Caminata de observación al cerro Putushío.
Por Hernán Rodríguez.
26 de febrero de 2008.
OÑA, Azuay (26/02/08).- La caminata fue parte del Encuentro de la Sociedad Ecuatoriana para la Defensa del Patrimonio Paleontológico, Arqueológico y Minero (SEDPPAM), que se realizó en el Museo de los Metales, el día 25 de enero de 2008.
La motivación para conocer Putushío fue parte de la conferencia de Matilde Temme, “Procesamiento precolombino del oro en Putushío: la evidencia arqueo-metalúrgica/ El Tablón, cantón Saraguro”. Matilde Temme es directora de la Fundación de Desarrollo Integral (FUTADI).
Salida a Putushío, el sábado 26 de febrero de 2008 a las 08:00, desde el Hotel Patrimonio. Lucía Astudillo, directora del Museo de los Metales, contrató una buseta para conducir a los paseantes hasta el cantón Oña, al Proyecto de Matilde Teme y la comunidad sobre el Putushío.
Asistieron a la excursión, Iván Castillo y Nora Analuisa de la Municipalidad de Quito, Diego Pezántes y Víctor Pasaca ingenieros de Astemin, Cuenca; Daniel Garcés, Paúl Carrión y Griselda Herrera de la ESPOL de Guayaquil, Guissepe Mata Perelló, de la Politécnica de Cataluña; Lucía Astudillo del Museo de los Metales de Cuenca, Cristóbal Cobo de la Fundación Quitsato de Quito, en la Hacienda Guachalá (2363042), Hernán Rodríguez Girón, activista de la Subsecretaría de Cultura y Adrián Rodríguez Reyes.
Ahora bien, Matilde Teme tiene en su casa varios microclimas, porque el sector de Putushío está entre el páramo y el desierto, al sur de la provincia del Azuay, en el límite con Loja. El Tablón y la hacienda vieja están a cargo de la Fundación Futadi y Matilde Teme, ciudadana alemana, es la investigadora de de Cubilán y Putushío que son los sitios paleoindios más antiguos de la sierra ecuatoriana.
La casa de hacienda en El Tablón está en un proceso de restauración. La hacienda tenía una extensión de 10.000 hectáreas, con tierras frías y calientes. El Tablón se halla a 2.200 msnm y acoge en la actualidad a unas 300 familias. Tiene 3.000 hectáreas de riego, con aguas del río Oña. Hasta fines del siglo XIX se trabajaba en la “tierra caliente”. Los propietarios de la hacienda eran la familia Valdivieso de Loja, que poseían tierras desde Piura hasta las goteras de Cuenca. La familia Valdivieso pasaba una parte del año en Loja y el resto en la Hacienda El Tablón. A su disposición contaban con trabajadores en estado de semiesclavitud, llamados “arrimados”. Los arrimados recibían un pedazo de tierra de los dueños, para que lo cultiven y críen animales. En 1913 los Valdivieso retacean y venden la hacienda a 13 compradores.
Actualmente, la casa de hacienda se encuentra en un proceso de restauración. Los planos están ejecutados. Se avanzó en la reconstrucción del techo y faltan los pisos y los baños. La capilla será utilizada como sala de conferencias y exposiciones. Los cuartos a un lado de la capilla serán para exposición de las piezas arqueológicas halladas en Putushío. Nos encontramos al inicio del trayecto con María Ordóñez, una habitante antigua del Tablón. Los habitantes de El Tablón celebran cada diciembre, en la época de Navidad, la fiesta de San Antonio.
Los restos de Putushío quedarán en el lugar a beneficio de los habitantes de la zona, de la comunidad, que serán expuestos en la iglesia de la antigua casa de hacienda. La iglesia data del año 1691 e incluso podría ser hasta más antigua. Tiene seis habitaciones adyacentes, de unos 30 m2 cada una. Allí se expondrán los restos arqueológicos, será el futuro Museo de Putushío.
Esta fue la primera visita de campo de la Sociedad Ecuatoriana para Defensa del Patrimonio Paleontológico, Arqueológico y Minero (SEDPPAM), una iniciativa de Paúl Carrión de la ESPOL de Guayaquil del CICID y de la Federación Iberoamericana para la Defensa del Patrimonio Paleontológico, Arqueológico y Minero, cuyo representante es Joseph Mata, que estuvo en la caminata de Putushío. La primera reunión de la Sociedad Ecuatoriana se realizó en Quito el 9 de noviembre de 2007 y la segunda en Cuenca, en el Museo de los Metales de Lucía Astudillo.
Secretaria de la sociedad es Patricia Estévez, con el mail patriciaestevez@hotmail.com; explica Patricia que la propuesta es sensibilizar a toda la comunidad ecuatoriana sobre temas patrimoniales, lo más que se pueda. Existen leyes para proteger el patrimonio cultural, pero no existe nada aun que promueva la protección del patrimonio paleontológico, arqueológico y minero. Esto se debe talvez a los conceptos que se manejan, establecidos por la UNESCO, que se refieren a lo intangible, lo cultural y lo natural, pero no consideran a lo paleontológico, lo minero y lo arqueológico.
La hacienda El Tablón está aproximadamente a unos 3 km de Oña, tiene un grave problema, las aguas usadas para el riego saturan el suelo, necesitan recursos para mejorar el sistema. Los agricultores de El Tablón, mediante el uso del GPS, están conscientes de sus propiedades, del uso de las tierras cultivadas. Hay un catastro levantado por el PREDESUR.
El directorio de la Junta Parroquial de El Tablón se hace presente, con su presidente Antonio Naula, ellos también apoyan el proceso de restauración de la “Hacienda Vieja” como le llaman, aunque sea un símbolo de la opresión del poder gamonal en otros tiempos. El primer tambo de la caminata es la visita a la antigua casa de Doña Inés. El canal de riego construido por el PREDESUR sirve a 1.000 hectáreas.
Iniciamos la bajada y en el suelo es notable la presencia de agua, que lo inunda todo a pesar de lo pronunciado de la pendiente. La antigua casa de Doña Inés está llena de agua. En el sector de Pucará aparecen los primeros restos de terrazas antiguas y restos líticos. Hacemos el comentario de que la palabra Pucará está presente en la toponomía de todos los lugares.
Seguimos conversando sobre la necesidad de proteger el patrimonio y de pronto nos encontramos con un gigantesco deslizamiento de tierra, de unos 700 metros de ancho, que desplazó miles de toneladas de tierra hacia la garganta del río León, los lugareños acusan al propietario del terreno que dejó corriendo el agua del canal de riego, se formó un ojo y la tierra se desplazó. Con ello se perdió un complejo de terrazas muy antiguo.
Al final de la bajada encontramos ruinas circulares, muros de antiguas habitaciones y pisos, debajo de un bosque de faiques. Matilde Teme hace ver el problema que significa que sobre vestigios tan antiguos se reforeste con faiques, que es una planta muy destructiva, sus raíces penetran en la piedra y la destruyen.
Otra amenaza es la constante presencia de abundante agua, que en cualquier momento podría provocar otro derrumbe, que acabaría con todo. Aparece el dueño del terreno y entre gestos y voz altisonante, reclama por la presencia de los forasteros y caminantes y que está pensando hasta cobrar por el paso por sus tierras, ya que hasta el cerro Putushío es de su propiedad y nadie la ayuda. Ahora reclama, exige ayuda, para recuperar la tierra que se fue con el derrumbe.
Continuamos con el descenso, hasta llegar al pie de lo que parecen muros de piedra ubicados en terrazas sobre un pequeño monte. La arqueóloga Teme advierte que podrían tener hasta 1.800 años de antigüedad AC. Hallamos en el piso una piedra curiosa, con la forma de una papa, una circunferencia de puntos rojos bordea toda la piedra. Se supone que era utilizada para chancar. Un pedazo de vasija con puntos negros está más allá.
Finalmente el plato fuerte de la caminata, los hornos precolombinos para la fundición de metales y una constatación desagradable, todo el sitio está huaqueado. Buscadores de tesoros que sin escrúpulos dañan el vestigio, que se halla sobre una cuchilla montañosa, entre una meseta parecida a una fortaleza y el cerro Putushío. Al pie, hacia el fondo, el encañonado del río León. Se aprecian rocas en posición vertical, dos al pie del cerro, un sitio muy escarpado y otras dos, a considerable distancia la una de la otra, en un terreno cóncavo.
Comenzamos el ascenso al Putushío, cerca de la cima se aprecian más terrazas y muros de piedra. Somos recibidos por un cóndor, que atraviesa con su vuelo el disco solar. Excelente augurio, dice Matilde. Ya en la cima la vista es espectacular, se aprecia todo el encañonado del río León, una cascada y hacia el este el cantón Oña, a unos 3 km de distancia en línea recta, tan cerca y tan distante del destino final que está sufriendo Putushío. Se aprecian al pie del cerro, hacia el río León dos enormes agrietamientos del suelo, que en cualquier momento podrían provocar un deslizamiento de la montaña hacia el lecho del río, acabando para siempre con los vestigios arqueológicos.
El nombre Putushío podría estar relacionado con la presencia de minerales. Por toda América Latina, los lugares donde se explota oro y plata, llevan esa toponimia y se recuerda a Potosí en Bolivia y México, posiblemente sitios hermanos de Putushío en Ecuador.
Hay una frase popular que hace referencia al sitio. Alberto Armijos, “Don Alberto”, la recuerda en estos términos: “El Putushío sonaba y sonaba. Mis abuelitos solían decir, ya suena el Putushío, no hay que regar porque va a llover”.
El área del Cubilán también es importante proteger, está entre Cuenca y Loja. La compañía minera Santa Bárbara tiene una concesión en estos lugares designados como Patrimonio Cultural de la Nación. Hace prospección para oro y plata, pero en el sector de Putushío está la concesión para minerales no metálicos.
Matilde Temme, de forma personal, ha hecho gestiones para que las autoridades del gobierno central se interesen por rescatar Putushío y Cubilán. Hasta el momento no halla una respuesta positiva. La caminata termina en la casa de Matilde Teme hacia las 16:30, cerca de Oña, discutiendo con la comunidad que es lo que se puede hacer para salvar al cerro y sus vestigios.
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