David Gutiérrez, apasionado por el arte sano de la hojalatería
Su dominio alcanza el medio siglo. Es un Tesoro Humano Vivo de la Ciudad Patrimonio Cultural Mundial de la Humanidad.
Por Hernán Rodríguez Girón.
CUENCA, Ecuador (14/12/08).- ¿Quién es la o el artesano?. Mujer u hombre, es constructor primero de comunidad y luego de la cotidianidad. Financista popular, está dispuesto siempre a dar crédito, porque para ella o él la palabra empeñada es más valiosa que cualquier contrato escrito. Pequeñas cadenas de fiadores se transforman en una red social, tejida por los artesanos.
Al ser guardianes de la tradición, transmitida de una generación a otra, terminan transformándose en líderes formadores de nuevos artesanos, que son sus hijos o los hijos de otros, que por encargo o necesidad entregan a los maestros de los talleres la responsabilidad de criar a sus infantes y de enseñarles un oficio.
Según la UNESCO, los artesanos (as) son Tesoros Humanos Vivos, concepto que los enmarca como “individuos que poseen en sumo grado las habilidades y técnicas necesarias para producir determinados elementos del patrimonio cultural inmaterial y que han sido seleccionados por los estados miembros en tanto que testimonios de sus tradiciones culturales vivas y del talento creativo de grupos, comunidades o individuos presentes en su territorio”.
La hojalatería es un dominio del patrimonio inmaterial de Cuenca, puesto que sus exponentes poseen habilidades y técnicas que, si no son transmitidas de una generación a otra, desaparecen en las sombras.
Según Ana Abad, en su libro “La hojalatería: arte, oficio y realidad”, publicado en la serie Cuadernos de Cultura Popular Nro 22 del CIDAP, “los hojalateros son quienes plasman con su trabajo las costumbres y hábitos de la vida cotidiana de la gente y los cambios que van produciéndose en la comunidad, muchas veces marcados de acuerdo a las piezas y utensilios que van construyendo o dejan de hacerlo”.
Tesoro Humano Vivo de Cuenca, José David Gutiérrez Avilés, que integra en su nombre de pila la genealogía de Cristo, artífice de lo cotidiano, a sus 73 años hace un ejercicio de la memoria y vuelve a vivir en su mente tiempos pretéritos como si fueran presente, con un dialecto coloquial y ameno, que emplea en todo momento el diminutivo.
Sus manos son grandes. Vestido con traje casual, responde a las preguntas en la sala de su casa, junto a sus queridos alambiques, sus pailas de cobre y bronces, sus jarras de hojalata. La dirección de su casa es Juan Bautista Vásquez y Nicolás Sojos. Condecorado por la Municipalidad de Cuenca con la presea “Gaspar Sangurima” y por la Junta Nacional de Defensa del Artesano.
Hombre auténtico, de las entrañas del pueblo, la presente entrevista, son apenas pinceladas del gigantesco retrato que se podría pintar con su vida. Su voz, unida a la de otras voces, podría contar millones de historias para con ellas construir la verdadera historia. O como dice José Ignacio López Vigil, para comunicarnos e integrarnos, haciendo que el valor de la palabra sea recuperado, porque “lo más liberador es la palabra. Nos hacemos hombres y mujeres cuando hablamos. Aprendemos a pensar hablando. Somos, cuando decimos qué somos”. He aquí la palabra de José David.
Sus primeros años
¿Cuál es su nombre?
José David Gutiérrez Avilés.
¿En qué fecha nació usted?
El 27 de marzo de 1935.
¿Cuántos hermanos tiene?
No los tuve. Perdí uno apenas había nacido. Soy hijo único.
¿Cómo se llamaban sus papás?
Simón Alberto Gutiérrez y Delfina Avilés.
¿Dónde vivían?, ¿dónde quedaba la casa de sus padres?
Yo nací en la parroquia El Valle, en La Victoria. Terminada la primaria en la escuela Tomás Rendón vine al centro urbano de Cuenca porque iba a estudiar en el Técnico Salesiano. Quedé huérfano de padre, entonces tenía la necesidad de aprender un oficio.
¿A qué edad?
Terminada la primaria.
¿A los 12 años?
12 años.
¿Vino a Cuenca a estudiar?
Exacto. Me matriculé, pero no alcancé a graduarme, porque me di cuenta que mi mamá era pobre. No íbamos a salir adelante, perdí la matrícula y me dediqué a aprender un oficio.
¿En qué circunstancias queda huérfano de padre?
En el tercer grado.
¿Cómo era su vida en El Valle?
Nos dedicábamos a la agricultura. Mi madre era muy buena, se sacrificaba bastante. Eso me dio que pensar, el que no podíamos salir adelante. A lo mejor hasta me equivoqué, no sé.
De su época de escuela ¿a qué maestro recuerda con más aprecio?
Yo tenía un gran profesor que después fue el director de la escuela, Luis Alberto Quintuña. En aquellos tiempos él no era profesor titulado, después hubo la normal con los años. El aprendió a ser maestro con un profesor Escandón. Por las noches el profesor Escandón le daba clases y así progresó. Fue un excelente profesor, nos enseñaba con mucho cariño y amor. Nunca he vuelto a ver un profesor así. Después vino, como el no era titular, querían abandone la enseñanza. Vino un director provincial de Quito, de apellido Miño y vio lo valioso que era. Le invitó a un taller a participar y fue el mejor alumno. En vista de eso le nombraron director de la escuela Tomás Rendón de El Valle. Era un señor muy sacrificado. Él nos enseñó muchas cosas, el catecismo, la agrimensura, porque él era agrimensor, música, tocaba el órgano. Todas esas cosas. Muchos aprendieron, pero como yo no tenía esa vocación. Mi profesor tenía carisma con los niños de escasos recursos. Los lunes baño, luego almuerzo. Salíamos al río Malhuay a bañarnos. Nos enseñó a nadar. Nos cortaba a todos el pelo. Fue un excepcional profesor. El mismo les extraía las muelas a los niños que las tenían cariadas. No he vuelto a ver otro profesor así. Nos enseñaba a sembrar en su propiedad, como hacer los surcos, a que distancia, era completo.
¿Recuerda usted un compañero esa época, algún niño amigo entrañable?
Sí, compañeros y vecinos, Leopoldo Vanegas Cobos y Aurelio Vanegas Cobos, se hicieron profesores. Creo que Leopoldo continúa todavía como profesor de la Luis Cordero o se jubiló.
¿Era muy difícil salir a Cuenca cuando usted vivía en El Valle?
Larguito era.
¿Cuánto tiempo se hacía?
Había un primo, Rubén Astudillo y Astudillo. El venía a Cuenca todos los días, a estudiar. Él vivía de El Valle hacia arriba, cerca de la laguna. De allí venía todos los días, descalzo hasta el Garaicoa, por donde bajaba un canal. Desde allí se pagaban dos reales para coger el bus de la empresa “Montecarlo”. Los buses llegaban a Chaguarchimbana, allí se cogían hasta el centro de la ciudad.
¿Hasta el centro de Cuenca?
Sí. Pero a veces venía más pronto, andando y ya no pagaba.
Usted vino a Cuenca a terminar el colegio, pero no se gradúa.
No.
Matrimonio y familia
¿En qué año se casó?
En 1955.
¿Cómo se llama su esposa?
Laura Mercedes Durán.
¿Cuáles son sus hijos?
Julia Gutiérrez, Margarita Gutiérrez, Alberto Gutiérrez que está ausente, Marcelo Gutiérrez, Marco Gutiérrez que también está ausente, Juan, René Gutiérrez ausente y Patricia Gutiérrez, ella vive en Loja.
¿Cómo se considera José David Gutiérrez como papá?
Contento. Doy gracias a Dios porque me ha tocado una muy buena familia. Mis hijos, mis hijas, mi hijo Alberto. Quería que estudie, pero no pudo, estuvo hasta tercer año en arquitectura. Se casó pronto. Me dijo papá no quiero ser una carga, me voy, reside en Nueva Cork. Marco igual también se fue. Me quedó Juan. El andaba desde pequeñito, todos andaban conmigo. Me iba a hacer los alambiques en las vacaciones, cuando había más trabajo. Repara por un lado por otro, en Sanahuín, en Taqui Culebra, en Pijilí, en Santa Isabel. Me llevaba a los chicos porque ellos querían irse. Pero Juan tenía más contacto. El desde la escuela, segundo, tercer grado, andaba atrás de mí. Yo les daba para que hagan unas chauchas para comprar zapatos, para cualquier cosa que ellos necesitaban. Les daba el material y hacían. El único que siguió la profesión mía a fondo es Juan. René también le dio largo, pero se fue a Canadá. La esposa de allá y tenía su residencia. Él está allá, mi hija Julia trabajaba en Artepráctico. Terminó la Herlinda y no quiso seguir estudiando. Voy a trabajar, me dijo. Margarita estuvo en la Herlinda, se graduó, siguió unos años la universidad. Ella es bibliotecaria.
¿Su vida conyugal, con su esposa…?
Sí, no hemos tenido mayores cosas…
¿Se llevan bien…?
Nos hemos llevado bien. Una pequeña discusión como terapia a veces, pero no más. Ella es muy buena madre, buena esposa. Ahora pasamos ella y yo aquí. Tiene una tienda y a veces se enferma. Me considero un poquito más duro, estoy siempre al frente. Siempre tuvo muchas enfermedades, con una vida llena de peripecias en cuestión de enfermedades. Operación de la vesícula y así por el orden. Tiene 11 operaciones. Excelente esposa, muy buena.
¿Dónde han vivido?
Cuando me casé vivía en La Condamine, donde es el taller de mi hijo un poco más abajo. Hay un salón al ladito. Ahí arrendé un cuarto unos 4 años. Arrendé en San Roque, donde Arturo “El Tocho” Quesada. Era profesor. Muy buena gente. Me fui con pena y el también se quedó con pena. Después me pasé a vivir en la calle Tarqui. Mi suegro arrendaba la casa de Ullauri, que ahora está abandonada, a la venta. Salía de la Tarqui al mercado. Allí arrendaba una tienda. Mi suegro se compró esta propiedad y pasamos a vivir acá, que antes era horrible. No había calles, senderos puro piedras, silencio. Me enseñé, me encantaba. Como yo manejaba algo de la agricultura. A mí me encantaba, teníamos animales, sembrábamos todo.
¿Esto era un enorme campo? (Calle Nicolás Sojos y Juan Bautista Vázquez)
Campo, sí
¿No existían las avenidas, nada…?
Yo vivía en una casa hacia la esquina. Mi suegro me fió un pedazo aquí e hicimos la casa.
¿Cuántos años vive aquí?
25 años.
Ha visto el progreso de todo este sector
Sí. Como conozco tanta propiedad. No había las avenidas Alfonso Moreno Mora, Nicolás Sojos, Juan Bautista. Se fueron abriendo después, paso a paso.
¿Cuántos nietos tienen?
Tengo 18 nietos.
¿Alguno que sea el preferido?
Todos. Ahora tengo el último. Pequeñito, de 2 años 8 meses, es hijo de Patricia que vive en Loja.
¿Y bisnietos?
Bisnietos tengo una, por ahí anda en una foto, hermosa. Tengo 2 nietos que se criaron aquí, porque los papás se fueron a Nueva York, mi hijo el Alberto, la esposa y se quedaron ellos conmigo. La esposa vino a los 6 años. Acabaron de estudiar aquí y se fueron a completar sus estudios en Estados Unidos. Luis Alberto se casó allá con una ecuatoriana, de él tengo una bisnieta.
Recuerdos de Cuenca
¿Cómo era Cuenca en los 50, 60?
Terminaba en la Convención del 45 y por abajo igual, la parte de la Lea (actual avenida Huayna Cápac) eran propiedades, incluyendo el Seguro. Íbamos a bañarnos en la Empresa Eléctrica, en la unión de los dos ríos. La hacienda de Florencia Astudillo ahora es un parque. Pedíamos permiso al mayordomo para ir enderezando.
¿Todo eso eran propiedades agrícolas?
Así es.
¿Este rato ya es ciudad?
Ya es ciudad, ha progresado, a cambió tanto. Por San Roque había el caserío siguiendo la Avenida Loja. De ahí para adentro eran bosques de eucalipto.
¿Era la vida menos agitada o tenía su nivel de problemas?
Siempre había su nivel de problemas. Pero lo que uno puede valorar es que la alimentación era más sana. Sin químicos. Todo eso influía bastante para la salud. Yo soy poco enfermizo.
¿El aire era más limpio?
Más limpio, menos contaminación. Ahora uno sale al centro y vuelve con la nariz molestada, con dolor. Ya estoy aquí acostumbrado, hay menos contaminación.
Cómo aprendió el oficio
¿Cómo aprende la hojalatería, quienes son sus maestros?
Aprendí la hojalatería porque quería trabajar. En El Valle trabajaba en la agricultura. Ayudaba para ganarme algo. Mamá estaba sola pero no quería que yo trabaje, aunque para mí eso era una urgencia. Quería aprender mecánica y mi tía, Virginia Avilés, habló con Emilio “El Shuro” Maldonado. No había vacantes. Él le dice -aguántese unos días doña Virginia-. Pero insistí. Había unas vacantes en el municipio, que en aquellos tiempos quedaba en la Avenida 12 de abril, del Puente Roto para abajo. Hubo un aluvión y se fue esa parte. Compañeros míos de escuela ya estaban ganando dinero. Mis ansias de ganar me hicieron pensar en entrar al municipio a trabajar. Ellos, mis amigos, me pedían, vamos. Le conté esto a mi tía, pero ella me dijo no, hoy te buscamos para que aprendas un oficio, pero no vas a estar de peón. Se acordó de un tío, primo de mi mamá y de mi tía Virginia, Carlos Astudillo Avilés. El tenía su taller en la calle General Torres, junto a la actual posada San Francisco. La siguiente tienda era de mi maestro, frente con frente al mercado. Esa casa hasta ahora es de la curia. Me dijo mi tía, hasta que haya una vacante ándate donde don Astudillo, trabaja allí y yo acepté. Llegué allí, donde mi pariente. Yo era del campo, un poco corrido, pero él me dio una acogida muy buena, como un familiar. Me puse a trabajar, ayudándole en algunas cosas. Eran de fama los candiles de hojalata, porque no había la luz eléctrica en los campos. Ese fue mi primer trabajo. Después los baldes, las cantarillas, los barriles. Mi maestro fue uno de los primeros que hizo cantarillas para la leche. Salí adelante. Había otro operario, era mayor pero egoísta. Le observaba porque tenía curiosidad de ver lo que hacía y se me quedaba. El bebía y era negociante en Santa Isabel, los sábados se iba allá, a vender ropa y venía con granos. Los lunes y martes ya no venía al taller. Durante ese lapso yo hacía lo que él sabía hacer. Después se fue y me quedé ayudando a mí maestro, que me tuvo mucha confianza, porque yo manejaba el dinero que él conseguía vendiendo los materiales para hojalatería a los demás compañeros. Vendía estaño, plomo, zinc galvanizado, remaches, tijeras. El maestro se iba y me dejaba a mí el poder, a que haga. Me tenía confianza. Yo nunca le perjudiqué un céntimo. El de repente encontraba por allí dinero, me decía darás barriendo por allá. Me iba a barrer y encontraba unos sueltitos. Los cogía y hacía un montón. Le decía a mí maestro, esto estaba por allá. Con los años me contó, muchacho yo te hice muchas pruebas, pero nunca tocaste un centavo. Te quiero mucho, te estimo. Quédate en el taller, te voy a dar por obra a que ganes más. Yo venía de El Valle a las 6 de la mañana, a veces a las 5 y media. Trotábamos hasta Chilcapamba, de Chilcapamba al Vergel y del Vergel al taller. Éramos 3 amigos los más puntuales. Yo, un muchacho Panamá ya fallecido que era marmolista y Luis Valarezo, chofer. Manejaba un carro de la basura en el municipio, ya se jubiló, ahora maneja un taxi. Cogíamos a otro muchacho en Chilcapamba, hacíamos una hora, bien rapidito. De tarde lo mismo. Cuando trabajaba por obra sabía estar hasta tarde. Los otros también. Nos comunicábamos. Hoy día vamos a velar. Don “Shuro” Maldonado tiene que entregar un carro mañana. También les daba a ellos por obra, a destajo. Ellos se quedaban hasta las 9 y media de la noche. Hasta esa hora te esperamos David o nos esperas. Bajaba, ellos vivían en el barrio obrero, en la calle que va subiendo la escalinata, la Honorato Vázquez, esa era nuestra partida. Pegábamos un trote para tomarnos una cola en Chaguarchimbana, en la tienda del Mayor Lucero. Allí tomábamos una colita Victoria. Otra en Chilcapamba y de allí a casa. Llegaba a las 10 y media 11 de la noche. Al día siguiente, de mañana, ya debía estar en el taller. Esa era la ruta de nosotros.
¿Cuánto le pagaban por este trabajo?
La primera semana que llegué a trabajar me dijo, toma para el jabón y me dio 1 Sucre. Era bastante plata. Un Sucre para el jabón. Cuando empecé a ganar por obra, obtenía 9 o 10 sucres por semana. Era alentador. Ingresé a la escuela de los chóferes, mi maestro falleció. Aún no me graduaba en la escuela de los chóferes, sexta promoción del Sindicato, se muere mi maestro. Las hijas, sus herederas, me dicen compre usted el taller “Davico”. No tenía plata, ellas me fiaron y me vendieron el taller. No había mucha herramienta, era la ilusión. Al mes de comprar el taller, como la tienda era de la curia y apenas había muerto mí maestro, un doctor Peralta pagó 3 meses anticipados de arriendo al obispo, para ocupar la tienda. Cuando yo quise alquilar me dijeron ya no hay como.
¿De qué año estamos hablando?
1951.
¿Era el taller del señor Maldonado?
No. De Carlos Astudillo.
¿El fallece ese año?
Sí. Yo estaba en el curso de los choferes, un poquito más también, porque me abreveté en el 54.
¿Cómo chofer profesional?
Sí.
¿Pero en 1951 usted asume su taller?
Sí. Me fui a la calle Juan Jaramillo, a la vuelta.
¿Usted pasa de la tienda de la Curia a la Juan Jaramillo?
A la vuelta, donde es el orfanato Valdivieso. Traigo a mi mamá de El Valle. Saqué el brevete, andaba lechuseando. Iba a trabajar con la compañía Conaca de Manabí, en Portoviejo. No llegué a concretar, ya estaba casado.
Cuando se pasa al nuevo taller, ¿cómo respondió la clientela?
Tenía mucha clientela de la gente de Jima y de Tarqui, por los barriles y las cantarillas. Abrí con mala voluntad el taller. Estaba en la época de hacer profesión con el volante, irme a la costa, a trabajar en Conaca. Había un compañero trabajaba allá de mecánico. Era uno de los que corría conmigo las mañanas. Él me iba a llevar, pero no fue así. Vino con vacaciones 2 meses a Cuenca y me buscó. Hay una posibilidad de que te vayas con nosotros allá. Estoy trabajando allá y pagan bien. No necesariamente vas a ir de chofer, sino a la mecánica. Él trabajaba en la mecánica, como maestro principal automotriz de la compañía. No me fui, son cosas del destino. Mi esposa me dice ábrete el taller, aquí. Fue cuando pasamos por la tienda desocupada en La Condamine, donde ahora está el taller. Entré a preguntar, valía 60 sucres el mes. Otra más allá, también 60 sucres. Pero la primera era un poquito más grande y me quedé allí. Le dije a mi esposa que nos quedamos hasta que los muchachos culminen las vacaciones y luego nos vamos. Un miércoles contraté la tienda y un jueves estaba arreglando las herramientas y la gente para, va dejando seña a que haga los trabajos. Me quedo, ya no me voy. Allá en Manabí me iban a pagar 900 sucres al mes, según decía este muchacho y en Cuenca un chofe ganaba 300 al mes. Era bueno. Pero con el taller sacaba más de 900 al mes. Al siguiente mes ya tenía más trabajo. Me quedé. Agradecí al muchacho y el me dijo que cuando quiera irme que no tenga recelo. Llámame, mándame una carta o habla con mis hermanos. Comunícate. Te vas conmigo. Pasó. Eso sucedió.
¿Cuántos años se dedicó usted a este oficio?
Desde esa temporada.
¿Estamos hablando de 19…?
1955.
¿Desde el 1955 hasta…?
Perenne. Y un poco más antes, como le contaba en la Juan Jaramillo también.
¿Desde 1955 en el taller de La Condamine?
En La Condamine desde 1955.
¿Hasta…?
Hasta la fecha, ya son unos dos años que no me voy. Se quedó mi hijo en el taller, Juan. Yo tuve un problema de la columna y después se me reventó un tendón. Hasta ahora tengo ese problema.
Su maestro hojalatero, ¿cómo le recuerda?
Era bravo, pero muy bueno conmigo.
¿Era mal genio?
Sí, bastante. Conmigo no se portaba mal. Pero había chicos que, como antes se trabajaba con fragua, ponían el cautín a que se caliente y debías ser pilas. El cautín no tenía que hacerse rojo, sino soldarlo un poco caliente para que coja el estaño. Si se hizo rojo ya no coge el estaño. Había tres o cuatro guambras y uno era el que estaba soplando, ¡ya se había fundido un trozo de cautín!. Ese maestro cogía el cautín…. Era muy cascarrabias. Era muy bueno conmigo. Pero yo también era pilas. Una vez preguntaba, me explicaba y sí después yo la dejaba pasar, tenía justa razón de protestar.
La hojalatería
¿Qué es lo que se puede hacer con la hojalatería?
Muchas cosas.
¿En aquella época no había plástico?
No. Teníamos trabajo que nos restaba, al menos yo. Una temporada, antes de ponerme hacer a fondo los alambiques, tenía que forrar carros. Se hacían las carrocerías de madera y yo sabía forrarlas, redondeando los cocos para hacerlos cóncavos. Todo eso a puro golpe. Esas carrocerías eran la moda, pero desaparecieron. Vinieron las de hierro. Hacía bastantes canales y bajantes, pero las bajantes se empezaron a eliminar porque llegaron los tubos de PVC, los baldes y todas esas cosas. Empezó a mermar el trabajo porque llegaron los plásticos. Muchas cosas se han agotado.
¿Qué variedad de servicios podía prestar usted como hojalatero?
Soldaba radiadores. Apenas abrí el taller en El Vado, aparte de las cantarillas soldaba radiadores, tanques, muchas cosas. Había un compañero que era de El Valle, Víctor Qhizpe, tenía su taller en lo que ahora es la Plaza del Farol. Había las casas al otro lado. Ahí tenía su mecánica. Muchas cosas han desaparecido. Pero con la hojalatería, hay un sinnúmero de cosas para hacer, de trabajos que uno va renovando. Se hacían jarritas, eran pan caliente para vender, los candiles, las petromax, faroles para brindar la luz. Son cosas que van pasando.
¿Cuáles eran sus herramientas?, ¿cuál le gustaba más o se sentía más cómodo?
Antes todo era manual. Cuando entré al taller, mi primer aparato de fuego fue la fragua de carbón. Después vino el soplete de gasolina. Ahora se tiene la suelda autógena. La tecnología cambió. Hoy con una soldadora autógena obtiene la temperatura capaz de fundir cualquier metal. Para soldar la primera culebra usé leña en la fragua. Mi esposa era mi oficial. Hasta ahora me reclama que le dio una gripe. Se obtuvo la braza con la que se calentaba el material y se iba chorreando. Después el carbón era más manejable.
¿Se sentía más cómodo con la fragua?
Sí, porque la fragua era manejable….
¿Contacto más directo con el material?
Con el material y un poquito más de técnica, porque si se descuidaba un poco, se fundía. Con la autógena, bueno, lo mismo, porque sí se le apega un poco se hace un hueco. Hay que guardar la distancia, la temperatura. Ahora han desparecido las fraguas. El trabajo con los alambiques, no me avanzaba. Tenía en Taqui Culebra, en Chaucha, Sanauín, Pasaje, Mollepongo.
¿Tenía que llevar a todos esos lugares la fragua?
Claro, llevaba la fragua.
¿Cuánto pesaba?
No era muy pesada, sino incómoda. Llevaba las fundas de las herramientas a lomo de mula y la fragua iba encima, parecía cañón.
¿Toda una aventura?
Toda una aventura, hacíamos 3 días de camino.
¿Por ejemplo, para ir a Sanahuín?
3 días.
¿Y a Taqui Culebra?
Igual, 3 días. A Chaucha 2, a lomo de mula. ¡Pero qué caminos!, ¡eran horribles!, pasaba lloviendo en esas cordilleras. Para bajar a Los Bancos. Ahora despareció la montaña, está hecha una polvareda. Volví a Taqui Culebra hace algún tiempo, era muy diferente. Había un tramo que hacíamos 3 horas, no podía hacerse menos, en 3 kilómetros. Era un sueño, con carabina porque me gustaba la caza. Subía casando y ya estaba arriba. Ahora ya todo es polvo, cooperativas, no hay nada de montaña. Seco.
¿Si volviera a nacer, volvería a ser hojalatero?
Sí, me encantaría. Es la profesión que me ha gustado, aunque al principio era la mecánica. Muchas cosas se han aliado, la mecánica… muchas cosas.
¿Cree que la hojalatería tiene futuro?
No hay para hacer lo que antes se hizo, trabajos utilitarios. Pero hay otras cosas, como el arte. La cuestión es que hay que sobrevivir. No hay un futuro-futuro. La construcción de alambiques era más que un trabajito, una industria. Uno hacía el alambique, pero tenía para vender las culebras, o los repuestos. Tenía anotadas todas las medidas para cualquier pedido. Fue una industria. La cañicultura era buena, ahora ya no hay, no va a volver.
¿Hace alguna diferencia entre un maestro hojalatero y la persona que se dedica a bajantes o canales?
Es una gran diferencia. En el gremio dicen que somos hojalateros. Se graduaron, está eso de moda. Pero para graduarse hacen una canal y la rama de la hojalatería abraza mucho. De juego en juego, de curiosidad en curiosidad, entre compañeros, como se hace esto, como se hace lo otro y no saben. Alguna vez estuve de perito en la Junta y daba pena. No sabían hacer una regadera, solo canales. Ni ellos mismo hacían la canal, porque ahora se corta una cinta, se la divide, cuanto, de alto, cuanto, de base, se va a la dobladora y le dan doblando, en la mecánica. Después entre ellos dicen soy hojalatero, pero no. Respeto mucho, pero la hojalatería es muchas cosas. Para trazar un alambique me acordaba siempre de mi maestro de escuela, Luis Alberto Quintuña. Hay que coger un compás, usar la geometría con la que yo trabajo bastante, entonces. Me dan pena muchos chicos que no saben eso. A algunos les dejaron aplazados por eso.
¿Le recomendaría a un joven de hoy que siga esta profesión?
No sé.
¿Ha tenido muchos aprendices?
Si. Tenía un chico que ganaba en aquel tiempo 60 sucres a la semana y se fue para ganar el básico al mes, que no representaba lo que ganaba conmigo, más de 200 sucres. Se fue a ganar el básico que eran 110 o 120. Me siento contento porque paso solo planchado decía él, porque nuestro oficio era solo estar sucio. Después volvió a querer aprender, pero ¿quién le iba a recibir?, yo ya no. No muchas gracias.
¿Usted fue el formador de toda una generación de hojalateros?
De todos los que tienen un taller al lado del mío. Allí aprendió mi cuñado. Él le llevó a un hermano, Miguel Durán. Segundo Durán tuvo un problema de la columna, se separó. Vendió el taller a su hermano. Volvió a abrir después y vendió ese taller al hijo, que vive junto a mi taller, Wilson Durán. Otro muchacho más abajo, Raúl Merchán, guambrita. Era la cumbre, había estado trabajando en las obras públicas. El papá era mi cliente, de cantarillas, de barriles, de todo eso. Un día llegó a pedirme que le enseñe el oficio. No quiero dije. Otro día insistió, no sea malito hágame este favor. Este es mi chiquito que está trabajando abriendo zanjas, con las botas enlodado. Recordé que yo tuve esa ansia de entrar a trabajar por ganar alguna cosa. Le digo, ya, déjale. Salió un gran muchacho, excelente, hábil. Él me dice, quiero estudiar. Tienes la noche para estudiar y hablé en el Antonio Avila con Germán Astudillo y Astudillo, primo mío, que fue diputado. Le matriculamos y el guambrito acabó de estudiar y tiene su taller. Raúl Merchán. Buen muchacho, honrado, inteligente.
¿Ha tenido buenos aprendices aparte de Juan?
Sí, muy buenos. En realidad, tenía otros más, pero eran malos. De todas maneras, les ayudaba hasta donde podía.
¿El fruto de su trabajo se reparte en todo el Austro?
Sí, hay mucha gente que me conoce. Igual por la zona de Manabí.
¿Usted promocionaba directamente sus productos?
No, lo que pasaba conmigo era que siempre he tenido el taller donde está.
¿Ya le conocían…?
Trabajaba allí. A veces ocupaba la vereda para hacer una olla o adentro las piezas. Como esa es una parte de mucho tráfico, entonces todo el mundo conocía.
¿Cuál fue su trabajo más caro?
En cuestión de alambiques, una que otra paila. A veces un alambique llegaba a costar 14.000 sucres, pero las pailas de cobre eran baratas. No se utilizaban mucho, pero había bastante trabajo. Ahora un alambique puede llegar a costar una barbaridad.
¿Cuánto?
Uno de los que estoy hablando, que se cobraba 14.000, ahora puede estar en los 6.000 dólares. Por la selección del material también, dura más.
Sus compañeros
¿A qué compañeros de oficio recuerda?, ¿formó algún gremio, asociación?
Ingresé al gremio de hojalateros en el 60 y algo más, por ahí tengo los papeles. Pero luego el gremio se disolvió. Volvieron a reunirse. Nuestro líder era Manuel Lazo, hacía pailas, alambiques, tenía el taller por el lado de los hermanos. Hasta ahora vive el maestro Guartambel, que trabajaba frente a La Merced, en la casa de La Alianza. Otros compañeros eran por Julio Muñoz, Octavio Jiménez, Alberto Jiménez. Alberto Jiménez se retiró del gremio y se fue al gremio de mecánicos. Muchos se han separado. Pepe Argudo. Carlos Campoverde, también trabajaba en los alambiques. Otra que fue del gremio, pero que ya no estaba cuando yo ingresé, fue Honorato Peralta, que tenía su taller en la Escandón donde tenía una fábrica de chocolates. En el 77 saqué la calificación artesanal por mis propios derechos. Abrí antes de la expedición de la Ley del Artesano. Me salí del gremio. Manuel Lazo renunció y no volvió más. Después se quedó un maestro Daniel Condo, que tenía su taller en la calle Sucre, en la casa de la Sociedad de La Salle. Un tuertito. Después de él nadie quería hacerse cargo del gremio. Entró un cuñado mío. Después me nombran a mí de presidente, pero no teníamos sede. Me dio pena cuando llegué al gremio, no teníamos donde sesionar. Se pedía en la Casa del Obrero. Había que estar parado hasta que salgan de clase las chicas que estudiaban en la academia. Viendo eso, sabíamos que había ahí unos cuartos en la Federación de Artesanos. Hasta ahora tenemos al gremio allí. Empezamos a gestionar. Puse unas cuotas más fuertes. Eso valió para comprar un escritorio, sillas para tener donde sentarnos. Nos pasamos a la Federación, en la parte alta, hicimos las mingas los domingos, con barretas, picos, cinceles y en una cocina que había sido de los Hermanos iniciamos la sede. Después se desocupó un cuarto abajo. Nos querían mucho los de la Federación. Por eso pasamos al cuarto de abajo y terminamos adquiriendo el espacio.
¿Esta hablando de la Federación de Artesanos?
La Federación de Artesanos en la calle General Torres. Hice allí algunos amigos, de la Asociación de Joyeros un señor Ayora, buena gente. Me enviaron de representante a la Federación Nacional. Me mantuve algún tiempo allí, se aprende bastante, me encantaba. Pero se abandonaba mucho la casa. Por cada sesión pasan 2, 3 tres días o más. Era comprometido, más el gremio, los congresos por un lado, por otro.
Los alambiques
¿Qué significa para usted la hojalatería…?
Perdone, antes de eso quería conversarle. No me quedé solo ahí. Tenía amigos, un muchacho un Barros, que empezó a destilar aguardiente en El Valle, de panela, de azúcar. Alguien había traído un alambique pequeñito, Manuel Guzmán, amigo, vecino, un alambiquecito que tenía un Giordano Torres en Santa Isabel. Torres vende el alambique a Guzmán y él viene ha hacer aguardiente de panela en El Valle. Viendo ese alambique, Barros me pide que le haga uno más grande. Le hice, pero como no conocía mucho de alambiques, él me indicó todo, Barros que había trabajado con Guzmán, que tenía un alambique de cobre. Al separarse de él, Barros me pide que le haga un alambique. Yo no conocía mucho como ya dije, el sistema, había visto piecitas que me traían a soldar, pero nada más. Me dice, yo tengo las medidas y me las trae. Me cogió como novato, tuve que hacer la culebra. Fabriqué mi primer alambique de zinc, para que cueste barato, de zinc 1/64, delgadito, del mismo material con el que hacía canales y la culebra la hice con tubos cuadrados. La olla se adaptó en un tanque cortado a la mitad y le puse una sombrilla, como si fuera una cantarilla. Allí acomodé el capitel, el brazo, la culebra y un tubo. Al mes de ese trabajo, causé la admiración de otros porque producía buen trago, pero no duraba mucho, se perforaba rapidísimo. El fermento es muy poderoso, muchas sales, el alambique se rompía. Manuel Guzmán, que tenía el alambique chiquito, al ver lo que el otro había mandado hacer, le pregunta ¿dónde?. Donde don David Gutiérrez. ¿Le conoces?. Claro, es mi vecino. Él fue a mi taller. Me dice, oiga don David usted le hizo al Barros un alambique. Sí. Hágame uno a mí, pero de cobre, porque el zinc se huequea. El no quiso uno más grueso, ni de otro material, sino de cobre. Acepté y construí otro para este señor, en cobre y le salió muy bien. Con el segundo alambique en cobre, la gente que le compraba Guzmán el aguardiente en su fábrica, veía el proceso, le ayudaban y averiguaban quién había construido el alambique. Llegaban a mi taller en Cuenca a pedir que les de haciendo uno. Como había ganado experiencia, sin nadie que me enseñe. Mi maestro sabía, pero no completos, solo orejas, reemplazos de partes, pero como era muy gordo no salía a ninguna parte a pesar de que le querían llevar a Sanahuín, para que haga alambiques. Él nunca quiso irse. Yo sí me empeñé en fabricarlos. En El Valle hice 28 alambiques en una temporada, de cobre. Destilaban panela. Después vino gente de Santa Ana y como destilaban aguardiente de contrabando se refugiaban en el cerro, bien escondidos. Yo fui allá, otras veces acá en Cuenca, en El Valle y así. Hasta que arreglé unos toneles a pedido de Gonzalo Vega Vela en la cabecera de Léntag. “El Lomón” se llama esa parte. Me fui a soldar los toneles y veo el alambique, uno grande. Como funcionaba. Fue para mí una escuela, estaba allí para cambiarle unas piezas, el capitel. Necesitaba ver bien como era. Pasé dos meses haciendo esos trabajos. Gonzalo Vega abrió otra hacienda en Mollepongon y me llevó para que haga otro alambique. Uno íntegro. Para entonces yo era un experto. Al regresar a Cuenca se han llegado a enterar y en la embotelladora conversaban sobre mí, cómo, quién, cuál hace, cuál alambique es mejor. Gonzalo Vega ya les había sugerido, vayan donde Gutiérrez, que es bueno, honrado. Antonio Abad de Girón me mandó hacer una pieza, él les contó a otros. Llegaron a saber en Taqui Culebra. Me fui para allá. Había un alambique. Mi llegada fue como si llegara Taita Dios, por la distancia que era. La gente cuando se hacía un hueco en el alambique tenía que poner harina, o estiércol de ganado. Acabé el alambique que encargaron, durante el día y por las noches con candil me dedicaba a parchar otros que me traía la gente allá, yo les acomodaba. Hice un horror de clientes. Después fui por el Cajas, por Migüir, por Río Blanco.
¿Siempre fabricando alambiques?
Sí. En otro viaje la hija de Ricardo Saldaña, que vive hasta hoy, me llevó abajo, al plan de Chacayacu, para hacer otro alambique. Ellos le conversaron a un amigo, Jacinto Cordero Tamariz. Era 1961, justo cuando cayó Velasco Ibarra. Pasamos toda la noche toqueando, uno que otro, oyendo en la radio el derrocamiento de Velasco Ibarra. A los 4 o 5 años, Jacinto Cordero se había comprado un alambique gigante, hecho en Francia y lo tenían en Balao para hacer “Mallorca”, era de un gringo Morla. Me tocó deshacer ese alambique, lavarlo y volverlo a armar. Esa fue mi rutina. Se formó la cooperativa que arruinó la hacienda de Cordero y con la parte de terreno que le quedaba se puso a producir alcohol para HG. Entonces modifiqué el alambique para que alcance a destilar hasta los 95 grados, para cosméticos. Todos esos experimentos me sirvieron, pero con sacrificio.
¿Todo este trabajo lo fue desarrollando con la experiencia?
Con la experiencia.
¿Nadie le enseñó?
No.
¿Con la observación?
Con la observación. Viendo las necesidades. Salía bajo el aguardiente y debía sacarlo más alto. Ponía un pedazo de columna y otro más. Puse llaves al alambique, para chequear a que altura salía el destilado, a cuantos grados.
¿De qué está compuesto un alambique?
A mí me gustó trabajar el cobre, es el material más bondadoso, maleable. Uno lo domina y hace lo que quiere. El zinc también, pero prefiero el cobre para los alambiques y las pailas. Ahora se ven muy pocos alambiques, la caña desapareció. Los cañicultores ven que no es rentable. Han pasado a otro tema.
¿Hasta qué grado alcohólico se puede obtener con uno de sus alambiques?
Hasta los 95 grados.
¿Pureza total?
Total, sí.
¿Qué partes componen el alambique?
El caldero o la olla principal, la columna. Otra parte que viene arriba, el cuello cisne y baja la culebra que se llama cabezote o rectificador. Yo los después con tres bombas para poder refrigerar, se elimina el vinillo que regresa a la olla, hierve de nuevo y sale. En el Oriente tenían solo el cuello de cisne, sin agua encima. Tenían que resecarle. Para evitar eso hice las bombas. Dio un resultado excelente.
¿Se obtiene alcohol por evaporación?
Por evaporación, viene el brazo, el serpentín o la culebra, sumergido en agua fría entrando y saliendo. Eso es lo que mantiene la condensación.
¿Sus calderos, sus alambiques, qué temperatura pueden soportar?
No hay problema, si está con líquidos no le pasa nada. Se quedó sin líquido, se funde rápido.
¿Viene a ser consumido por el fuego?
Sí, pero el cobre es el material más bondadoso que puede haber existido. Ahora se hace de acero inoxidable, mucho más duro.
Sus manos
¿Qué significan para usted sus manos?
Unas máquinas. Se tiene hasta el tacto para virar una culebra o lo que sea. Antes hacía unas formaletas, ahora hay viradoras. Antes hacía formaletas con las hojas de los resortes de los carros. Al tamaño que necesite, hasta ahora tengo algunas por ahí. Se llenaban de brea. Tenían un candado. Metía allí el material, lo sujetaba y con una buena palanca iba enrollando el tubo. Esa era la técnica. Eso hacía en Cuenca, pero allá en la montaña era bastante duro.
¿Todo con las manos?
Una habilidad tremenda. En la montaña el yunque era una buena piedra, de esas morochas. Los mazos se hacían de madera. La herramienta para virar la culebra había que mandar a cortar a los hombres de allí, midiendo un palo que sea redondito, de un metro o uno veinte de largo, para en eso enrollar. Se llenaba de brea o arena al tubo para que no se venga a corrugar. Esa era la situación del trabajo. Me queda ese placer, jamás me di por vencido. Me proponía hacer algo y lo hacía. Donde Cordero, para el alambique de 90 grados, llegué a levantar una torre de 4.50 m, desde el asiento de la olla hasta arriba, para obtenerle el grado necesario. Para que no azore, porque ese era el problema ya que hervía y salía azorado, le hice a baño maría. Cordero compró asientos hierro fundido de 2 pulgadas de grueso y los adapté a la olla. Hice un cilindro para que calce. Inventé un sifón al que llegaba el vapor, se condensaba y quedaba. Me dio buen resultado.
¿Cuál sería una expresión que resume su vida?
Lo que más aprecié, me llegó a gustar tanto, fue el trabajo en cobre, los alambiques. Me superé con tal cariño, que logré hacer muchas cosas. Conseguí amigos que me recuerdan, les recuerdo, como la familia Cordero. Gente que venía de Paute, como Cornelio Vintimilla. De todos ellos me acuerdo mucho. Fue toda una satisfacción, el producto de estos trabajos era más remunerado que cualquier otro. Me iba a trabajar en la montaña, a veces sacrificado, pero como era joven me encantaba ver los paisajes. Salía al pajonal y empezaban los venados a cruzarse, los conejos, la naturaleza bella, llegaba a un arroyo y esa agua hermosa, sin contaminación. Todo eso fue algo bello. Gracias a mi profesión salí a conocer toda la zona del occidente de Azuay, parte del Oriente, fui hasta hace unos 6 años para hacer un trabajito en El Pangui. Tengo muchos clientes en el Oriente, hacía evaporadores, alambiques en Guayshimi, antes que se dé el conflicto. Conocí Paquisha, Machinaza.
Muchas gracias
Yo le agradezco a usted, muy amable, por haber sido benevolente, por escucharme.
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