Personajes anónimos de las calles de mi ciudad.
CUENCA, Ecuador (1/07/08).- El problema se reduce a contar historias, pero no de los que están en el poder o de los que disfrutan una vida regalada con casas bonitas, autos bonitos, familias bonitas. Hay que contar historias, pero no desde la crónica roja, sino desde la estética de los pobres. Son las historias de las vidas de seres anónimos, “que por ser dispersos y fugaces parecen imposibles de atrapar”, escribe María Eugenia Chávez en su libro “La estrategia de libertad de una esclava del siglo XVIII” y saca del anonimato a María Chiquinquirá.
Las breves historias que pretendo informar, pertenecen a hombres y mujeres libres, de nuestro tiempo, constructores de cotidianidad y que con sus (en apariencia) humildes trabajos permiten que todo siga su curso, que todo fluya. Quienes nos sentimos satisfechos podemos seguir, gracias a ellos, en nuestro complaciente mundo de “normalidad”, sin darnos cuenta de que existen por el simple hecho de que están allí todos los días.
Son personajes del pueblo: voceadores de periódicos, lustra botas, carameleros, los fotógrafos del parque, las vendedoras de la plaza de las flores, barrenderos. Dan a Cuenca ese toque de ciudad al interior de Los Andes que se resiste a cambiar.
Olga Nieto (70 años) y Alejandro Parra (70 años), venden periódicos desde hace 60 años. Alejandro comenzó su oficio el día en que cayó el avión de Andesa, un hecho de la década de los 40 del Siglo XX. También recuerdan al periódico El Austral, “pero no dio mucho resultado”. De los diarios y semanarios de antaño recuerdan El Grito, La Escoba o el periódico del cura Terán Centeno. Hoy en la esquina de la Sucre y Mariano Cueva, distribuyen El Mercurio, El Tiempo, El Comercio, El Universo, El Extra, entre otros.
Están allí soportando el sol, el viento, la lluvia, las heladas. Empiezan muy temprano, todos los días. Eran “guaguas” cuando comenzaron y juntos pudieron sostener el hogar. Tienen 4 hijos, 4 nietos y 2 bisnietos. “Eramos guaguas cuando comenzamos”. La primera caseta que tuvieron estaba entre la Sucre y la Mariano Cueva.
Luis Caldas de 73 años, betunero desde hace 55 años, comenzó a los 18 años, pero su puesto se ubica en el Parque Calderón los últimos 30. Recuerda que el Parque era muy bonito, cerrado por una verja. Oriundo de Ambato, dice haber andado “por todos lados”. Conoció a la primera generación de betuneros de la plaza central de Cuenca, entre los que recuerda a Vicente Castro y el “mudo” Luis Córdova. Caldas pertenece a la segunda generación, de este oficio-arte, dar lustre a los zapatos, un proceso que permite conocer a muchas personas. Fue secretario del Sindicato de Betuneros. Casado 2 veces, 7 hijos y 9 nietos, 5 migraron a Venezuela y 4 a España. El oficio y el arte para dar lustre a los zapatos es todo un proceso.
Manuel Duche, 70 años vendiendo dulces al público. Fabricaba y vendía los caramelos Prodi, desde los 19 años. Su estrategia era el juego de la ruleta (¿habrá algunos que lo recuerdan?). Nacido en la parroquia Sucre del cantón Cuenca. Con 90 años, pasa sus días junto al puesto que atiende su hijo en la esquina de la Bolívar y Benigno Malo. Líder, Progreso, Full, delicias, pastillas de chocolate, manichos, son ofrecidas a gente de los Estados Unidos y paseantes, pero el negocio es duro porque hoy en día todo el mundo vende dulces. Recuerda que hay tanta gente que le ha comprado, pero a los que más ha vendido es a los estudiantes de la Escuela Central, pero ahora no se vende, “no avanza ni para el día”.
Luis Antonio Díaz, nació en febrero de 1925, tiene 83 años y se dedica desde hace 55 años al oficio de lustrabotas, 7 días a la semana, de 03:00 a 19:00. “Yo conozco todo, Cuenca era chiquita y el primer mercado se ubicaba en el Parque Calderón, las calles eran de tierra y habían acequias por todo lado. Luego vinieron lo gallinazos, que eran los nuevos túneles del alcantarillado, por ejemplo en la Sucre y Juan Jaramillo. La primer ciudad de Cuenca era por la Mariano Cueva, la Juan Jaramillo, la Coronel Tálbot y la Rafael María Arízaga. Su esposa Rosa Elena Martínez tiene 75 años y le acompaña en el puesto ubicada en la Bolívar y Padre Aguirre, donde además sus nietos venden periódicos. Juntos han procreado 12 hijos, 3 mujeres y 1 varón quedan vivos, los otros fallecieron. Tienen 12 nietos. “Conozco como fue Cuenca, como era Cuenca, la primera Cuenca. He lustrado zapatos a todos los cuencanos, muchos ya se han muerto. Tantos que ya no me acuerdo. Muchos de los famosos a los que les he lustrado zapatos están muertos. Así es la vida, se lucha. No tengo casa”.
Café de Mama Aurora Calle, atiende desde hace 73 años, desde 1935. Sirve café con leche, pan con queso y nata. La nata se sirve por lo general en las mañanas a todo el que está de paso y no ha tenido la oportunidad de desayunar en la casa.
El café es atendido por Luis Zúñiga, hijo de Mama Aurora Calle que ya falleció. El no desea publicidad ni ayuda para promocionar o mejorar su local, lo quiere tal y como está, afirmó esto con molestia, le fastidian los periodistas que se meten en lo que no les importa.
“La mayoría de personas vienen para sustentarse el día, los que no desayunan en casa toman en este café. La gente de escasos recursos toman aquí su café”. El horario de atención es de 07:40 a 18:30, ni un minuto más, ni un minuto menos. “Si hay alguien que quiere quedarse conversando pasadas las 18:30, pues lo desalojo, que se vayan a conversar en una cafetería o restaurante”. Al medio día cierran "para el almuerzo”. Son 4 hermanos los propietarios del local.
Recuerda que en El Vado la vida se transformó, sobre todo la Calle Presidente Córdova entre Tarqui y General Torres, se cambiaron las actividades. Antes la Padre Aguirre era centro de acopio para comercialización de hortalizas y frutas, habían talabarteros. Vivía el “Calle” Cevallos, hombre muy rico y todo un personaje, también la familia Flores-Zamora propietaria de los transportes Flores. “La calle se ha transformado y variado”.
Estas son solo pinceladas de personajes que llevan comodidad a nuestras vidas. Hay que estimarlos en su justa medida, por la enorme dignidad que otorga un trabajo honesto.

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