Rafael Vivar Marchán: pinceladas para la historia de la pintura cuencana.
Por Hernán Rodríguez.
CUENCA, Ecuador (24/12/09).- Existen períodos de nuestra historia comarcana, que permanecen ocultos a los ojos profanos. De ellos, solo es posible obtener algunas pinceladas o bosquejos, pero no la compleja totalidad, debido a que la memoria es frágil.
Alguien
dijo que la memoria es sobre todo conservadora. Abstrayendo de ella el
peyorativo sentido político, la función conservadora de la memoria es
fundamental para revitalizar, rescatar y proteger nuestro patrimonio.
La UNESCO el 7 de noviembre de 2003 adoptó la Convención para la Protección del Patrimonio Cultural Inmaterial, que pretende salvaguardar las obras maestras del patrimonio oral e intangible de la humanidad.
La reflexión previa que llevó a adoptar esta declaratoria señala que los procesos asimilados por los pueblos, junto con los conocimientos, las competencias y la creatividad que los nutre y que ellos desarrollan, los productos que crean y los recursos, espacios y demás aspectos del contexto social y natural necesarios para que perduren; además de dar a las comunidades vivas una sensación de continuidad con respecto a las generaciones anteriores, son importantes para la identidad cultural y para la salvaguardia de la diversidad cultural y la creatividad de la humanidad (UNESCO, marzo 2001, Turín-Italia).
La
protección del patrimonio inmaterial debe orientarse a conservar las creaciones
del ser humano que podrían desaparecer para siempre, darles un reconocimiento,
fortalecer la identidad, posibilitar la cooperación social dentro de los grupos
y entre ellos, garantizar la continuidad histórica, proponer la diversidad
creativa de la humanidad y fomentar el disfrute del patrimonio cultural
inmaterial.
Pilar de todas estas acciones y pensamientos son los “Tesoros Humanos Vivos”, individuos que poseen habilidades y técnicas para producir determinados elementos del patrimonio cultural inmaterial, que son testimonios de tradiciones culturales vivas y del talento creativo de grupos, comunidades o individuos presentes en un territorio. (UNESCO, Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial desarrollada, 32ª Conferencia General de la Organización, París octubre 2003).
Para
dar luz a parte de nuestra historia comarcana hace falta recuperar la memoria
de nuestros Tesoros Humanos Vivos. Mujeres y hombres que en el ámbito local han
contribuido a incrementar nuestro patrimonio.
Rafael Vivar, que hace rato sobrepasó el siglo de edad, pertenece a la única promoción a la que la Universidad de Cuenca graduó y entregó el respectivo título de “pintor”; son 7 cuencanos educados por Luis Toro Moreno, siendo hoy Rafael el último superviviente. Es por eso un Tesoro Humano Vivo de Cuenca.
Enseña con orgullo su título, que dice claramente:
“El Consejo Universitario de Cuenca confiere el presente diploma que acredita al señor don Rafael Vivar haber concluido los cursos reglamentarios en la Escuela de Pintura… con nota de sobresaliente; firman entre otros Remigio Crespo Toral, Octavio Díaz, Alfonso Moreno Mora y Luis Toro Moreno, el 30 de noviembre de 1932”.
Una entrevista de 35 minutos es poco homenaje para un hombre que atesora un siglo de memoria sobre la pintura cuencana.
Sobre Luis Toro Moreno (1889-1957), una modesta publicación de la Bienal de Pintura señala que el maestro de origen ibarreño tuvo una temprana muerte, casi abandonado en el hospital de Cuenca… Sus obras más notables son un retrato de gran dimensión de Remigio Crespo Toral… Luis Toro Moreno es otro de los hitos en la historia de la pintura de Cuenca (Pintura Cuencana de la Época Republicana, Serie Núcleo Histórico, Cuaderno No2, abril 2009, Bienal de Cuenca).
Y es precisamente de Luis Toro Moreno de quién Rafael Vivar tiene entrañables recuerdos. Le sirvió como modelo, para pintar el cuadro de Remigio Crespo Toral, que hoy preside el Salón del Consejo de la Universidad de Cuenca:
¿Cómo era Toro Moreno en su faceta de profesor?
Muy bueno, una persona de gran calidad. Muy formado. Un hombre muy inteligente. Era ibarreño. Era una maravilla de pintor.
¿Con él realizó sus estudios?
Sí, en la Universidad de Cuenca, cuando yo ya había comenzado a pintar. Pero, a los 21 años ingresé a la Escuela de Bellas Artes, con Toro Moreno, que fue el director. Allí cursé cuatro años y salí profesional. Con el profesor Toro nos impusimos muchos trabajos en la Universidad, principalmente estudios del natural, de cuerpos humanos, todo se quedó allí, porque la Universidad nos daba todo, telas, pinturas, pinceles, caballetes. Me gradué a los 24 años, pero resultó una cosa singular; pasaron los años y el señor Toro me llamó para hacer algunos trabajos. Fui su modelo para hacer los retratos de Honorato Vázquez y Remigio Crespo Toral, que era el rector de la Universidad en la época en que me gradué.
Aunque a su edad los recuerdos pueden ser frágiles y volátiles, como muchos de los frescos que pintó en casas e iglesias y hoy no existen, recuerda con precisión nombres, lugares, fechas, datos. Por ejemplo:
¿Quiénes fueron sus compañeros de Universidad?
Marco Antonio Toral Vega, Jorge Landívar, Bustos, Andrade. Éramos 7 alumnos, que nos retratamos con el profesor, en 1929 o 1930. Toral y Landívar eran profesionales, sabían pintar, el uno era médico. Ambos pintaban. La Escuela de Bellas Artes se hallaba en una de las esquinas del Parque Calderón.
¿Cuáles fueron sus modelos?
Al
natural, había un señor que se llamaba Mateo Andrade, tenía una barba
larguísima. Continuamente se ofrecía como modelo porque era pobre, de profesión
tipógrafo. Como dije, tenía una barba blanca enorme y pinté un retrato de él
maravilloso. Había un señor Quintuña, que era modelo a escala. Alonso Torres,
que era de la calle, de buena familia, pero muy despreciado por borracho. Fue
modelo desnudo de la Escuela de Bellas Artes. Era fregado. Había una señorita
que también fue modelo. Flores al natural pintábamos bastante. Generalmente se
trataba de rosas.
Rafael Vivar Marchán (1907) es el heredero de una tradición pictórica, centrada en la pintura mural de temas religiosos, heredada de su padre Nicolás Vivar (1886-1953). Uno de los murales de este último fue rescatado de la destrucción y hoy se exhibe en el Museo del Banco Central Sucursal Cuenca.
¿Quién fue su papá?
Nicolás Vivar Regalado. Me gradué en la Universidad de Cuenca, sí, pero no cursé totalmente los 4 años de carrera, porque yo tenía fundamentos aprendidos con mi papá. Me dediqué a trabajar con él, entonces tenía compromisos de decoración, que los hacía en esa época cuando comencé a trabajar. Hacía decorados, porque mi papá era decorador, los pintábamos. El me dio la oportunidad de hacer esos trabajos.
¿Las decoraciones eran por contrato?
Claro, pero como eran pocas cosas, eran a la voz. Hacía murales, tengo unos muy buenos pintados en la Quinta Guadalupe, en Cuenca. En una hacienda. En Paute. Así por el orden, en casas particulares, pero como se hizo hace mucho tiempo, ya se han borrado. Todas esas cosas han desaparecido, como no les importa nada, tumban las casas, todas han desaparecido. En Paute, en casas particulares, pinté paisajes, pero todo eso desapareció. Después de muchos años. Yo dejé de pintar a la edad de 95 años. Ahí se acabó. Ahora tengo 102 años. Ya no veo y no tengo tacto en los dedos.
¿Usted pertenece a una familia de artistas?
Sí, exacto. Tenía unos tíos, que también eran pintores, pero ellos vivían en la Costa. Sabía de ellos, pero no los conocí. Mi papá trabajó aquí en Cuenca mucho tiempo. Era decorador. Pintó algunos cuadros. No estudió. Hizo algunos retratos particulares y otros que están en la Universidad. Hay muchas cosas que puedo decir, pero ya no recuerdo. Parte de su obra como decorador está en la Catedral Vieja, él la pintó.
Fue la adversidad la que lo condujo al arte. Abandonó sus estudios secundarios debido a una grave enfermedad. Además, la vocación se le había instalado hace rato en el alma.
¿En qué escuela estudió?
En la Escuela de los Hermanos Cristianos, allí pasé hasta el colegio. El primer año de colegio me dio la “fiebre” y me internaron en el hospital. No pude continuar. Además, me interesaba con más fuerza ser pintor. Para decir la verdad, en un principio no tuve esa inclinación, la de la pintura, porque tenía más ganas de ser contador, pero como ya dije, el primer año de colegio me dio la “fiebre” y casi me cuesta la vida. Cuando me recuperé, me dediqué con mi padre a ser artista. Me dijo vamos a trabajar y allí empecé con la profesión. Comencé siguiendo los modelos de mi padre, sus decoraciones. Aprendí muchas cosas, porque en decoración hay mucho.
Desde entonces, su aporte al patrimonio cultural de Cuenca y la Región Sur, está constituido por decenas de cuadros, sobre todo con temáticas religiosas, retratos y murales en casas privadas e iglesias. Dejó de pintar hace apenas unos años atrás, a los 94 de edad. A su extensa lista de obras se añaden los Misterios Gozosos y la Santísima Trinidad pintados en El Oro y en Montecristi, Manabí; un retrato de Benigno Malo que se halla en el centenario colegio, retratos de Juan Montalvo y Manuel J. Calle, de Bolívar, la decoración interior de iglesia de Quingeo, parroquia declarada como Patrimonio Cultural de la Nación, de la iglesia de Paccha, los murales de la Quinta Guadalupe en Cuenca. Se refiere con orgullo a la pintura con el tema de la Pasión de Cristo, un cuadro de gran formato que adorna la sala de su actual vivienda. Lo pintó en 1948, es decir, tiene 60 años. “Se conserva muy bien. Le falta un poco de barniz, nada más. Estos cuadros no se pueden tocar, porque se dañan. Muchos están interesados por él, pero no lo quiero vender”.
¿Cuál fue su último trabajo?
Todavía recuerdo que en la provincia de El Oro pinté mi última iglesia, con 35 cuadros religiosos, entre ellos los Misterios Gozosos de La Biblia y algunas imágenes. Eso mucho me agradeció el pueblo, porque los cuadros eran muy buenos, principalmente los Misterios Gozosos. Son cuadros grandes. Están en Paccha, cantón Atahualpa. Cuando pinté esos cuadros, Atahualpa era todavía parroquia. Últimamente le han hecho cantón.
¿En qué otras iglesias están sus pinturas?
Yo he pintado algunas iglesias en la provincia del Azuay, en Paute hice varios trabajos, en parroquias, cuando recién empezaba. Pero se borró todo, el tiempo pasa.
¿Recuerda los murales de San Blas, Cuenca?
Yo pinté esos murales en la época del doctor Sarmiento. Pinté la Resurrección del Señor, la Sagrada Familia y emblemas, que están bien altos. Todos son de mi autoría. También tengo otros en San Francisco.
¿Cuál es la obra que más aprecia?
En general todas, porque pinté muchos retratos y cuadros. En este aspecto, el de los cuadros, mi último gran encargo fue pintar unos 40 o 50 paisajes, con modelos que me proporcionó un cliente. Me explicó que tantos paisajes mandados a pintar eran para regalar, a sus amigos. He pintado tantos cuadros. Otro mío está en Malacatos, con el tema de la Virgen del Carmen, muy bonito. Con mi firma. Otro en Saraguro y así.
¿Por qué sus hijos no siguieron su profesión?
Porque no me interesaba enseñarles. Yo tenía mi caballete en mi casa, pero desapareció todo. En mi casa tenía mi caballete, mis cuadros, una colección de algunos motivos y todo eso desapareció. Mis hijos tienen cada uno unos 8 a 10 cuadros míos. Hay unos 40 cuadros repartidos entre ellos, muy buenos.
¿No les enseñó porque talvez era muy difícil vivir del arte?
Sí, muy difícil. A veces tenía órdenes, principalmente de cuadros religiosos. Los he pintado mucho y muy buenos. Pero, a veces no tenía que hacer. No era Cuenca un lugar donde conseguir fácilmente trabajo. Me gustaba pintar paisajes. Entonces, cuando no tenía encargos salía a vender mis cuadros. Todos me apreciaban porque eran cuadros muy buenos, del natural, paisajes. Otros eran cuadros tomados de estampas, de papel, buenos cuadros. Pintar del natural era más difícil porque tenía que salir al campo. He pintado algunos paisajes naturales muy buenos.
¿Cuánto le pagaban por cuadro?
Según el tamaño. Era barato. O según la necesidad que tenía y con eso mantenía a la familia. Por otra parte, he sido un individuo sin vicios de ninguna clase y eso me ayuda para tener buena salud. Todo a sus horas. Por eso me conservo y tengo buena salud. Será cuando Dios quiera que se acabe mi vida. Desde joven me he mantenido. Había veces en que ganaba bastante dinero. Toda mi vida fue muy bien formada. También fui músico, tocaba mandolina. Pero nunca me emborraché.
Estuvo casado desde 1940 con Dolores Crespo Vicuña. Juntos mantuvieron el hogar durante 42 años. Ella falleció hace 30 años, Rafael lo recuerda con nostalgia. Son sus hijos Gabriel, Efraín, Jaime, Enma, Magdalena y Vicente Vivar Crespo. El maestro pintor Rafael Vivar posee conocimientos y saberes, que la contemporaneidad y la tecnología los están desapareciendo. A eso se refiere cuando contesta:
¿Cuál era su material favorito?
La pintura al óleo.
¿Cómo la preparaba o la obtenía?
La
mayor parte era del extranjero, de Francia. Pintura de tubo. Para los paisajes
usaba pintura ordinaria, que compraba aquí. No habían sino polvos de colores,
preparados con aceite, con el albayalde de la misma montaña. Era la mejor
pintura que había, el alabayalde y los polvos de colores. Ahora no hay. Los
adquiría donde Emiliano Donoso, que tenía pinturas de tela, en polvo y muchos
modelos. El era dueño de un comercio en el mercado San Francisco. Tenía
pinturas de Francia y Alemania. A él también le compraba los pinceles. Era
especialista, tenía cosas muy buenas, muy finas. No vendía mucho, no había
profesionales que le compraran, aficionados nada más.
¿Usted también hacía sus pinceles?
Sí, de los pelos de los caballos de carga. Del pelo del cuello. Se jalaba y salían en ramo, de raíz y se los ponía en cartoncitos. Se obtenían unos pinceles maravillosos, mejores que los extranjeros, finísimos. El pelo era muy fino. Eso me enseñó mi padre, el sabía. Los pelos se obtenían de esos caballos que acarreaban leña. Los palos eran mandados a hacer. Quedaban unos pinceles preciosos.
¿Qué significa para usted la pintura?
La vida misma, mi todo.
¿Qué aconseja a los jóvenes artistas?
Que eviten los vicios, porque solo así se puede progresar. Es lo mejor que se puede enseñar.
¿Cómo espera que le recuerden?
Eso no se cómo será. Ya cuando me muera, no sé qué harán de mí, ni qué pensarán de mí. Después que me muera, que sé yo ¿qué pensarán?. No sé, no sé qué pasará. ¿Venderán mis obras?, ¿qué destino tendrán?. Pueden durar 200 años.
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