Reflexiones sobre el diablo
Por Hernán Rodríguez
Ser curioso y multifacético. Causante de interminables persignaciones, variados temores, eternos sufrimientos y traumas que duran toda una vida; producto de los desvaríos psicológicos de las religiones: el Diablo.
Ser folklórico. Común denominador, ser casi tan poderoso como Dios, posee diversos nombres: Seth, Marduk, Moloch; Mara para los hindúes; Luz Bella, Diablo (“Diabellen” o arrojado, “Daemón”, sabio u hombre de bien) para los cristianos; Hassatán, “enemigo” y Belcebú, “rival de Dios” para los hebreos.
Este ser posee un gran poder, la condenación eterna. ¿Por qué Dios no se toma la molestia de eliminarlo si es infinitamente más poderoso?; ¿es necesario o indispensable el Diablo para el desarrollo dialéctico de la naturaleza, la unidad en la lucha de los contrarios?. Se supone que si no está presente el mal, tampoco el bien. ¿Existen Dios y el Diablo?.
El Diablo es un producto de la cultura. Una mixtura de pensamiento cristiano con la filosofía griega y romana o pagana, de la mano de San Agustín y Santo Tomás. El propósito era conseguir que los pueblos europeos, que en ese entonces ante la irrupción del cristianismo eran considerados como como ignorantes y supersticiosos, se mantengan bajo el control de la iglesia romana, bajo pena de la condenación eterna.
Jesucristo jamás se refiere al Diablo o el Infierno. Sus palabras fueron traducidas por sacerdotes ansiosos de poder, dominados por sus conveniencias. Son interminables las traducciones del Nuevo Testamento de La Biblia.
En el Concilio de Nicea, año 364, la Iglesia Católica agregó en el Nuevo Testamento, evangelios de Mateo, Marcos y Juan, versículos en los que Jesús explica de un modo más o menos claro, algo que no dijo ni explícita ni implícitamente: la condenación eterna o infierno.
La palabra Gehna es el nombre de un valle en donde los hombres, ¡seres de carne y hueso!, adoraban a Moloch quemando niños. Por eso Gehna fue traducido como Infierno.
En San Marcos, la palabra Himmon, nombre de otro valle, se transforma también en Infierno.
¿Tienen derechos los hombres a confundir la mente de los hombres?; ¿quién es más horrible, temible y destructivo: el demonio con su supuesto infierno o el hombre con su arsenal atómico, el corrupto, el asesino suicida que por fanatismo religioso choca un carro bomba contra un edificio y mata a sus semejantes?.
La autodestrucción, la corrupción, el asesinato, no son obra del Diablo, pobre mitología a quien se le echa la culpa de todo o de casi todo, puesto que también existe esa frase derrotista “Dios así lo ha querido”. ¡Escuchadme bien!. La maldad es obra del hombre. En los actos malvados no hay voluntad de Dios o el Diablo, son producto de los mortales, de su falta de fraternidad, de cooperación, de comprensión.
Nadie puede pisotear el
derecho a la vida de nadie. Pero esta Ley no la entendió la Inquisición, aborto
demoníaco del fanatismo, ni la entienden los árabes fundamentalistas que luchan
en supuestas guerras santas, o los israelitas ortodoxos que creen ser los
únicos aceptados por Dios, ni los marxistas extremistas dogmáticos que
convierten al hombre e
n un ser atado a sus necesidades o a los dictadorcillos
de turno.
El Diablo no es más que un tonto cuento; la bondad -al igual que la maldad- es producto del hombre. Este mundo está lleno de diablos muy humanos.
Cuando el ser humano entienda que la armonía se hallan en la cooperación voluntaria, no forzada, en la pluralidad de filosofías, no impuestas, sino libremente descubiertas por cada hombre o mujer, dirigidas hacia la construcción de un mundo mejor, habrá paz y cada individuo tendrá un mundo para sí mismo y no de Dios ni del Diablo.
(Artículo publicado en la Revista Apuntes, Órgano de Difusión de la Asociación de Ejecutivos de Cuenca, Año 4, Número 7, páginas 26).

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