De cómo un furibundo político murió en huevo y de la persona que lo mató.
Por Octavio Cordero Palacios. (*)
Corría el año de 1896 y comenzaba a implantarse en la República el régimen liberal, triunfante en Cuenca desde agosto del año anterior.
Yo, el infrascrito, salido de los claustros universitarios, pero no doctorado aún, a la par de los más de mis de mis condiscípulos y amigos, un Mongibelo, un Etna, un Sangay, un volcán en fin, del más puro y ardiente patriotismo, como se dicen ser los políticos todos.
Para aliviarnos un poco de la lava
que las entrañas nos consumían, mis condiscípulos y amigos del bando
conservador y yo juntamos todo nuestro fuego en uno, fundando un club que
denominamos “La Juventud Católica” y establecimos, para cráter de erupción, un
semanario que intitulamos “El Ciudadano”. Vaya por noticia que yo, el
infrascrito, era el Presidente del Club y uno de los que componían la Comisión
de Redacción de “El Ciudadano”. ¿Por qué no me he de honrar con los honores que
me hicieron mis bondadosos condiscípulos y amigos?...
Y empezamos las erupciones del volcán. Fueron tremendas, temerosas y sonadas.
En los tres primeros números de “El
Ciudadano” ya había echado yo una que otra piedra incandescente; pero, para el
cuarto, preparé todo un peñasco, encendido hasta el rojo blanco.
Algún miedecillo empezó a darme de echarlo en la próxima erupción; más mis condiscípulos y amigos me envalentonaron y hasta los más guapos, me prometieron no dejarme tocar por nadie ni en un pelo, allá te va, y el peñasco a las regiones del éter. Lo erupté…
No bien hubo esto ocurrido, cuando
aquel miedecillo empezó a perder su terminación diminutiva, en la imprenta
misma, quiero decir, en el local mismo de la imprenta donde tuvo lugar el
fenómeno geológico de voy tratando. A poco –y era que iba haciéndose noche- ya
el diminutivo no existía y más bien la terminación aumentativa iba apuntando.
Tomarles la palabra a mis condiscípulos y amigos y pedirles que me acompañen hasta la casa paterna, hubiera sido el caso; pero el maldito latinajo del “potius mori quam foedari”, “más bien morir que envilecerse”, se me ocurrió a la memoria y haciendo tripas corazón, a eso de las ocho y media de la noche, en la plena oscuridad de entonces, tomé solo por la “Calle de Santander”, hoy “Carrera de Colombia”, hacia el oeste, donde quedaba la casa de mi venerable padre.
A paso largo, los oídos atentos, la
vista queriendo penetrar en las tinieblas, abriéndome calle, casi hasta la
acequia misma, para evitar un esquinazo y con el miedo en crescendo, una cuadra
me faltaría ya para llegar a seguro, cuando he aquí que, por la acera de mi
lado y a quince o veinte metros de distancia frente a mí, he aquí digo, que se
destaca un bulto en las sombras.
Era el esbirro, no me quedó un gerónimo de duda. Sí, el esbirro enviado por las autoridades contra quienes fue mi peñasco. Algo bajo era el tal bulto, pero atravesado y el garrote que traía un tanto acachiporrado y del grueso de una viga. Ya se verá más abajo que no miento y que tuve razón de ver aquel garrote con dimensiones tan desmesuradas.
¿Qué hacer?. ¿Gritar, alborotar al
barrio?. ¿Tomar las de Villadiego, calle abajo?. –Ah, el maldito potius mori se
me presentó otra vez- y haciendo, ya no tan solo de tripas, sino de hígado,
páncreas, riñones y cuanto más hay adentro, haciendo digo, corazón, seguí
adelante.
Con la cara vuelta a la acera de la derecha, por donde se avanzaba el esbirro, el cuerpo inclinado hacia la opuesta, resbalándome y pisando en la acequia una o dos veces, proseguí y enfilé, al cabo, con el temeroso bulto que pasó.
Qué súbita la satisfacción mía, más
¡cuán breve!... Ya estábamos espaldas, ya no había nada, cuando… raaaasss,
detrás de mí, en el giro que el malvado hacía para asestarme el garrotazo por
la nuca. Ahora sí que no se me ocurrió el “potius mori”, sino el para cuando
pies, en humilde castellano. Y lo usé, perdóneseme la franquesa, lo usé bien.
En un segundo de segundo estuve en las puertas del tranquilo hogar
¿Y el esbirro? –Ojo de hormiga. Cuando me volví, no pareció. Ya seguro, retrocedí. Para poder darme cuenta de lo que hubiera sido de él y entreví a poco, algo tendido en la acera, en el punto donde enfilamos con él. Avancé más y, ¡oh supremo gozo el mío!, sí, ¡oh gozo supremo!... No habido nada del tal esbirro, ni de cosa que le parezca, sino de TAITA CHASNA CACHU, un bonísimo maestro de tunas que, que algo bastante oliscado y vihuela en mano, es decir, eso que a mí me pareció viga acachiporrada, se iba para alguna serenata, para la cual estaba comprometido.
Así como enfiló conmigo y pasó,
había dado un resbalón, que produjo ese raaaasss que dije arriba y venido a
tierra, con vihuela y todo y quedado ahí, mal ferido tal vez de la caída, con
el ítem del oliscamiento dicho.
Esa noche no dormí: esa noche reflexioné. Y de las reflexiones de esa noche salió la muerte, en huevo, del furibundo político, que empezaba a germinar en mí. Gracias a TAITA CHASNA CACHU, la patria cuenta con un político menos y un tranquilo ciudadano más.
Artículo reproducido en Diario El
Mercurio, el día lunes 3 de noviembre de 1980, Edición Especial de 48 páginas,
Nro. 20.799, 6 sucres, por los 160 años de Independencia de Cuenca. Publicado
en la Segunda Sección, Página 28. Hemeroteca Azuaya “Alfonso Andrade
Chiriboga”, Biblioteca Víctor Manuel Albornoz, Museo y Parque Arqueológico
Pumapungo, Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador. TOMO NOVIEMBRE 1980,
CODIGO DE INVENTARIO 175097. Transcripción de Hernán Rodríguez Girón,
7/02/2020.

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