¡La culpa es de los pinzones!
GALAPAGOS, Ecuador (6/08/2006).- ¡Qué chévere papi!. Cuando mi niño me contó que su experiencia fue “chévere”, no solo quiso decir: graciosa, bonita, agradable o excelente. Con sus ojos en estado de admiración, de sorpresa, tan brillantes como una estrella en una noche obscura y enormes, de tanto que los abre para decir la palabra “chévere”, como recordando a las tortugas gigantes, a los piqueros de patas azules, a los pinzones, a las iguanas, a las fragatas, a los lobos marinos, los atardeceres, los paisajes; te comunica que lo “chévere” fue: fantástico, maravilloso, extraordinario, increíble.
Esa es la impresión general que se llevan los 100.000 turistas [1] que visitan las Galápagos cada año, sin descontar uno que otro amargado, al que con seguridad no le fue tan bien en el tour.
Pero, existe la otra cara de la moneda, la calidad de vida de los 18.640 habitantes de las islas (Censo 2001) [2] no es para nada placentera, atrapados entre el folklore científico y la falta de madurez de las políticas de estado, que garanticen un proceso continuo hacia el desarrollo humano sostenible.
Descubiertas por Fray Tomás de Berlanga [3], el 23 de febrero de 1535, las “Islas Encantadas”, a pesar de tener una ocupación humana reciente, luego de permanecer como un ecosistema libre de la acción antrópica durante millones de años, poseen una historia agitada y extraordinaria como sus animales y sus nichos ecológicos.
Refugio de piratas, colonia penitenciaria, base militar y ahora centro de investigaciones biológicas y del turismo mundial, las Galápagos son posesión del Ecuador desde el 12 de febrero de 1832 [4] y, curiosamente, Charles Darwin visitó en 1835 el archipiélago, 300 años después del descubrimiento de Berlanga, adquiriendo desde aquel año importancia científica internacional e iniciando el romanticismo y la leyenda en torno al “Origen de las Especies”, obra cumbre del naturalista publicada el 24 de noviembre de 1859.
Durante su corta estadía en las Galápagos, Darwin recolectó pequeños pájaros de color café, de diferentes tamaños y picos, que luego resultaron ser hasta una docena de especies nuevas de pinzón terrestre.
Esta extraordinaria diferenciación, en un espacio geográfico reducido, en islas separadas por cortos tramos de océano, le llevó a reflexionar y a responderse que el aislamiento, más el tiempo y la adaptación a las condiciones locales dan origen a las especies. La maravillosa simplicidad de su idea cambió para siempre el destino del archipiélago. Se podría pensar entonces que ¡la culpa es de los pinzones!.
Mi principal problema metodológico, al abordar el tema “Galápagos, desafíos de la conservación y el desarrollo humano sostenible”, fue ¿cómo escribir una historia sobre las islas sentado frente a mi computadora, a 1.200 kilómetros de distancia de un lugar que no conozco?
Al valle interandino de Tomebamba [5] llegan los ecos de un escándalo mediático que grita: ¡pobres pepinos, langostas y tiburones!, como los están exterminando estos salvajes introducidos, sin querer reconocernos a nosotros mismo y que el desafío de la conservación “no estriba tanto en que tengamos necesidad de los pepinos, las langostas o los tiburones y que necesitamos salvarlos. Necesitamos ejercitar y desarrollar los atributos humanos que se requieren para salvar a los pepinos, las langostas y los tiburones, porque estos también son necesarios para nuestra propia supervivencia”, advierte el naturalista californiano Ian McMillan, en el libro de René Dubos “Un Dios Interior” (Dubos, 1986).
Ninguna propuesta de conservación para el Archipiélago de Colón [6], que no tome en cuenta al hombre como principal especie a ser rescatada, podrá tener éxito. Thomas Reid reclamaba en 1775, “detesto los sistemas que desprecian la naturaleza humana. Si es una ilusión que la constitución del hombre contiene algo de venerable y digno de su autor, dejadme vivir y morir en esa ilusión, en lugar de abrirme los ojos para que vea a mi especie bajo una luz humillante y repugnante. Cada hombre bueno siente brotar la indignación cuando alguien menosprecia a su país. ¿Por qué no debería sentir lo mismo cuando menosprecia a su género?”, citado en “Sombras de antepasados olvidados” por Carl Sagan (Sagan, 1999, pag. 59).
Eso es precisamente lo que hacemos desde tierra firme, o lo que han hecho durante varias décadas los fanáticos del culto a la naturaleza, despreciar a los seres humanos y quedarnos con la imagen folklórica de la postal. Salvar tortugas gigantes de una manera antinatural solo provocó el resentimiento de los habitantes de las Galápagos contra la conservación.
Para Franklin Bucheli [7], un colono íntimamente relacionado con el destino del Parque Nacional desde 1968, “la solución al problema del desarrollo en Galápagos es hallar un punto de equilibrio entre los intereses de los diferentes sectores: turismo, pesca, científicos, políticos, gobierno y pobladores; hacia una política de estado que fomente la conservación”.
Las cifras de esos “intereses” aclaran por qué “encantan” tanto las islas. La gestión del turismo produce 100 millones de dólares a los empresarios privados, el cobro de la tasa de ingreso al Parque produce 7 millones de dólares para el estado, la pesca del pepino de mar y de la langosta produce 5 millones de dólares para los pescadores, la cifra es incalculable para la pesca ilegal de aleta de tiburón, pero su mercado negro deja ganancias comparables con el tráfico de drogas, verdadera mafia con conexiones asiáticas. Todo en un año [8].
Por otra parte, agrega Bucheli, “los conservacionistas se manejan bajo el concepto biocentrista; se preocupan de proyectos y de ciertos aspectos de la ciencia y no del manejo del recurso bajo el eje eco sistémico hábitat-especie-ser humano, que es lo que tiene que determinar el desarrollo”.
Es otro día más de un frío extraño [9], como si el valle de Guapondelig, sobre el que se asienta Cuenca, se estuviera congelando, transformándose en un clima hostil para sus habitantes, una metamorfosis que se acentúa año tras año.
Camino con Santiago Rodríguez [10] hacia Govindas, el restaurante vegetariano que escogió para responder a mis preguntas sobre su experiencia de vida durante 2 años en las islas, mientras almorzamos comida sana, al explicar su opción por los vegetales.
“El principal reto de la conservación en Galápagos no son los pobres animalitos, sino las comunidades humanas que no fueron educadas, durante las décadas que existió la oportunidad, cuando eran poblaciones con menos habitantes. Ahora hay un despertar hacia el impulso de procesos educativos”.
El desarrollo humano sostenible, o desarrollo local, propone la construcción de un proceso para cambiar la calidad de vida del hombre. Sus componentes son el crecimiento económico, la equidad social, la transformación de los métodos de producción, del consumo, para lograr el equilibrio ecológico y proteger la vida. Se requiere de la participación ciudadana, que debe convivir en armonía con la naturaleza. Uno de los objetivos finales es garantizar la calidad de vida de las generaciones futuras.
Esta compresión del desarrollo sostenible encaja con el concepto de ecoturismo, que tiene componentes como gestión participativa, apoyo económico para mejorar la vida de los pobladores locales y servicios turísticos con eficiencia ambiental.
“¿De qué desarrollo sostenible me hablan, si la gente ni siquiera está segura qué quiere decir sostenible?. En lo que más se debe invertir para salvar a las Galápagos es en la educación de la gente, esta es la clave. Qué aprendan a gestionar por si mismos sus proyectos, sus ideas” afirma Santiago.
“El reto para los pobladores de las islas es responder a la pregunta ¿cómo hago algo sostenible, para comer yo y mi familia, sin que a su vez afecte el entorno por el que tanto me molestan?”, es su reflexión.
Piezas de un rompecabezas difícil de armar, retrato muy próximo a los retos y las amenazas que debemos encarar los ecuatorianos en tierra firme. El éxito del desarrollo humano sostenible en las Galápagos, será nuestro éxito, su fracaso también el nuestro.
Las islas son un “laboratorio chiquito” del Ecuador, pobladas por compatriotas de todas las provincias y regiones, que aspiran mejorar su calidad de vida y a la vez reproducen los problemas que impiden avanzar al Ecuador continental: falta de unidad, intereses políticos, explotación indiscriminada de los recursos naturales, inequidad social.
“Las Galápagos se van convirtiendo en un espacio natural, con un caos de gobernabilidad y de falta de control, que amenaza la integralidad eco sistémica y que es el resultado de la ausencia de políticas de estado, tendientes a respetar compromisos internacionales asumidos en las categorías que mantiene de santuario marino, Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biósfera”, sentencia Franklin Bucheli.
“Para corregir todos estos elementos necesariamente se tiene que contar con la población local, inmiscuida en procesos participativos y de empoderamiento”, coincide Santiago Rodríguez al plantear una solución.
El destino final de la naturaleza en las Galápagos está íntimamente relacionado con la presencia y el futuro del ser humano. Conservar su variedad y armonía, para que continúen siendo “chéveres” [11], es el principal reto de sus habitantes. La veneración por este templo de la vida no puede excluir más al hombre o ya no habrá más pinzones a los que echarles la culpa.
El archipiélago de Galápagos se halla situado a 1.000 kilómetros de la costa continental de América del Sur, en el Océano Pacífico. Tiene una superficie de tierra emergida de 8.000 km2. Es una provincia ecuatoriana compuesta por 13 islas grandes, 5 pequeñas, 105 islotes y rocas en 38.000 km2 de mar interior. Su ecosistema es único en el mundo. Constituye una de las reservas ecológicas más importantes del planeta.
En 1959 se crea el Parque Nacional Galápagos y en 1979 la UNESCO declara a las islas como Patrimonio Natural de la Humanidad. Para 1986 son incluidas en la lista de la Reserva de la Biósfera. En 1986 se crea la Reserva Marina con una superficie de 140.000 km2 de aguas costeras y oceánicas. Es la segunda reserva marina más extensa del mundo.
Cuenta con una Ley de Régimen Especial para la Conservación y Desarrollo Sustentable de la Provincia de Galápagos, Nro 67 publicada en el RO Nro 279 del 18 de marzo de 1998.
Galápagos vive una rápida colonización desde 1940. En 1950 se registran 1.346 habitantes. En el Censo de 2001 la cifra pasa a 18.640 habitantes, concentrados en las islas Santa Cruz, San Cristóbal, Isabela y Floreana. Tiene deficientes servicios públicos en los núcleos urbanos y la principal amenaza para las especies locales son las especies exóticas o introducidas.
Un día hubo un gran incendio en Isabela. Todos los animales huían despavoridos. En mitad de la confusión, un pequeño pinzón empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Las tortugas gigantes, los piqueros de patas azules, los lobos marinos... todos miraban al pinzón asombrados, pensando ¡qué demonios hacía yendo hacia el fuego!. Hasta que uno de los animales, por fin, le preguntó:
"¿Dónde vas?, ¿estás loco?. Tenemos que huir del fuego".
El pinzón le contestó:
"En medio de la isla hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico y ayudo a apagar el incendio".
Asombrado, el otro animal sólo pudo decirle:
"Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo".
Y el pinzón, seguro de sí mismo, respondió:
"Es posible, pero yo cumplo con mi parte."
[1] Según reporte del Parque Nacional, en el 2011 visitaron las Galápagos 185.028 turistas, estableciéndose ese año un récord de visitas. Casi el doble de la cifra del año 2005 o 2006.
[2] Según el Censo 2010, el número de habitantes de Las Galápagos es 25.124.
[3] Obispo de Panamá, descubrió las islas por casualidad y las bautizó con el nombre de Galápagos. Berlanga además introdujo en América el banano, fruta que provocaría siglos después grandes conflictos y enormes ambiciones en el Continente.
[4] Durante el gobierno de Juan José Flores, por iniciativa de José de Villamil. Flores las convertiría luego en una colonia penal.
[5][5] Nombre inca del valle sobre el que se asienta la ciudad de Cuenca. Otros nombres son Paucarbamba y Guapondelig.
[6] Nombre que el Ecuador asigna a las islas en 1892 para conmemorar los 400 años del acontecimiento histórico conocido como “Descubrimiento de América”.
[7] Franklin Buchelli García, abogado, ex consultor jurídico del Parque Nacional Galápagos, experto en temas medioambientales.
[8] Cifras reportadas al año 2005.
[9] Año 2005, la sensación térmica para ese año ya era fría.
[10] Santiago Rodríguez Girón (1973), residente en Galápagos entre 2003 y 2005. Experto en turismo.
[11] Neologismo originario de la lengua Efik introducido en Cuba a comienzos del siglo XIX por inmigrantes africanos provenientes de Nigeria, los Efik, que tendrían gran influencia en la música cubana de los siglos XIX y XX. En la música cubana, en general en el bolero y el son, y especialmente en temas de Rolando Laserie, Celina & Reutilio, Beny Moré, Tito Puente y Bebo Valdés la palabra cambia su significado y con el paso de los años fue tomando la figura y fuerza de todo lo relacionado a bueno, agradable, estupendo, excelente, gracioso, elegante, etc. Hay varias versiones populares con respecto al nacimiento del vocablo. Se cree que "chévere" fue una deformación del nombre del General Jacques François De Chevert, debido a su elegancia. Hay quien también sostiene (el filólogo cubano José Juan Arrom) que el origen está en Guillermo de Croy, señor de Chièvres, ayo de Carlos I y gran ladrón. Gracias a la influencia musical cubana en el resto del continente, el término pasa a ser usado en diferentes países con cultura muy propia de la región del Caribe pero con especial énfasis en Venezuela, además con el pasar de los años, esta palabra ha rebasado fronteras, llegando a ser empleada en algunas regiones de Perú, Colombia y Ecuador. La palabra en cuestión la puso de moda el cantante venezolano José Luis Rodríguez "El Puma" cuando llevó al mundo uno de sus temas más conocidos, titulado “El Pavo Real” el cual terminaba con una expresión que todos coreaban “chévere, que chévere, que chévere, ah, ah”. (Wikipedia.org, 2014)



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