Pampa de “chaulla” y “yaqu”

 


Por: Hernán Rodríguez Girón. Especial para el Grupo de Apoyo al Movimiento de Mujeres del Azuay (Fundación GAMMA)

CUENCA, Ecuador (18/07/10).- Como en un delirio de Saramago, ¿qué pasaría si aquello a lo que no le damos importancia por ser parte de lo cotidiano, de la forma más imprevista, derepente, nos faltara?. Acostumbrados al uso ilimitado de un limitado recurso, el agua, ignoramos qué sería de nosotros sin ella.

Una de las múltiples razones esgrimidas por los españoles para fundar Cuenca en 1557, en el valle de Guapondelig, “llanura ancha y grande como el cielo”, fue por la “abundante agua”, que los cañaris llamaban “yaqu” y los kichwas, “unu”. El recurso “yaqu” (agua), proveía a los habitantes de Cuenca, hasta la década de los 70, del siglo XX de abundante “chaulla” o pescado, especialmente de una especie conocida como bagre. Pampa o planicie bendecida por Dios: comida y agua, en un solo toque del divino dedo.

Para el “Informe sobre Desarrollo Humano 2006” del PNUD, el concepto de seguridad humana está atado al de seguridad de agua que se entiende como la disponibilidad de acceso confiable de cada persona “a una cantidad suficiente de agua limpia, por un precio asequible para lograr una vida saludable, digna y productiva, al mismo tiempo que se mantienen los sistemas ecológicos que proporcionan agua y que también dependen del agua”.

El mismo informe advierte que “cuando se interrumpe el acceso al agua, la gente enfrenta grandes riesgos para la seguridad humana causados por un mal estado de salud y la interrupción de sus medios de sustento”.

La mejor agua del Ecuador, es una de las leyendas urbanas de Cuenca. Beber confiado un vaso con agua, llenado directamente del grifo, es un lujo que hoy todavía lo disfrutan los cuencanos. ¿Cuántos años le tomó a Cuenca alcanzar la seguridad de agua?. Por lo menos cinco décadas. La abundancia de la que disfrutan 400.000 personas al sur del Ecuador proviene de un delicado ecosistema en las alturas de Los Andes occidentales, que se llama El Cajas, uno de los pocos humedales de montaña que existen en el mundo y que integra la lista RAMSAR.

El teólogo brasileño, Leonardo Boff, durante una visita a Cuenca, expresó su admiración por El Cajas. “Yo estuve viendo, caminando, encantado por El Cajas, agua por todas partes” y recuerda que el bien más escaso es el agua “más que el oro, más que el petróleo”. Por eso al, servirse un vaso con agua bromeó: “muchas gracias… como el agua hace falta voy a tomar la mía antes de que se acabe”.

La vivencia de Boff, encantado en El Cajas, la tienen los cuencanos en su cotidianidad y quizás por eso no la aprecian en la misma dimensión que un extranjero. La gestión de los recursos hídricos de la cuenca del Paute se inicia en un año tan temprano como 1968, pero es recién en 1984 cuando sucesivas administraciones municipales inician un proceso de adquisición y protección del patrimonio natural próximo a la ciudad y que en manos privadas había sufrido devastación, principalmente por actividades agrícolas y ganaderas: Mazán, Llaviuco y Llulluchas.

El Cajas es Parque Nacional del Ecuador desde 1996 y lo administra el Municipio de Cuenca desde el año 2000. Almacena 52 millones de metros cúbicos de agua, que proporcionan el 60% del agua que consumen 400.000 personas en el valle del Tomebamba. Humedal RAMSAR desde 2002 y área de importancia para la conservación de aves (AICAS) desde 2003, debido a sus 157 especies catalogadas. Otras cifras del Parque, grafican su importancia para la sostenibilidad de la vida y explican también su vulnerabilidad ante cualquier acción antrópica: es el origen de 3 cuencas hidrográficas, de los ríos Balao, Cañar y Paute tributarios del Pacífico y del Atlántico y de 15 micro cuencas; un sistema de 235 lagunas albergan una alucinante biodiversidad, con 157 especies de aves, 44 especies de mamíferos, 5 especies de reptiles, 18 especies de anfibios 572 especies de flora, todo entre los 2.500 y 4.500 msnm.

La protección del “cofre del tesoro” que es El Cajas significa una importante inversión en recursos humanos y logísticos, con por lo menos 38 personas dedicadas a tiempo completo, 63 guías naturalistas calificados y un sistema de trabajo que permite monitoreo, capacitación, estudios, control de quemas, erradicación de especies introducidas, viveros forestales, entre otros servicios. La satisfacción de los turistas que lo visitan está en el 93%.

Un importante logro alcanzado es la delimitación total del Parque Nacional, con 28.544 hectáreas y 102 mojones debidamente coordenados.

Este esfuerzo institucional de varias generaciones para gestionar y proteger la calidad y cantidad de agua que llega hasta Cuenca, darle sostenibilidad, es vulnerable debido a desacertadas decisiones políticas, porque así se ha demostrado en la práctica, como la carretera Cuenca-Guayaquil, que divide el Parque en dos mitades sometiéndolo al paso diario de 2.000 vehículos. La explotación comercial de la trucha en el área de amortiguamiento del Parque ha permitido el desarrollo de emprendimientos turísticos privados, pero la especie introducida ha perjudicado a las especies nativas de peces. Así como las plantaciones de pino destruyen la capacidad del páramo para provocar escorrentía.

El destino de El Cajas está estrechamente ligado al de una ciudad que fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 1999. Sin embargo, a pesar de los procesos, todavía no existe una cultura de cuidado, una ética. La gente continúa lavando los carros con manguera, toma duchas largas o deja correr el agua mientras se lava los dientes, entre otras malas costumbres. El desperdicio es enorme e incuantificable. No existe conciencia de que tan solo el 1% del agua que existe en el planeta está disponible para el consumo humano. Es que El Cajas con sus exhuberantes ríos, sus bosques frondosos, sus valles formados por milenarios glaciares o sus montañas que parecían inexpugnables, no es eterno.

Parafraseando a Boff, hay que tomarnos el último vaso con agua antes de que esta se acabe. De vuelta al delirio de Saramago y reflexionando sobre él, se debe resaltar la fragilidad de la memoria histórica local. El abundante “chaulla” o bagre, de épocas pretéritas, en las aguas del río Matadero, hoy está extinto. Los extensos bosques de chinchona fueron reemplazados por el eucalipto que deseca los suelos. La explotación irracional e irresponsable de los recursos en nuestro paraíso particular fue la causa de dos hambrunas a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

El agua permite la vida y la vida no sería posible sin el agua. La vida se originó en el agua hace 4.000 millones de años, nosotros en nuestro pequeño valle llevamos apenas 40 años de gestión para alcanzar la seguridad de agua y 10 años de protección del recurso. No se ha completado ni siquiera el primer paso.

Todos los cuerpos de los seres humanos que construyen morada en Cuenca están constituidos en un 70% por agua. La religión mayoritaria que profesan los cuencanos basa su continuidad en el agua. Cuando se habla del derecho al agua, hay que reconocer que este también debe abarcar a los cientos de especies que conviven con los humanos.

En este mundo globalizado, el desastre del Golfo de México muestra la crisis de valores y principios civilizatorios, las decisiones éticas de unos pocos ejecutivos afectaron a la vida en su conjunto. Ese ejemplo de vulnerabilidad deja una enseñanza, hay que apurar el camino que lleve a consolidar una cultura en la que el valor del agua sea el valor primordial de la sustentabilidad. En el valle del Tomebamba, del Yanuncay, del Machángara, del Tarqui,mdel Paute y el árbol de capulí, se derrocha el recurso agua, el más esencial de todos los recursos.

Lo que no se conoce no se ama y lo que no se ama no se cuida. Hay que amar nuestra pampa” de “chaulla” y “yaqu”, porque solo esa puerta, la del amor, nos permite el acceso a la dimensión del cuidado, precondición del ser humano que puede ser transformada en conciencia, en proyecto de vida desde la alteridad que busca relaciones de amistad con la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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