El humanismo hoy
Por Francisco Álvarez G.
Conferencia del filósofo español Francisco Álvarez González (1912-2012), en la Universidad Politécnica Salesiana de Cuenca a inicios de la década del 10, siglo XXI, transcripción de Hernán Rodríguez.
CUENCA, Ecuador.- Seguro que habréis oído hablar, cientos de veces, del “Hombre Nuevo”. Es una monótona cantinela que repiten oradores políticos, pedagogos, periodistas, sociólogos y en fin, quienes de alguna medida se preocupan de las cosas humanas. Como lo más interesante y enjundioso de cualquier decir, no es tanto lo que en él se dice, sino lo que en él está supuesto, proclamar la necesidad de un “Hombre Nuevo” presupone que, los que ahora somos y, con mayor razón aún, quienes nos precedieron en el tiempo, merecemos ser catalogados de “Hombres Viejos”.
Más, el que existan de los unos y los otros, nos revela un hecho que juzgo esencial, a saber, que, por lo visto, los hombres son susceptibles de cambios. De cambiar no en esto o en lo otro, pues ello es obvio y no tiene nada de particular, sino de cambiar en su ser, esto es, como si dijéramos, de cambiar no solo en sus accidentes, sino en substancia.
Esto no ocurre con los animales. En ellos, la experiencia nos muestra que cada nuevo individuo reproduce, en su ser y, sobre todo, en su obrar, lo que ya fue quizás hace millones de años, el primer ejemplar de la especie. Zánganos, obreras y reinas son hoy como lo fueron siempre. Y los frutos de su obrar, la cera, la miel o el panal, no son distintos hoy de lo que, por mucho que retrocedamos en el tiempo, fueron.
Es preciso pues, contraponer la fijeza de las especies de animales, con el cambio o la movilidad de la especie hombre. Es esta la que permite que existan diversos tipos de hombre y, por ende, también diversas clases de humanismo; de que andemos buscando “Hombres Nuevos” con que sustituir a los que, por lo visto, poseedores de tales o cuales defectos, merecemos ser designados como viejos. Más, la pregunta ahora pertinente es ¿qué ser es el del hombre para que, en lugar de tener, de una buena vez por todas, su ser, por el contrario cambie, cambie de ser?.
Acerca del hombre hay muchas ciencias. Más, aparte de estas, que estudian ciertos aspectos formales del hombre, a este, desde una u otra perspectiva, existe una que se las ve con el hombre como una totalidad, en igual forma que, con independencia de las variadísimas ciencias, que tratan de las también variadísimas clases de entes, hay una que, recordando al antiquísimo decir aristotélico, se las ha con “el ente en cuanto ente”. Algo así como lo que la ontología es para las cosas en general, es la antropología filosófica para el hombre. Tenemos pues, que atenernos a esta para poder entender como son los posibles distintos tipos de hombres, como resultado de su capacidad para el cambio, esto es, diversas clases de humanismo.
Para contestar a la pregunta ¿qué es el hombre? debemos echar mano de la enseñanza de que conocer es distinguir, poner límites o fronteras entre unos seres y otros. Eso es lo que, etimológicamente, significa la palabra definición y es con definiciones con las que tratamos de aprender cognoscitivamente a los seres. No distinguimos, sin embargo, a los seres, a la hora de intentar conocerlos, de cualesquiera otros, sino de aquellos, justamente, con los cuales arriesgaríamos confundirlos. Y, así, por lo que al hombre respecta, la mejor manera de adentrarnos en él y conocerlo es poner fronteras entre él y los animales, distinguirlo, de la manera más contundente y clara, de estos. Me atrevería a sostener que la diferencia esencial entre ambos podría formularse así:
a) El animal responde ante los estímulos de su ambiente.
b) El hombre actúa ante las cosas de su mundo.
Vamos a marginar de nuestra atención, por el momento, la diferencia entre estímulos y cosas y la que entre ambiente y mundo existe, para entender solo a la distinción entre responder y actuar. Del ambiente en que el animal está inmerso brotan de continuos estímulos, sonidos, colores, olores, etc, etc, ante los que aquel dispara, por de algún modo decir, sus respuestas, en forma de actos reflejos y de actos mecánicos, condicionados por un sistema de instintos, que, más que de cada ejemplar de la especie, lo es de ésta. De ahí, una consecuencia principalísima, de alto rango: que las respuestas son siempre las mismas ante los mismos estímulos, ante análogas coyunturas. Esta es la razón de esa fijesa de la que hablábamos hace un momento. De los ejemplares de cualquier especie animal, no hay que esperar nunca ninguna novedad. Son ahora lo que fueron y seguirán siendo en el futuro lo que son, a menos que, biológicamente, se produzca una mutación y aparezca, por ende, alguna especie nueva. Para el animal, el hoy es una repetición del ayer y el mañana, una monótona repetición del presente. No cabe pues, narrar la historia de cualquier especie.
En el hombre hallamos lo opuesto. Eso implica que su sistema de instintos no es tan absoluto, total y completo como en el animal. Que está debilitado y que, por ende, no halla en sí, bien dispuesto, un acto reflejo o mecánico, con que responder ante cualquier evento de la circunstancia. Más esa menesterosidad o pobreza del hombre en cuanto a los instintos fue la razón principalísima de su futura grandez. Desde el punto de vista de los instintos, el hombre es un animal enfermo. El hecho de que no haya desaparecido del planeta débase a que logró con que sustituir el desastre y escasísima eficacia de sus instintos. Falto de poder responde, actuó. La acción, en contraposición a la respuesta, implica variación, posibilidad de cambio; no es, pues, siempre la misma ante idénticas coyunturas; ora se puede actuar así, ora de otra manera. La acción supone, al menos, dos alternativas posibles. En nosotros está elegir la una o la otra. Esto quiere decir que, frente a la respuesta animal, que está determinada por el instinto, la acción humana es libre. La libertad implica imprevisibilidad del futuro y, por lo tanto, la posibilidad, en el caso del hombre, de tener historia. Esta es lo opuesto a la monotonía de la repetición de las respuestas, casualmente determinadas por el instinto. Para el animal no hay futuro, hasta el punto que este viene a ser más bien un mero presente que no ha llegado todavía, pero que, inexorablemente, llegará. Solo hay, en verdad, futuro y, por lo tanto, historia cuando no podemos avizorar, desde el presente, como será, dado que lo mismo puede ser de una manera que de otra, en virtud, precisamente, de la libertad.
Esta, decíamos, consiste en la posibilidad de elegir, al menos entre dos alternativas. Cuando nos decidimos por una, aunque la acción no esté determinada por ser libre, sin embargo, a la base de ella hay siempre un motivo. La máxima de las acciones, esto es, su por, no quiere decir fatalidad casual. El por es, generalmente, un valor. Detengámonos por un momento, antes de hablar de los valores, en el par de dualidades ante las cuales se enfrenta todo hombre, exclusivas de este y que sirven para distinguirlo, de manera clara y contundente, del resto de especies animales.
La primera es la del mundo interior y exterior. Con mucha probabilidad las misma causas que determinaron la pérdida parcial de su sistema de instintos, convirtiendo así al hombre en una animal enfermo, menesteroso, lo que, dicho entre paréntesis, fue ya advertido por algunos de los más viejos pensadores griegos y no escapó a la sagacidad de Platón, como de relieve lo pone en uno de sus más importantes diálogos “El Protágoras”, las mismas causas, digo, fueron las que también tuvieron que ver con un hecho notable: la extensión prodigiosa de su memoria. El hombre tesuariza recuerdos en una cantidad que ni compararse puede con la de los animales, incluidos los más superiores. De esto, que es un hecho, una importante conclusión: vive el hombre ante esos dos mundos, el exterior de los objetos físicos, de tan variada índole y el interior de sus recuerdos, almacenados en él por su memoria. Su conciencia, como la del resto de las especies animales, está, común y naturalmente, vertida hacia el mundo exterior, puestos que de él proceden las inúmeras acechanzas que pueden poner en peligro sus vidas, pero, asimismo, todo aquello que le permite mentenerla y prolongarla. Lo normal, pues, en el hombre, como entre los animales, es lo que los filósofos denominan la “intentio recta”, de la conciencia se entiende. Por eso, cuando el animal se encuentra satisfecho, apagada el hambre y, con esta, cualquier otra necesidad, lo ordinario es que, sin interés por seguir manteniendo la relación con el mundo físico exterior, a falta de otro, dormite, se entregue a la paz y el sosiego del sueño. En el hombre no ocurre lo mismo. Puede estar todo lo satisfecho que se quiera, amansadas las necesidades, despreocupado, por ende, del extus físico y humano circundante, pero le queda aún el otro mundo interior de los recuerdos. Es sólito muchas veces que, en altas tesituras, desvíe la atención de la conciencia hacia el mundo interior y, en lugar de la intentio recta, ponga en ejercicio la intentio obliqua, esto es, lo que llamamos comúnmente reflexión. En lugar, entonces, de vivir para el otro, ena-jenado o alterado, atiende así mismo, esto es, vive en-sí-mismado. Por el hecho de carecer de recuerdos y, por lo tanto, de un sí mismo, permanece el animal siempre alterado y repito, cuando ya no hay motivo para ellos, lo único que le queda es dormir. Sufre, a veces, insomnio por no poder abandonar los miles y miles de fantasmas que pueblan su mundo interior en forma de recuerdos, de imágenes que su memoria reproduce y su fantasía recombina.
Más, recapaciten en lo que trae consigo ese sumergirse el hombre en su mundo interior. Por lo pronto esto: que, en él, el pasado, aunque pasado, no desaparece del todo y se mantiene vivo gracias a la memoria. Recordamos en el ahora, en el presente actual, pero el recuerdo tiene la virtud de volvernos a traer en cierto modo al pasado. Es como si el ayer volviera a hacerse hoy, aunque sea en la forma que ha sido. Merced a la memoria el pasado no deja de ser ni se esfuma y continúa siendo, bajo el aspecto de lo sido, en el presente.
Metido en sí mismo, el hombre recombina, gracias a la fantasía, lo ya vivido. Si en el pasado, ante tales o cuales coyunturas, las cosas salieron mal, esto, la acción que en su momento se llevó a cabo fracasó en su propósito de conseguir mediante ella ciertos resultados previstos y queridos, ¿no podrá ocurrir que, si se hubiese precedido de esta otra manera, aquellos resultados habrían sido otros, en perfecto acuerdo con la primitiva intención?. Y es ahora esta nueva acción que, lo que yo llamo la “imaginación prospectiva”, prevé, lo que tienta a la voluntad como posible quehacer u ocupación para llevar a cabo en el futuro. Y como las acciones en que la vida humana consiste, tienden a un fin, a realizar, más allá del presente, en el futuro resulta que, dicha vida humana es futurizada, que vivir, más que vivir ahora, es pre-vivir y que vivimos, por ende, esencialmente preocupados con lo que ha de venir, con el porvenir.
He ahí pues, otra diferencia radical con el animal. La vida de este es puntual, consiste en una larga retahíla de instantes, no de presentes, como el hombre. Presente, si se quiere, es un instante, que deja de serlo para abrirse al pasado y al futuro. Así como la raya se hace puntos, que son ceros en extensión, la vida del animal se constituye con instantes, que son ceros de tiempo. La del hombre, en cambio, de presentes, en que ahora, pasado y futuro se dan juntos; presente, pues, lastrado, cargado, lleno, como quiera decirse, de temporalidad. Si, por la escasa memoria, el animal no re-vive el pasado, menos aún atina a penetrar por adelantado en el futuro, como el hombre. De ahí que osáramos determinar su vida como puntual. A punto de morir, ni lo sabe, ni se angustia por ello, pues es incapaz de prever y adelantarse al porvenir. El punto es en la línea, pero no es la línea, porque carece de extensión. En forma en cierto modo pareja, el instante es en el tiempo, más no es tiempo, pues, al no unirse al pasado y al futuro, está falto de temporalidad. Solo el hombre, esencialmente histórico, aparte ser en el tiempo, es tiempo, está hecho de temporalidad.
La segunda dualidad a que hacíamos referencia es la del mundo real y del valor, esto es, de lo que es y de lo que no es, pero debiera de ser. Por encima del mundo que llamamos real, a manera de nimbo en torno a la cabeza de un santo, hallamos el mundo del valor, un mundo de entes con algunas particularidades que no encontramos en los demás: lo que los axiólogos llama la polaridad, esto es, el hecho de que los valores se den siempre en pares contrarios: bueno-malo, bonito-feo, útil-inútil, etc. En segundo lugar, la jerarquía, también el hecho de que unos valores valgan más que otros. Por último, el que, a diferencia del resto de las cosas, los valores, aparte de ser algo, valen. Por su valor, el valor ofrécese al hombre que lo aprehende con la exigencia de ser realizado. Por parte del hombre, la contrapartida a dicha exigencia del valor es el deber, que no es otra cosa que la conciencia de la obligatoriedad de realizarlos en la medida de lo posible. Ni el problema de la objetividad o subjetividad de los valores, ni el de su carácter absoluto o relativo, ni el de la forma en que son aprehendidos por los hombres, nos interesan ahora. Si, en cambio, hacer notar que la acción, exclusiva del hombre, solo es posible por ellos. En efecto, por contraposición al animal, que responde, el hombre actúa. Más la acción implica elegir y la elección presupone el valor. El hombre es el administrador del valor, el encargado de introducir o encarnar el valor en el mundo real y, por tanto, quien transformar algo que meramente es en algo que ahora posee un valor, en forma de cualidad no física y que, por ello, se convierte en un bien. Teniendo claro ahora respecto a esas dos dualidades ante las cuales el hombre se halla, podemos ahora volver al problema que nos interesa en especial: el humanismo.
Por hace y no responder es claro que el hombre se hace su vida. Cada quien, decía Ortega y Gasset, es autor y actor del drama en su vida consiste. La vida es una sucesión de acciones, que sirven de medios las unas para las otras. Cada acción persigue un fin y éstos, como las acciones, se hallan encadenados, apuntando todos, para que el conjunto de ellos posea un sentido y lo tenga; así mismo, la vida cuyos fines son, a un fin privilegiado y último, que se acostumbra a llamar el proyecto de vida de cada cual. En él intentamos dar vida a aquel protagonista o héroe que ideamos al bosquejar el drama de nuestras vidas. Mientras vivimos nos vamos haciendo, acercándonos, por así decir, a aquel ideal, sin llegar jamás a, de una manera plena, realizarlo. Con cada acción, aparte lo en ella hecho, nos hacemos y ese continuo ir, poco a poco, esculpiéndonos, solo llega a su punto final con la muerte.
Con estas últimas afirmaciones nos tiene muy familiarizados la filosofía existencialista. Más ya no tanto con lo que, a continuación, voy a decir. En efecto, aparte de aquel proyecto de vida de cada cual, que nos individualiza y, en virtud del cual, nos vamos haciendo personas, esto es, individuos de una especie, pero únicos, exclusiva, así mismo del hombre; cada quien, ahora por el hecho de ser un ser social, aspira a realizar en sí mismo el tipo de humanidad ideal, positivamente vigente, en la sociedad de la cual forma parte. En cuanto tipo de hombre, ahora se trata de algo no individual, sino genérico. ¿De dónde proceden esos tipos?. Vimos como hay diversas clases de valores. A pesar de la jerarquía, estos, de que unos valgan más que los otros, en cada circunstancia histórica, en cada aquí y ahora, los hombres se sienten atraídos por una concreta especie de valor y esfuérzanse por realizarlo en cierto modo en su persona, por aquello que cada acción es doblemente transitiva: al hacer algo, pero, al mismo tiempo, me hago. Así, el científico crea el saber y, a la par, se va constituyendo como sabio; al orar, al hacer penitencia, al ejercer la caridad, al arriesgar la propia vida por el prójimo, quien así procede va transformándose en santo; pintando cuadros, esculpiendo torsos, escribiendo novelas, rimando versos, componiendo sonatas o baladas, cada quien se hace pintos, escultor, novelista, poeta o músico. Y, acudiendo a hora a la historia, comprobamos que, en efecto, en la Grecia clásica tuvo vigencia como ideal el tipo de sabio, en la edad media el de santo, en la época del renacimiento, el artista. No ha habido, repito, época en la cual los hombres, urgidos y contagiados por una especie de fervor colectivo, no hayan aspirado a realizar también en sus propias personas algún tipo, el de hombre ideal vigente en cada ocasión. Aparte, pues, el concretísimo proyecto individual, este otro típico proyecto más bien colectivo.
Más, con independencia de ambos proyectos, el individual y el general, hay un tercer proyecto que cada persona intenta realizar conjuntamente con aquellos, el que yo denomino la morada. Hemos visto, con brevedad, pasando por ellas como sobre ascuas, algunas de las más características exclusivas del hombre:
a) Hacer y no responder.
b) Memoria prodigiosa, lo que le permite vivir, al tiempo que en el presente, el pasado y en futuro.
c) Ensimismamiento y no permanente alteración del sueño como en los animales.
d) Temporalidad, esto es, vivir a un tiempo en el presente las otras dos dimensiones, pasado y futuro.
e) Presencia ante los dos mundos, simultáneamente: el de lo real y el ideal de los valores, requisito imprescindible, como hemos visto, para que la acción en el hombre sea posible y pueda estar dotada de sentido.
f) Libertad y no respuestas condicionadas por un sistema de instintos, más que del individuo, de la especie.
g) Llegar a ser, por la serie de acciones im-pre-visibles, persona, esto es, uno más de la especie, pero, dentro de lo común de esta, en este caso a la especie humana, a la humanidad, un individuo único, distinto radicalmente de todos los demás. En cambio, entre los animales, los distintos ejemplares son meros individuos de una especie, nunca personas.
Aparte de las anteriores características, a que ya hemos hecho referencia, existe añun esta otra muy importante: cada especie animal, gobernada por un sistema de instintos, busca en el extus físico un lugar idóneo en donde encajar bien, en donde pueda existir un ajuste perfecto entre su manera de ser, por un lado, y, de otro, el medio físico en que se halla inmersa. Si logra encontrar ese lugar perfecto, idóneo, adecuado a su naturaleza instintiva, la especie se adapta y subsiste. El lugar, con sus muy especiales características, se constituye en su hábitat. Caso de no encontrarlo, la especie desaparece.
En el caso del hombre, la relación entre él y extus es juto la opuesta: nada de adaptarse él al mundo, sino la deliberada voluntad de adaptar el mundo a él. De ahí, que, en principio, el hombre sea, en el sentido etimológico del término, cosmopolita, habitante de cualquier lugar de la Tierra. ¿Qué sentido tendría preferir este lugar al otro si lo que en verdad interesa es adecuar y adaptar a él el extus físico, sea éste cual sea?. Habita el trópico y sus selvas más calientes y húmedas, habita las regiones polares con sus fríos glaciares, habita los páramos y las tierras altas o, por el contrario, los terrenos costeros o llanos, a la orilla de mares o lagos. Y aun anda pensando en vivir en ciudades construidas en el fondo de los océanos, en estaciones espaciales en medio de las inmensas soledades de las regiones interestelares o en las desoladas superficies de cualquier otro planeta o satélite de nuestro sistema solar. De cualquier adaptación del mundo a él se siente capaz, sea aquel medio el que sea, gracias a la confianza en su saber y a los inmensos recursos de la técnica que del saber dependen.
Más recapaciten y piensen en esto: si el hombre no ceja en su propósito de adaptar el medio a él, cualquiera que este sea, es porque se encuentra siempre, en mayor o menor grado, hostil. Y es hostil porque, entre otras razones, al hombre no le basta, como al animal, con el seguir siendo, con el asegurar en cierto modo su vida. El animal se conforma con el estar; el hombre también con el estar, pero a condición, eso sí, de estar bien o como se dice con una bella y expresiva palabra castellana, de bienestar. Ya los latinos sentenciaban no por vivir o seguir siendo, vivendi perdere causas, es decir, hay que abandonar todo aquello por lo que la vida merece ser vivida. De ahí, el porqué algunas veces, del suicidio, también exclusiva del hombre, se pueden sacar enseñanzas. Este sería el lugar, su hubiera tiempo y vacar suficiente para ello, de ahondar un poco en el hecho de, por qué las necesidades son ilimitadas en el hombre y por qué aquellas que con más ansia anhela satisfacer, no son, como una superficial mirada haría suponer, las llamadas vitales, sino, por el contrario, las inútiles desde el punto de vista de lo urgente para seguir viviendo, las de lujo. Ser paradójico, en tantas y tantas cosas, también en esto resulta que para el hombre lo más necesario es lo innecesario o lo inútil.
La hostilidad del extus es doble: física y humana. Con su actividad intenta convertir lo hostil en amable, en una morada a gusto, en donde poder llevar a cabo los dos proyectos mencionados, el individual y aquel otro que corresponde al tipo de humanidad ideal vigente en toda sociedad. Así, la construcción de una morada acogedora, amable, conviértese, para cada uno de nosotros, en un tercer proyecto fundamental.
La principal preocupación del hombre durante siglos ha sido el aspecto físico de la morada: liberarse del frío intenso o del asfixiante calor, de la sequía pertinaz o de las intensas lluvias e inundaciones, de la escasez de la flora y de la fauna, de las frecuentes epidemias, etc. A partir del Siglo XVI, sin embargo, gracias al nacimiento de la ciencia moderna y el desarrollo, cada vez más vertiginoso, de la técnica, secuela natural del saber, logró el hombre ir progresivamente, si no eliminando por completo, sí, al menos, paliando y haciendo menos agresivos los aspectos hirientes del extus físicos. Todo ello de acuerdo con la sentencia de uno de los más representativos espíritus innovadores del siglo: solo es capaz de dominar a la naturaleza dominándola.
Más la habilidad extrema en el señorío de la naturaleza física no fue acompañada de un paralelo en la parte humana del extus. Aquí, al revés, la hostilidad ha ido acrecentándose con el tiempo. No es cosa de detenerse en la descripción de la multitud de lacras humanas: guerras, revoluciones, injusticias sociales de todas clases, pobreza, desnutrición, intolerancia, vicios a granel y… ¿para qué seguir?. De ahí, qué, desde la modernidad, coincidiendo con el nacimiento de la ciencia y la confianza del hombre en sí mismo, se extendiera por occidente un espíritu revolucionario, con la manifiesta intención de remediar tantas aristas hirientes, lacerantes, del extus humano. Hasta entonces, no es que muchas de esas que hemos llamado lacras, no existieran. Pero las gentes, viviendo de fundamentos metafísicos muy distintos, consideraban que pertenecían al “orden natural de las cosas”, como las tempestades, los tornados o los terremotos en el orden físico y, ante ellas, les servía de consolación, resignadamente, un quizás “Dios lo quiere”. De entonces acá, sin embargo, como hemos apuntado, la situación es muy distinta y, ante tantos malos humanos como existen, acentuose la preocupación por la morada actual, llenándose la cabeza de los hombres de ideas, de ideologías, de toda clase de fantasías utópicas, para tratar de hacerle algún día realidad sobre la Tierra.
Ahora, al fin, según creo, estamos en situación, mediante este gran rodeo de antropología filosófica, de entender ¿qué es propiamente el humanismo? y, de contraponer el humanismo, que osaría llamar clásico, a lo que estimo debe ser el humanismo en el día de hoy. Los requisitos, según entiendo, de todo humanismo, son los siguientes:
a) Lo que el hombre, en situación, esto es, aquí y ahora, es. Acentúo lo de aquí y ahora porque, por no poseer el hombre naturaleza, sino ser historia, en cada circunstancia es ya un cierto tipo de humanismo, alcanzado por quienes son normalmente los encargados de formar al hombre, los pedagogos o, en términos más latos, la sociedad toda. Somos siempre un producto histórico, como herederos que somos. Aún el hombre nuevo, que anhelamos hoy, esta esbozado a partir de este hombre viejo que somos, que, a su vez, logró al fin concretarse mediante el esfuerzo y lucha que por alcanzarlo sostuvieron quienes nos precedieron en el tiempo. Somos siempre el resultado de un ideal, aunque, como siempre acontece, lo real logrado empalidece aquel ideal, el distanciarse mucho de él. Es por es degradación en relación con el tipo ideal, que no somos nuevos, sino hombres viejos y, por eso, anhelamos superarnos.
b) Frente a lo que somos, lo que aspiramos ser, el hombre nuevo en que soñamos. Forman parte de ese hombre nuevo los tres ingredientes con cierta morosidad señalados: el proyecto de vida individual, el general, esto es, el tipo hoy aireado como deseable y, por último, la clase de morada en que, pensamos, sería deleitable poder ser el día de mañana, llevar a cabo nuestra vida en ella.
c) Es obvio que el humanista, esto es, quién no se conforma meramente con hablar de un hombre nuevo por hablar, sino que tiene delineado, con contornos muy precisos, que tipo de hombre quiere para el mañana, cree factible la tarea de llevar a cabo el tránsito del hombre que es el que estima que debe ser, gracias a la aptitud de este para el cambio, resultado, a su vez, de su falta de una naturaleza fija. De una manera muy general, el instrumento para llevar a cabo ese cambio es la educación. Como, etimológicamente, la palabra indica, educar significa conducir de o desde, de e-ducere. Implica, pues, un proceso en que se pasa de una situación a otra; en este caso, del hombre que se es al que se estima que debe de ser. En un sentido ya no tan general, sino más restringido, las humanidades constituirían aquella parte de la educación encargada de lograr, en especial, aquel tránsito. Y es obvio que esas humanidades han variado de época en época según el tipo del hombre ideal anhelado.
d) Por distintos que hayan sido los humanismos, esto es, tanto los ideales como los medios para lograrlos, hay en todos ellos está última nota o característica, a saber, una cierta concordia, en el sentido preciso del vocablo, a saber, un cierto amor, una cierta filantropía, un cierto, en fin, concurso de los corazones de todos los hombres. Es un anhelo de un estado de armonía, de paz, de fraternidad, tan distinto de la triste y cruel realidad que la experiencia nos muestra.
El humanismo, que cabría denominar clásico, era naturalista. La existencia de cambios en los hombres era tan notoria que no cabía desconocerlos, pero eran cambios, por así decir, de poca monta, intrascendentes en el fondo, que no afectaban a lo sustancial del ser del hombre. Cambios, como en cualquier otro orden de entes, en los accidentes, más no en la sustancia; en una humanidad que permanecía siempre, en lo esencial, siendo la misma. Y esto era así, con independencia de cual fuera la opinión sobre el origen del hombre, la naturaleza, para los griegos y romanos, o Dios, en la visión judeo-cristiana del mundo. El ser más excelso de todos, si se quiere, para los primeros, no por ello era una excepción a la composición general de todo ser: una materia más una forma. Esta forma, en el hombre, era el alma, con más facultades que las almas simplemente vegetativas de las plantas o que las sensitivas de los animales. La forma, al fin y al cabo algo natural, era lo que era ya desde siempre. Para los judeo-cristianos, el hombre era una hechura de Dios, con un ser, asimismo, inmutable.
Unos y otros, sin embargo, creyeron que, a pesar de ese ser, dado u otorgado, por la naturaleza o por Dios, de una vez por todas, era lo más frecuente y natural del mundo el envejecimiento, l degradación, la caída, del hombre, se entiende. Pero no solo el hombre, sino, en general, todos los seres envejecen, degeneran y de, ahí, que el ideal de perfección haya que ir a buscarlo no en el futuro, sino en el pasado, hacia atrás y no hacia adelante, en los orígenes. Justo lo contrario de lo que se ha creído desde la modernidad, en que ha terminado por convertirse en tópico , la creencia firmísima en el progreso. Entre los griegos, Hesíodo primero y más tarde Platón, hablaron de esa decadencia y de la existencia sucesiva de tres edades entre los hombres: la de oro, la de plata y de la de bronce. Ni que decir que para ellos estábamos en la más baja y degradada de todas. El judeo-cristianismo habla también de la caída de nuestros viejos padres y cuando sueña en esa morada hermosa que es el jardín florido que la palabra paraíso significa, la ubica siempre muy atrás, en los primeros tiempos. Jorge Manrique, hacia el final de la edad media, se lamenta de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Durante, pues, siglos, los hombres han considerado la historia como un regredior y no un progredior, como un regreso y no un progreso, como un más bien retroceder y no avanzar.
Teniendo todo esto presente se entiende que el humanismo clásico, casi hasta el día de hoy, tratase de buscar en el pasado los tipos más excelsos de la humanidad y luego se esforzase por imitarlos. Ha sido, pues, un humanismo que cabría denominar de imitación. La perfección, lo ideal, ya había sido dado y sólo se trataba, por ende, de coptarlo. Así, durante siglos, los pedagogos y humanistas griegos tomaronde los héroes homéricos, de los Aquiles, Ayax, Ulises y Filoctetes, modelos de acuerdo con los cuales se procuraba conformar a los jóvenes. Todo ello, cuando el tipo ideal lo constituyó, precisamente, el héroe, en tiempos en que los valores vitales atraían y ocupaban de preferencia la atención de los más. En las postrimerías de la edad antigua, las “vidas paralelas”, de Plutarco, convirtiéronse por siglos en el instrumento adecuado para mostrar a los hombres los más preclaros ejemplares de humanidad e intentar educarlos tomándolos como modelos. Eso mismo fue lo que en la edad media ocurrió con las abundantes historias y vidas de santos, humanas perfecciones que encontramos siempre volviendo la mirada hacia atrás, hacia el pasado.
Frente a este humanismo clásico, con fundamentos naturalistas, el de hoy tiene que ser todo lo contrario, esto es, historicista. Las diferencias con el anterior son sumamente nítidas, claras:
1.- Si el hombre se hace, el ideal humano del nuevo humanismo, el tipo que corresponde al hombre nuevo deseado, no puede estar en el pasado, sino en el futuro. Por pertenecer al futuro, no ha sido y, por lo tanto, no podrá ahora tratarse de imitar, sino de crear. Tenemos la obligación, la responsabilidad, de inventar el tipo de humanidad que deseamos. Por eso, me atrevería a hablar de un humanismo como responsabilidad.
2.- Crear implica elegir y en la elección, ya lo sabemos, ocupan su papel primordial los valores, Fue característica esencial del humanismo clásico naturalista el ser parcial, esto es, elegir un valor en la escala jerárquica de valores y elevarlo al rango de valor fundamental, de acuerdo con el cual instruir y conformar a los hombres, ya que servía de modelo ideal. Eso es lo que con claridad la historia nos muestra. En los tiempos más viejos de Grecia, fueron los héroes, como acabamos de apuntar, ejemplos de suma perfección por lo que a los valores vitales se refiere. Más tarde, en la misma Grecia, el modelo que sirvió de inspiración fue el sabio estoico, encarnación cabal y completa de los valores lógicos. En la edad media, ya lo hemos dicho, el ideal fue el santo, en que se conjugan los supremos valores morales y religiosos. En la época del renacimiento el tipo de humanidad que prevalece es el artista, tiempos en que los valores estéticos estuvieron en auge.
Pues bien: en contraposición a este humanismo parcial, en diferentes tipos humanos encarnan muy espaciales valores, el humanismo de hoy en día debe propender a que, en lo posible, el hombre del futuro sea integral, multidimensional y no de una sola dimensión, compendio de la escala total de valores y no solo expresión de un solo valor. En este sentido, es deber de las universidades de hoy formar no solo eruditos en tales o cuales áreas del saber, sino hombres cultos. La erudición es cosa de la inteligencia, en último término. Pero la cultura implica, exige, un desarrollo armónico de todas las facultades del hombre, de la inteligencia, sí, pero a su lado, de la voluntad y de la vida afectiva.
Finalmente y, puesto que la vida es siempre circunstancial, el humanismo de hoy debe tender una preocupación preferencial por el tercer proyecto de los enumerados, es decir, a la construcción de una morada más acogedora, más amable. Una morada en que se atienda a lo que más urge reformar: la sociedad. Este es el aspecto del extus que más nos hiere, lo que más atenta contra una vida confortable y, sobre todo, digna.
Ahí es donde el hombre más tiene que cambiar. Aprovechando, como históricos que somos, de las experiencias. Hiendo a la realidad, pensando no en el aire, sino con las cosas y recordando la lección de que la mejor manera de no resolver nada, es querer resolver todos los problemas a la vez. Que ha sido, desgraciadamente y, para mal, lo sólito en los últimos tiempos.


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