Catalina Sojos: un camino de palabras.
Por Hernán Rodríguez Girón
CUENCA, Ecuador (05/05/24).- Catalina Sojos Mata nació el 16 de abril de 1951 en Cuenca, Ecuador. Es una destacada poeta, escritora y columnista ecuatoriana, cuya obra abarca también literatura infantil y ha sido traducida a varios idiomas, como inglés, italiano y francés.
Desde temprana edad mostró interés por la cultura y la poesía, y publicó su primer libro, Hojas de poesía, a los 37 años. Su poesía explora temas como el erotismo, el existencialismo y lo urbano, con un fuerte énfasis en su ciudad natal. Ha recibido importantes reconocimientos, como el Premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral (1989) y el Premio Jorge Carrera Andrade (1992).
¿Desde los 6 añitos usted ya recitaba?
Sí, era la típica guagua recitadora, desde los 6 años, en Las Catalinas. El primer acercamiento que tuve con la poesía fue precisamente a través de la recitación. Mi madre me enseñó a vocalizar. Había una monja que era una maravilla, madre Ana Victoria Delgado, que también me enseñó mucho la modulación de la voz. Pero mi primer acercamiento fue la recitación y comencé a conocer a Gabriela Mistral, a Rubén Darío y una cantidad de poetas, que luego cambiaron con el tiempo.
¿Fueron sus profesoras las que le enseñaron el camino de la literatura?
Eso es verdad. Fue parte y parte. Al menos en mi época. Siempre tuve afición por los libros. Fui una bibliófaga, me devoraba los libros, hasta ahora. Y el tipo de lectura es siempre inducida, conducida, por buenos maestros. En mi caso, efectivamente, tuve gente que me condujo muy bien, claro que luego en la adolescencia surgieron otras personas, pero desde niña me gustó mucho la poesía. Y no solo la poesía, sino también las historias. Recuerdo una anécdota, me encantaba la historia sagrada, me parecía una cosa preciosísima, llena de ángeles, de serafines, de milagros, de cosas así. Entonces, había una biblioteca en Las Catalinas y allí iba siempre ha estar leyendo la historia sagrada (Se ríe). De allí salté al teatro y a tanta cosa. Sin la literatura no pudiera comprender la vida; a través del desciframiento de la literatura, del lenguaje, porque a la final eso somos, somos el lenguaje.
¿Quién es Catalina Sojos?
Eso me gustaría saber. Ya tengo 71 años y todavía no sé quién soy. Hay un texto que les encantó a unas amigas de Guayaquil:
Mi cuerpo desata
un vendaval de mujeres
A ellas les encantó esos dos versos. Pero realmente es difícil definirse. Yo creo que una forma de definición, una manera, es la búsqueda de la palabra exacta. Como digo siempre, esa palabra que no existe. Somos eso, porque la Catalina de la mañana no es la Catalina que está este rato conversando con usted. Somos un conjunto de imágenes y a la vez una esencia fuerte y una raíz también. Una identidad, pero también varias identidades a la vez. Ya me confundí. Muy, muy difícil definirse.
¿Con quién está casada?
Me casé muy guagüita, a los 17 años. Mi marido se llama Enrique Martínez Vázquez, médico. Uno de los 10 socios fundadores de la Clínica Santa Inés. Estamos casados ya un montón de años, miles de años y nos llevamos bien. Formamos una buena pareja, creo. Nos queremos, nos respetamos, tenemos tres hijos. Dos mujeres y un varón. Y tres nietos. Dos varones y una mujer. Vivo en la montaña. Vivimos bien, contentos, tranquilos. Sencillamente.
¿Qué es lo que más añora o lo que más recuerda con intensidad?
Creo que la vida me ha bendecido. Soy una mujer bendecida por Dios. Las anécdotas se han sucedido una a otra, permanentemente, durante mi vida. Cuando era jovencita, tenía unos 14 o 15 años, llegó la televisión a Cuenca y estaba Jorge Piedra en el Canal 3 de televisión. Hicieron que participe en el Canal con un programa para niños y estamos hablando de hace muchísimos años. Esas anécdotas son muy cálidas, tiernas, entrañables para mí. Luego la actividad en el teatro, que a mí me marcó la vida, porque tuve la oportunidad de estar con gente que hizo cultura en Cuenca y pude conocer a personas muy valiosas como Fabio Pacchioni (Padova, Italia 1927; París, Francia, 2005. Experto teatral de la UNESCO, traído al Ecuador en 1964 por pedido de Benjamín Carrión, promotor y conductor del movimiento teatral más significativo en la historia del Teatro Ecuatoriano), que llegó a Cuenca. Junto al maestro Pacchioni estuvieron los compañeros de la vida entera; en este proceso conozco a Jorge Dávila, Oswaldo Egüez, José Edmundo Maldonado, Estuardo Cisneros, Paco Estrella, así por el orden, una cantidad de gente que marcó mi vida, yo era una niña mimada. Ellos se iban de farra y me dejaban y yo me moría de las iras. El teatro. Allí conocí a Benedetti con “Dos docenas de rosas rojas”, cantidad de historias y de vida; “Esperando a Godot”, y la receptividad de la gente de Cuenca hacia el teatro en aquella época fue algo maravilloso. Luego me caso y me paso 20 años en la casa, criando a mis hijos. Lo cual me parece maravilloso también. Una hermosísima experiencia a la que no hubiera renunciado por nada en el mundo. De pronto, luego de 20 años, Jorge Dávila me llama para hacer cine. Allí conozco a Carlos Pérez Agustí, en conexión con la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Universidad de Cuenca y su Escuela de Cine y una cantidad de cosas, como luego la realización del Encuentro de Literatura, que me permitió conocer a otras personas, a escritores y poetas. Por lo tanto, es bien difícil definir que ha sido lo más importante. Creo que fue cuando me decidí a tomar en serio la poesía, trabajar y publicar. Eso es lo más importante en mi vida, la poesía.
¿Usted publicó su primera obra a los 37 años, hojas de poesía?
Así es. Las cosas se dieron perfectas. Me caso a los 17, paso 20 años en casa y publico a los 37 años. A la misma edad que Walt Whitman (Nueva York, EEUU, 1819; Nueva Jersey, EEUU, 1892, poeta, ensayista, periodista y humanista estadounidense) y sus “Hojas de hierba”.
Cuando hube leído el libro, la biografía famosa,
Me dije: “¿Es esto lo que el autor llama
la vida de un hombre?
¿Y escribiría alguno así mi vida cuando yo haya muerto?
Como si, en realidad, alguno supiera algo de mi vida.
Pues yo mismo, a menudo pienso,
que muy poco es lo que sé de mi propia vida.
Sólo algunos indicios, unos pocos rastros acá y allá.
Los que aprovecho para mi uso y registro aquí.
Walt Withman (Hojas de hierba)
Me dediqué a la poesía porque una amiga mandó un texto mío a un concurso y gano el primer premio a nivel nacional. El textito se llamaba “La Espera”. Creo que ese premio es importante, los premios son importantes, porque te dan la idea, la responsabilidad sobre tu obra, sobre lo que estás haciendo. Eso es lo más importante de un premio, más que cualquier otra cosa. Luego gané el premio “Jorge Carrera Andrade”, fui la primera mujer que ganó ese premio. Seguí trabajando en la poesía hasta el día de hoy. Esa es mi meta, mi camino, mi sendero.
¿Qué tiempo trabajó en la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay y como eran los presidentes?
10 años pasé en la Casa de la Cultura. Entré con Diego Jaramillo, luego seguí con Efraín Jara, Jorge Dávila, Tito Astudillo y terminé esta etapa con Carlos Freire. Fue una etapa muy distinta en mi vida. Cumplir un horario, marcar tarjeta y ese tipo de cosas, realmente no son para mí. Pero en cambio tuve la oportunidad de conocer a tanta gente tan hermosa. Una de las cosas más lindas de la Casa fue cuando me nombraron directora del Museo Manuel Agustín Landívar, hoy convertido en un basurero, con un desprecio infinito de las autoridades hacia lo que es la identidad cañari, inca y española, porque ese es un sitio definitivamente emblemático e importantísimo para Cuenca. El otro día pasé por allí y era una cosa terrible, ver como estaba. Bueno. Lo cierto es que, durante mi período como directora, me visitaba, llegaba, Efraín Jara y fue algo muy lindo porque se hicieron cosas en el Museo y además de Efraín me visitaba lo más granado de la intelectualidad de Cuenca y me apoyaban. Todo lo que es la arqueología, la antropología, pasaban a verme Tamara Landívar, usted, el Efrén Sempértegui, Jaime Idrovo, una cantidad de gentes que llegaban de diferentes facetas de la cultura, algo muy hermoso. Durante mi permanencia en el Museo hice un libro que se llama “Runas”, que es internacional, porque comparto la autoría del mismo con Rafael Courtoisie (escritor uruguayo), con el que hablamos del tema inca, del cañari, desmitificando al inca, quitándole las plumas, mirándole como un hombre, como un varón. Runa significa varón. También el juego del lenguaje con I Ching (oráculo chino, tiene su origen 1.200 años a.C.). En mí poesía siempre está la ciudad de Cuenca y sus “Cantos de piedra y agua” y en general todo. La Casa de la Cultura significó un espacio enriquecedor al máximo para mí. A pesar del reloj. A pesar de marcar tarjeta, que no valgo para eso.
¿Cómo fue participar en la realización de las películas de la Escuela de Cine que dirigía Carlos Pérez?. Usted posee en su casa un afiche original de “La última erranza”.
(Ríe) Es parte de esta vida loca que he tenido… ¡Una película pésima!, ¡espantosa!, pero en cambio fue algo tan hermoso… porque tuve la oportunidad de conocer a Carlos Pérez, a Iván Petroff, a Felipe Vega que pobrecito terminó de Ministro de Gobierno lo cual me parece terrible, pero bueno, el actuaba de Judío Errante, estaba también el Pepe Neira, pobrecito, ya murió. La hija de Alfonso Carrasco. Bueno, una cantidad de gentes. Y realmente fue una experiencia bien interesante, porque yo antes había hecho teatro, pero no tiene nada que ver, el lenguaje entre el teatro y el cine es totalmente distinto, es absolutamente diferente y por otro lado Iván Petroff se engolosinaba completamente con la cámara. Entonces ¡terminó siendo una película que no se acababa jamás!, porque Iván filmaba al perro, filmaba a la gallina, filmaba a la montaña, en fin ¡madre mía!. ¡No se acababa nunca la película!. A la final fue una muy buena experiencia, una aventura preciosísima, unas anécdotas increíbles. Inclusive me dieron el “Oscar” a mí, me hicieron un homenaje en la Universidad de Cuenca y me dieron el “Oscar”. Por un por si acaso. Muy bonito, muy bonito.
Qué personajes de la literatura nacional tuvieron la oportunidad de conocer su hogar y compartir con usted esta inquietud por la literatura, por la poesía?. Su casa es bellísima, en un lugar bello, asemeja un centro cultural y un jardín botánico, con unas vistas espectaculares del paisaje. La casa misma está llena de recuerdos, de antigüedades, es como una máquina del tiempo. Un museo de la memoria. Repleta de libros, de cuadros, de piezas arqueológicas. Todo distribuido con muy buen gusto.
Esa sí que es una buena pregunta. Por mi casa han pasado artistas de Quito, Guayaquil, Ambato, Loja, cantidad de personas, es bien difícil poder enumerar quienes nomás han estado. Por ejemplo, María del Carmen Albuja, Sonia Manzano, Juana Guarderas, Efraín Jara, Pepe Serrano, imposible enumerar a todas y todos, Alicia Yánez y su hijo Luis Miguel Campos (autor de Las marujitas se han muerto con leucemia) que aquí se enamoró… en fin. Es imposible enumerar, cantidades de personas que han visitado mi casa. Que les ha gustado este espacio, porque si creo que definitivamente este es un lugar bien especial, hay un acercamiento con la tierra, con la Pachamama. La vida mía se ha ido aquí en Guangarcucho. Tengo un libro que se llama “El rincón del tambor” porque guangar es tambor y cucho rincón y lo escribí a partir del desastre de La Josefina, porque cuando hubo el desastre, el taponamiento inmenso, abrimos nuestra casa, Enrique y yo y vinieron a refugiarse las personas que se quedaron sin casa, sin nada. Instalamos carpas y vituallas. Este sitio es algo muy querido, muy amado, con un lenguaje muy especial con la tierra y el campesino. Con la gente que vive acá que es sabia, que no tiene nada que ver con la gente de la ciudad. Es una belleza cuando llueve, porque para la gente del campo es una bendición, en tanto que en la ciudad la gente se queja del frío, del calor, de la lluvia; acá no y es mucho más amigable y la gente es también más fuerte. Es difícil acordarse de todos los nombres de las gentes que han pasado por esta casa.
Permítame hacer memoria de un poema de Efraín Jara que consta en una antología mano a mano con Jorge Enrique Adoum. Son dos de los poetas más queridos por usted Catalina. Narra el propio poeta Jara:
“En los inicios de la década de los ochenta del siglo pasado comencé la escritura de un pequeño ciclo de poemas cuyo tema era las pequeñas disensiones y encantos de la vida conyugal. Probablemente tenemos la idea de que la rutina es rota precisamente por estos instantes que a veces pasan tan inadvertidos, pero que justifican el hecho de que vivamos tantos años con otro ser. El título del ciclo, muy al estilo de Luis Buñuel, se llama “El perverso encanto de la vida conyugal”:
Metamorfosis
Recostado en el lecho,
prensado en una resaca de los mil demonios,
te miro sentada frente al espejo
iniciar el rito diario de la metamorfosis.
El papel tisú se habana sobre la piel de tu rostro
y con la crema te extraes la muerte de la noche anterior.
Tres o cuatro pinceladas
y tus párpados adquieren la iridiscencia de las alas del colibrí.
El rímel se ensaña con las pestañas
hasta crear la ilusión de una araña
que llevase bajo su abdomen una esmeralda fabulosa.
Instaura el lápiz labial la explosión de la amapola en el trigo.
Cuando liberas el cabello de los risadores
imagino el orgullo con que flamean las banderas
en los días de celebración.
¡Oh!, qué penosa y difícil es la hermosura de las mujeres.
Recostado en el lecho
entre la nebulosa tornasol de la resaca
contemplo tu larga mutación
de larva en fascinante mariposa.
Finalmente, para terminar, un poema escrito con la intención de fastidiar al lector, de tomarle por el pelo y hacerle tener rabia. El poema está montado sobre el supuesto de que los temas de la poesía deben ser graves y trascendentes, pero el poeta es una especie de rey midas que todo lo que toca lo convierte en poesía. Y creo que esto es un buen ejemplo de eso:
Crónica de una doble cacería
Súbitamente estalla la burbuja del sueño.
Abro los ojos entre estás y no estás.
Entre distante y mal humorado.
El frío me constriñe entre sus anillos de despiadado cristal.
Lanzo un ¡carajo!,
maldigo la luz de la lámpara,
el vientre de la vieja de tu madre,
el día en que te conocí,
¡oh desconsiderada y preciosa mía!.
Porque a las 2 de la mañana
echando las cobijas a los pies
y dejándome más desnudo y aterido
que una osamenta bajo la claridad de la luna,
tú has dado comienzo
¡a la orgiástica e implacable
cacería de una pulga!.
Desnuda tú también,
con los cabellos revueltos,
apoyada sobre las rodillas y los codos,
das con ella por fin
y la aplastas entre tus uñas.
Se oye un crujido,
como de espiga quebrada por el viento,
o de grano de anís bajo la suela de un zapato.
Sonríes con satisfecha perversidad.
La luz de la lámpara tambalea ebria
en el pulido nácar de tus caderas.
Extiendo entonces la mano,
palpo el firme y elástico volumen de pomelo de tus senos.
Te atraigo hacia mí.
Meto la mano entre tus piernas.
Me llamas ¡infeliz!, ¡aprovechón!, ¡hijo de perra!.
Boca a boca te succiono vengativamente el alma.
De este modo, inicio yo también,
Mi anhelante y nocturna cacería”.
¿Qué comentario le merece Catalina estos fragmentos de la poesía de Efraín Jara?
Hernán, es fuerte recordar a Efraín, porque el maestro me tomó a cargo. Porque tenía una despiadada ternura hacia mí. Tengo tantas anécdotas con él, me tomó a cargo. Inclusive cuando ya salí de la Casa de la Cultura él llegaba a mi casa cada miércoles a tomar un cafecito con galletas. Le encantaba ir al Museo Manuel Agustín Landívar, para que yo le lea los textos de él. Porque él ya estaba con los ojos malos. Le encantaba escuchar la poesía. Cualquier texto que tenía, lo primero que hacía es venir a mostrármelo. A ver que me parecía. Confieso que muchas veces me hizo llorar Efraín porque una poesía tan espléndida, tan maravillosa, como la de Efraín, te eriza la piel. Teníamos conversaciones largas y yo como una esponja, absorbiendo todo lo que podía del maestro. Este rato me recuerda, que él decía, que todo lo que el poeta toca se hace poesía. Jorge Enrique Adoum también decía lo mismo. Efraín decía que el poeta tiene una sensibilidad, una hipersensibilidad tan fuerte, que había nacido sin piel. Yo nací sin piel, me decía. Una llaga viva. Realmente es así. Yo creo que el tema de la poesía es algo bien difícil. No es una cosa como para espíritus romos (espíritus sin punta, sin filo), duros. Es algo muy fuerte. Recordarle a él me trae mucha nostalgia. Es una de las personas que más extraño en estos tiempos. Además, Eliécer Cárdenas, personajes que ya se han ido. Gente muy querida. Muy amada por mí.
Son algunas de sus obras Killa Raymi, Antología personal, Strogoncello, Ecuador, Brujillo. Algunas de sus obras han sido traducidas a otros idiomas, como es el caso de Strogoncello, al italiano. ¿Cuál es el tema central de su poesía o esta es diversa?.
Mi poesía se define a través de “Cantos de piedra y agua”. Creo que soy la primera persona, malo es que yo lo diga, es pésimo ser como juez de uno mismo, pero rompí el tema de la poesía coloquial, de juglaría, de juglar, porque cuando le escribo a Cuenca, me pasé 8 años escribiendo, puliendo, botando, rescatando textos. Yo creo que la poesía mía sí se define con “Cantos de piedra y agua”, precisamente porque son cantos, porque tiene un coral, porque tiene un preludio, un final. Sobre todo, porque yo le reto a Cuenca y un poco, ahora veo, con los años, como se cumplió todo. Esa ciudad de puentes rotos, ciudad hipócrita, ciudad bellísima, hermosísima, pero también tan golpeada, con sus aldeas flotantes que digo, por la migración, la miseria, con esos barrios escondidos, de sepulcros blanqueados, con el machismo, el alcoholismo, la violencia que hay. Embriagada y sonámbula ciudad de los barrancos. Es un amor odio a Cuenca. Una ciudad hermosísima, celeste y sola, ciudad de frío. Véale usted desde la autopista y le ve como una novia, con su tul de neblina, una bellísima ciudad, pero también compleja. Complicada. Creo que eso es lo que más me define.
Si me permite el atrevimiento, déjeme leer el canto tercero:
Canto tercero
“Cantos de piedra y agua”
Soy la que habita esta ciudad sin mar
Y escribo con el polvo de sus cúpulas
Cuenca llueve hacia dentro y eleva señales
Embriagada y sonámbula
Con su carma de soledades
Anuncia sus aldeas flotantes
Sus dioses desplazados
Su lágrima en la memoria
He bebido contigo el frío
Que resuma en los canastos
Deja que te ame más allá de los límites
Las mujeres se alejan
Amamantando palomas
Llevan el rostro dorado y la retama
Los ríos han llenado de nombres su camino
Hemos ido juntas por las calles
Con la risa quemándonos los pies
Y fuimos bajando, escalones, escalones
Lluviosamente peregrinas
Hasta tocar el muslo
De la ciudad dormida
Cuenca es un paisaje
Que se abre siempre en el mismo sitio.
Te escribo desde mi miedo.
De pronto tu mirada se recuesta en sí misma
Y ya no es fruto, pájaro o espejo.
Sobre que lado de la angustia cayó mi corazón.
Soy la que habita el dolor que se elevan
Para decir adiós a las aves que pasan.
¿Qué tanto ha cambiado esa ciudad, esa tranquilidad de la que disfrutábamos, la ciudad que usted conoció y conoce?
Ha cambiado. No hay tanta tranquilidad en mis textos. Porque siempre estoy molestándole a Cuenca y diciéndole cosas. Cuenca llueve hacia dentro, por ejemplo. Utilizo mucho la metáfora. Me escondo dentro de la metáfora. Pero porque es así, porque es muy difícil que Cuenca exponga su rebeldía. Ahora ya comienza un poco más, con el tema de la minería, de la violencia contra la mujer, los feminicidios, tanta cosa. Ha cambiado Cuenca, claro que sí. En cierto sentido para mejorar, hay una mirada mucho más frontal de la que hubo antes. Pero en otro sentido es demasiado descarnado para mí, ahora ya nada es prohibido. Ya no hay:
…la punta de la enagüita
la boca se me hace agüita
y el corazón me palpita.
Todo es tan a la luz. Tan descarnado. Sí, Cuenca ha cambiado, pero también hay que rescatar muchísimo su espíritu. Su espíritu cañari sobre todo. Que obliga una y otra vez a seguir peleando. Y a seguir luchando, ahora con el tema de pandemia que pasamos, es impresionante como la cuencana, el cuencano, la morlaquía, salió adelante, sale adelante siempre. Es una maravilla. Si hemos cambiado. Pero todo tiene que cambiar, porque la vida es eso, son etapas. Lastimosamente ahora con el narcotráfico y la violencia, del sicariato, se va volviendo imposible la convivencia. Yo conocí otra ciudad. Vivía en la casa de mamá, en la 9 de Octubre y nos íbamos al cine a las funciones populares los martes y los jueves y uno podía oír hasta las pisadas en la calle, me acuerdo, era una ciudad maravillosa. De los que teníamos pánico era de los borrachitos me acuerdo, del Diablo Ocioso, de la Píldora Rosada que era una señora. En fin. Esa Cuenca desapareció. Es así, es el milagro de estar vivos, es la aventura de vivir.
¿Para quién escribe, para usted, para una persona específica, para el público?
Es mentira cuando uno dice que se escribe para uno mismo. Eso no es cierto, eso no es verdad. Uno escribe para el lector. Hace un momento yo le oía en su voz el texto mío, y ¡me encantó!. No es cierto que uno está con su propio reflejo y con su propio espejo. Con su narcicismo. Y el poeta con los ángeles y los serafines. En su torre de cristal. Si es cierto que uno escribe para la recepción del otro. También es cierto que es una catarsis, es una cosa visceral. Es lo que decía César Dávila Andrade:
La poesía es el dolor más antiguo de la tierra.
Es una especie de catarsis lo que uno tiene cuando escribe. Dolor, emoción, amor, ilusión. Hay que traslucirlo. De alguna forma es un desciframiento de los signos en láminas de la memoria y que siempre insistía en esta idea Efraín Jara. Somos lenguaje y receptores y oidores, del otro. Cuando somos bendecidos. Cuando sabemos escuchar. O leer. O escribir.
¿Cuál es la obra de literatura infantil que más le gustó escribir?
Tengo dos vertientes. La más íntima y la que me toca es “Así se hace una mamá”. Un texto dedicado a mi nieto. Es muy íntimo porque mi hija decidió adoptar. Tengo mi nieto adoptado y es una verdadera belleza en el sentido de la decisión que tuvo mi hija para buscar a su hijo. Es un lenguaje muy especial el que tengo con Eduardo José. El fruto del amor de María del Carmen y de Oswaldo. Por otro lado, está mi primer texto realizado “Brujillo”, dedicado a mi otro nieto, biológico, de mi otra hija. Otro texto muy querido por mí. Los dos son especiales. En el Quilla Raymi ya me voy hacia la vertiente cultural, pero buscando un montón de cosas y sobre todo lo cañari, que me fascina. Lo más querido por mí, creo que podría ser lo más íntimo, es “Así se hace una mamá”.
¿Qué proyectos hay para futuro?, porque usted es incansable
Continúo mi colaboración con algunos blogs de periodismo de opinión. Y trabajo en mi poesía. Hay unos buenos textitos que los sigo puliendo. El tema de la pandemia es muy importante. El saber que la muerte es la simple consecuencia de estar vivos. Esto siempre está presente. Luego estamos preparando textos para el encuentro de literatura, la ponencia que tengo que hacer sobre mi propia obra. La poesía. Creo que moriré con las botas puestas.
¿Usted se ha tomado la poesía muy en serio o también considera como Efraín Jara, que a veces no hay que ser tan serios en la poesía?
Ay, ay, ay… esas preguntas, esas preguntas. El Efraín siempre me decía “intento ser poeta” y creo que esa es la verdad. Cuando llega el momento en que uno quiera sentirse poeta y allí en cuando empiezan ha haber problemas. Una cosa es clara, no me quiero repetir. El momento en que me de cuenta que empiezo a repetirme, me callaré, totalmente. La poesía es un lienzo tan enorme que siempre hay formas para seguirle buscando, tentando, a la hechicera, a la maga. A las palabras. El momento en que me diera cuenta de que comienzo a repetirme, me callo. Eso sí.
¿Su poesía ha evolucionado como Cuenca ha cambiado?
No creo que mi poesía haya evolucionado, lo que si he intentado es tener mi propia voz. Cuando lee uno de mis textos se da cuenta de que soy, de que he escrito eso. Y ese rato uno encuentra su propia voz. No creo que el sendero de la poesía sea para evolucionar o involucionar. O revolucionar. Es la casa del lenguaje. Es lo que dice Octavio Paz sin querer caer en lo que él cayó, corregirse y corregirse, tanto se corregía que del primer texto al texto final ya era otro poema, otro texto. La idea es seguir el sendero, los dones de Borges y seguir leyendo. La poesía no existe si no hay una lectura. La poeta, el poeta, no existen si es que no saben leer. Si es que no leen. Para mí es una maravilla seguir descubriendo cantidad de gente y ahora entre los jóvenes hay cantidad de chicos que están haciendo las cosas muy bien y leyendo. Es una delicia. Es un camino de no acaba nunca. La poesía no se acaba jamás.
Ahora voy a leerle Ecuador
Ecuador
Cuando Dios creo al mundo
Hizo un país chiquitito.
Este tenía de todo.
Islas, montañas, mares
Y también unas selvas tropicales.
Era un país gordinflón
Sus montañas reventaban de oro,
Maíz y petróleo.
A esas montañas gigantes
Las llamaron Los Andes.
Era un país muy travieso.
En sus islas encantadas
Se escondían las tortugas
A las que llamaban Galápagos.
Era un país de colores
En sus selvas tropicales
Habían muchos animales.
Dios le tenía en su bolsillo
Junto a un sol amarillo.
Y se sintió emocionado
Por haberlo encontrando.
Lo miró y lo remiró
En la palma de su mano.
Al verlo fresco y hermoso
Le dio un beso muy sabroso
Con cariño y alegría
Lo pegó en la mitad del mundo.
Y lo bautizó Ecuador por ser un nombre profundo.
Hernán querido gracias por esta magia. Siempre con usted el diálogo se hace corto y la amistad es eterna. Gracias por ese corazón enorme que tiene.
Comentarios
Publicar un comentario