas piedras. Todas las cerámicas que encontramos.

HR.- ¿Qué función cumplió usted en el Parque?

MM.- Arreglos cuando se caían piedras. El Dr. Idrovo decía, cuando se caen piedras, ya saben ustedes como deben volver a colocarlas. Estaba atento a que nadie se vaya llevando cosas a la casa. Como nadie declaraba de a buenas. Nadie decía quien había llevado algo. Entonces advertían con llamar a la Policía para investigar. Un joven de Girón se llevó a su casa unas piedras. La Policía le llevó esposado para que traiga el mismo, cargando, lo que se había llevado. El Dr. nos advertía que no cogiéramos nada de las excavaciones, sea lo que sea. Los trabajadores responsables no debemos coger nada, no como ese joven. Se fue llevando los huesos de la mano y un brazo de un entierro. Al Dr, Jaime le dio molestia de que el joven trabajador haya hecho eso. Le despidió, le dijo que no vuelva más. Que para él nunca más habría trabajo. Solo para gente responsable. Nadie puede llevarse cosas. Teníamos la orden que si encontrábamos cosas no podíamos llevárnoslas. Luego me pusieron cerca de los hornos. El Dr. me dio la orden de que encontrara cosas, cerámicas.

 HR.- ¿Cuál fue su más importante hallazgo?

MM.- Jorge y Pepe estaban allí. Encontré lo que ellos dijeron que era oro. Una figura. También algo como una dentadura. Y como yo ya tenía la orden del Dr. de no coger nada… Si cumplen, van ha tener trabajo hasta el día en el que mueran, pero si hacen travesuras no van a tener más trabajo. Nadie que no sea responsable puede estar aquí. No querían mañosos. Trabajábamos cada 8 meses. Hasta que nos pasaron a manejar máquinas para hacer el Parque y allí si nos contrataron de manera indefinida. Así fue como finalmente llegué a Pumapungo y me pusieron a las órdenes de un arquitecto Vázquez. Era el año 2000. Fuimos un gran grupo de trabajadores. Como unos 100. Se cumplieron los trabajos de nivelación para el Parque y el arquitecto Vázquez se retiró agradeciéndome y me regaló unos 30 dolares. De allí pasé a cargo del Banco. El resto de trabajadores fueron despedidos en grupos de 10. Finalmente, es el finado ingeniero Loyola el que escogió a dos personas para el Parque. Y me escogió a mí y don Nugra, para hacer pareja. Me preguntó si sabía leer y escribir, yo le dije que ni la escuela había terminado. Entonces me preguntó que si podría trabajar en el Parque y yo dije que sí. Y mi compañero confirmó que sí podíamos. Entonces nos mostró todos los dibujos que había del Parque. Para plantar todas las semillas. De todas estas cosas vas a estar hecho cargo Manuel. Y me pidió que traiga un cuaderno de apuntes. Yo le dije que no, que en mi cabeza iba a anotar todo para hacer el Parque. El ingeniero me dice que iba a traer plantas para sembrarlas. Y yo le explico que todo lo que iba a poner estaba en mi mente. Primero íbamos a sembrar maíz como los incas. De ahí, en el medio, plantas pequeñas.  

 HR.- ¿Qué plantas sembró?

MM.- Alchogcha, ají, zanahorias, tomates, tomates ñutos… pepinos, quinuas. Era bastante de sembrar, todo poníamos desde arriba. Chicamas. Había para comer todas las plantas. Para sembrar cada semilla era a 2, 3 o 4 líneas y si la semilla era grande o gruesa era de sembrar un poco más hondo. Así todo. Cuando todo estaba listo, venía taita y decía, todo está bien, los dos son muy responsables. Todo está bien.

 HR.- ¿Qué hacían con las plantas cosechadas?.

MM.- Nada. Nunca me he llevado nada. La Dra. Cecilia decía regalen. Se cosechaban saquillos llenos de pepino. No hemos llevado nada, para qué. Yo de mi parte nunca me he llevado nada. Todo maduraba, zapallos, mellocos, mashua, los zapallos, zambos. Ya sabíamos como mantener la chacra, para quedar bien decía el finado ingeniero, bien aporcado, bien figurado, no como en el campo. Nosotros aporcábamos alrededor de la figura, todo bien, la chacra. Con lluvia, cuando paraba de llover, bien aporcado, bonito. Pasé doce años haciendo ese trabajo bien hecho, bien bonito. Como los incas, que sembraban el fréjol, el haba, junto con el maíz. Después hicimos el bosque, todos los árboles trajimos de Quingeo, Gualaceo, de todo eso trajimos las plantas. Del cerro. El ingeniero decía esto y esto hay que llevar. Buscando. Gañales, chulchules, de Jatumpamba. Llenamos todo, cavábamos hondo para poder sembrar. Cuando salí del trabajo quedó bosque. Sembramos sobre las rocas. También plantas medicinales. Romeros, hojas de burro, violetas.

 HR.- ¿Qué siente usted después de haber trabajado en Pumapungo?

MM.- Que para mí fue bueno. Haber mejorado el sitio para la ciudad, que cualquiera que viene va viendo, los turistas. Un americano vino a preguntar si los señores que hacían esto querían irse con él a trabajar en los EEUU. Yo le dije que me podía llevar, pero yo solo no quería ir. Me dio su dirección en Nueva York, pero yo no quería irme solo. El dijo que tenía un terreno grande para hacer igualito como hacíamos acá. La ciudad se compuso, porque más antes esto era botado. El Parque debe mantenerse como dejamos entregando.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Las sociedades precoloniales no eran estáticas, tenían una gran movilidad: María Guevara

Pumapungo: pasado y presente de la ciudad de Tomebamba

IFEA, impulsa la cooperación científica con el área andina