¿Es la prensa el cuarto poder del Estado?
Por Hernán Rodríguez Girón
CUENCA, Ecuador (14/06/01).- Quisiera empezar desmitificando el paradigma de que la prensa sea el cuarto poder del Estado. Considero que ese modelo está agotado hace rato y se ha quedado en el lugar común, en el cliché, o la frase bonita para dejar con la boca abierta a nuestros interlocutores durante una conversación, en alguna tarde de domingo, luego de ojear lo que traen los periódicos del día.
El lugar común no sirve, porque los medios de comunicación o de incomunicación como los llama Eduardo Galeano, han evolucionado en la era digital. Ahora no solo existen en el medio ambiente comunicacional lo que conocemos como “prensa”, sino que hay aparecido otras alternativas en la comunicación de masas, que compiten por captar las audiencias; a los tradicionales medios como los periódicos impresos, las revistas, la radio, la televisión o el cine, se suman ahora en Internet, el Facebook, equis, Tik Tok, Whatsapp, televisión por cable, televisión satelital… y muchos de ellos mediados en un solo aparato o soporte, el teléfono inteligente.
Vivimos en la actualidad en un mundo cibernético, del griego kibernetes que significa piloto p guía, es decir estamos guiados por sistemas que han revolucionado la forma en que nos comunicamos y en la mayoría de las ocasiones, en como nos incomunicamos. No estoy de acuerdo con la palabra subdesarrollo, porque siempre que se la usa hay que repreguntar entonces desarrollo ¿para qué? y ¿bajo qué modelo?, sin embargo las estadísticas señalan que en Ecuador 4 de cada 1.000 personas están conectadas a Internet, sufrimos entonces un “subdesarrollo” digital.
Tan temprano como 1986, es decir hace 15 años, el profesor de la universidad de Bremen, Alemania, Klaus Hoefener, advertía “el cuerpo docente descuida proporcionar, con adecuación a la población, el acceso a la técnica de la información, como tecnología básica para el futuro. La influencia de los medios técnicos va en aumento. La relación de los estudiantes y escolares frente a la técnica de la información corresponde a la relación analfabeto-libro de hace 300 años”.
La situación no ha cambiado y, a la pobreza económica de siempre se suma nuestra pobreza tecnológica. Nos hemos convertido en ignorantes de la cibernética, en autómatas que aplastan botones sin ningún interés por saber cómo funcionan esos mágicos aparatos, que nos sorprenden y nos alienan todos los días. Para los que hemos tenido la oportunidad de ser testigos de la transformación de la técnica de la información, en los medios de comunicación masiva, es fácil entender que todo cambió, para siempre. En la producción de periódicos, por ejemplo, ahora todo es electrónico y ya no se piensa en que noticia fabricar (news makers), frente a un cuaderno o una hoja en una máquina de escribir), sino frente a una pantalla de computadora, de Tablet, de celular… Pero en las mentes de las personas sobreviven imágenes de mundos pasados, al mismo tiempo que ideas sobre formas nuevas de como se fabrica la información. Por eso digo que, en este mundo ambiguo, es un anacronismo citar que la prensa es el cuarto poder del Estado.
La clásica separación de poderes
La teoría jurídica clásica de la separación de los poderes del Estado fue planteada por el filósofo inglés John Locke, como una forma de frenar el abuso de poder. Para Locke era peligroso confiar la tarea de expedir y ejecutar las leyes a las mismas personas jurídicas encargadas de hacerlas. Por eso propuso la división, que de tanto repetirla ya es un lugar común, de que el Estado se divide en ejecutivo (judicial) y federativo.
Esta idea fue apadrinada en Francia por el ideólogo de la Revolución, Montesquieu, quien propone a su vez la división del Estado en tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
La Constitución de 1998, la del cuartel, organizó al Estado Ecuatoriano en funciones, -no poderes- organismos, dependencias, organismos seccionales autónomos y personas jurídicas, todas ellas forman parte del sector público. Entonces, legalmente hablando, en Ecuador la prensa está por ley excluida como cuarto poder del Estado, porque de manera general, los medios de comunicación son empresas de régimen privado, a las que se les otorga un papel de “contraloría social”, según la teoría, pero que en la práctica están constantemente manipuladas y amenazadas por los abusos del poder en general.
La expresión “cuarto poder del Estado” en el Ecuador no pasa de eso, de ser solo un enunciado, latente por la influencia romántica de la tradición del periodismo investigativo norteamericano y la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. La actividad investigativa de periodistas y medios y la Primera Enmienda que garantiza la Libertad de Expresión, fueron las palancas que permitieron la publicidad de sonados casos de corrupción como Watergate, los Papeles del Pentágono o Irán-Contras, que mediante impactantes reportajes periodísticos frenaron la impunidad de la clase política de Washington y obligaron al gobierno de Estados Unidos a ser un poco más transparente.
El canal o el medio no son el mensaje y la prensa, sistema gutembergiano para imprimir periódicos, diarios, revistas o libros, es solo eso, un medio para registrar, importar o transmitir códigos, lo que demuestra por otra parte lo frágil y ambiguo que puede ser el lenguaje. La función social que cumplen los medios de comunicación se reduce a veces a una representación teatral, a una puesta en escena, al mito de la caverna de Platón. Deben dar forma a la realidad, que es en realidad lo que significa la palabra informar, que proviene del latín y significa noticia, informe, del latín informare, dar forma o formar.
¿Qué discurso genera lo que debe ser considerado como la información de la realidad, que es en último término la “verdad”?. Los consumidores de medios generalmente aceptan como verdad todo lo que se publica, se ve, se dice, se oye o se transmite en los medios, sin considerar que en realidad lo que informan y comunican los medios es apenas una parte de la verdad; pero hay otras verdades, otros discursos. No entender como funcionan los ingenios tecnológicos que producen información, contentándonos simplemente con consumirlos, porque así lo determina el mercado, es un fenómeno moderno que se llama “black box” o “caja negra”, una especie de resignación y de pereza, porque esos aparatos simplemente funcionan, el sistema que los soporta funciona y estamos inmersos en la fantasía de que estarán a disposición de nosotros para siempre. Hemos entrado entonces en el reino de las ilusiones.
Mentes segmentadas
Me formé en una universidad en la que fui altamente ideologizado, uniformado mentalmente en la creencia política de que, cambiando la propiedad de los medios de producción, a través de la revolución, inmediatamente iba a surgir un mundo nuevo, una era de paz, de hermandad y de bienestar para el mundo entero. Pero esa idea no era verdad, eso lo entendí después. Pero a mediados y finales de los 80`s, del Siglo XX, en el contexto de la política universitaria, no había como desviarse de ese pensamiento ni un milímetro, sin ser inmediatamente calificado de revisionista, troskista, gusano o cualquier otro tipo de bicho. Era la universidad de la utopía, pero también de las mentes complacientes, poco críticas; era el mundo de la ilusión que se alimentaba de mentes segmentadas.
Las universidades se han convertido, por todo el mundo, en centros de especialización, que segmentan el pensamiento, deshumanizan al hombre y lo convierten en un ser dócil y productivo para el sistema capitalista. Sin pretender satanizar a la especialización, pero ese es el gran pecado contemporáneo de las universidades. Los plumíferos, o aprendices de escritos, que son los estudiantes de comunicación o periodismo, no pueden perder su humanismo, ni permitir que se les eduque con lugares comunes, en otras tradiciones periodísticas, ajenas a nuestra realidad.
Seguir considerando a la prensa como el cuarto poder del Estado, es seguir creyendo en el sistema tolomeico para explicar el funcionamiento del Universo, con la Tierra como eje y centro de todo. A propósito, una anécdota, un compañero de tercer ciclo de la carrera de comunicación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, creía de verdad y sinceramente, que la Tierra era el centro del Universo y enorme susto se llevó, cuando el profesor Almeida le explicó, utilizando una metáfora, que el Sistema Solar era menos que un punto de tiza en la enorme extensión de blanca del pizarrón de clase. Y que allí, dentro de ese punto minúsculo, estaba la Tierra. Grande fue su desilusión cuando se enteró de la verdad. Por eso, para no ser sorprendido de esta manera, en su ignorancia, el periodista debe ser un conocedor de todo con un centímetro de profundidad, al mismo tiempo que se compromete con la humanidad y con su propia preparación continua, permanente, universal y holística.
Para devolver a los seres humanos una cierta libertad, ante el fenómeno totalitario de los medios de comunicación, habrá que aplicar en el futuro una “solución de guerrilla” o una “guerrilla semiótica” según explica Humberto Eco, en el siguiente párrafo:
“Es preciso ocupar, en cualquier lugar del mundo, la primera silla, ante cualquier aparato de televisión y, naturalmente, la silla de líder de grupo ante cada pantalla cinematográfica, cada transistor, cada página de periódico. Se si prefiere una formulación menos paradójica, la batalla por la supervivencia del hombre, como ser responsable, en la Era de la Comunicación, no se gana en el lugar de donde parte la comunicación sino en el lugar a donde llega”.
Si los medios no son el centro del universo comunicativo, si no son el cuarto poder del Estado, entonces ¿qué son?. Miremos el suigéneris y muy particular caso de Ecuador. No hay que ser tan ingenuos, como para creer que los medios de comunicación nacionales cumplen su fin social por puro altruismo, por ser la “voz de los que no tienen voz”; son primero y fundamentalmente empresas, según el modelo neoliberal de la comunicación, que se dedican a un negocio a todas luces lícito, cuyo primer objetivo es el lucro, garantizadas en el Artículo 81 de la Constitución de 1988, Sección Décima, De la comunicación:
“El Estado garantizará el derecho a acceder a fuentes de información; a buscar, recibir, conocer y difundir información objetiva, veraz, plural, oportuna y sin censura previa, de los acontecimientos de interés general, que preserve los valores de la comunidad, especialmente por parte de periodistas y comunicadores sociales.
Así mismo, garantizará la cláusula de conciencia y el derecho al secreto profesional de los periodistas y comunicadores sociales o de quienes emiten opiniones formales como colaboradores de los medios de comunicación.
No existirá reserva con respecto de informaciones que reposen en los archivos públicos, excepto de los documentos de los que tal reserva sea exigida por otras causas establecidas en la ley.
Los medios de comunicación social deberán participar en los procesos educativos, de promoción cultural y preservación de valores éticos. La Ley establecerá los alcances y las limitaciones de su participación.
Se prohíbe la publicidad que por cualquier medio o modo promueva la violencia, el racismo, el sexismo, a intolerancia religiosa o política y cuando afecte a la dignidad del ser humano”.
Un texto extenso, garantista y reglamentario, tanto que por sí solo ya parece una ley, demasiado extenso para una constitución, como si los asambleístas hubieran tenido la intención de agotar la comunicación de una sola vez. Sin embargo, letra muerta, porque ¿qué pasa cuando los medios de comunicación se ponen al servicio de la plutocracia?. Pues la verdad es que nunca fueron el cuarto poder del Estado, el control social, sino que siempre fueron la máxima expresión del poder real, de ese poder brutal y real, que abusa, asusta y manda. Y ejemplos, o anécdotas tenemos en los medios a millares surgir. Es en realidad ese poder que apuesta a todos los caballos corredores, que pone y quita presidentes, mediante campañas comunicacionales tranposas.
Por ejemplo, en el ámbito de la comunicación masiva, la televisión ecuatoriana le hizo un flaco favor a la tradición humanista de los medios, que aún conservan, un poquito los periódicos. Las radios son punto y aparte, intoxicadas por una programación sin contenido y “ligth” y no generalizo, es la realidad. Basta con hacer un rápido recuento de quienes son los dueños de los canales de televisión en este país, para conocer hasta que puntos están, estos medios, relacionados con los grupos de poder y con la banca privada responsable de la debacle financiera nacional de 1999, que forzó la dolarización, cuando ya no había más que robar. Los medios que entran a nuestros hogares a través de una cajita boba, con pantalla, fueron los padrinos de “la revancha de las oligarquías”, como sentenció el diputado René Mauge Mosquera.
Por eso insisto, que medios como la televisión nacional, no son el cuarto poder del Estado, son el poder, que no desea hacer contraloría social, sino más bien han cumplido un papel de cómplices, siendo el instrumento del gran poder privado, de la plutocracia corrupta y corruptora. Para muestra basta un botón, el juicio político al Suoerintendente de Bancos Juan Falconí Puig, en el año 2000, de mediática notoriedad, en vivo y en directo, con los canales de la costa enfrentados en competencia a los canales de la sierra, para ver quien defendía mejor, mediáticamente, los intereses de los grupos de banqueros de un bando o del otro. Falconí Puig, nombrado como Superintendente por el presidente Gustavo Noboa, que con la venia de las Fuerzas Armadas reemplazó a Yamil Mahuad. Falconí durante su gestión, encabezó la pesquisa sobre la crisis de Filanbanco y la gestión financiera de la entidad bajo la propiedad anterior de los hermanos William y Roberto Isaías Dassum. A los aliados de los hermanos Isaías en el Congreso esto no les agradó y decidieron enjuiciar al Superintendente.
Un segundo ejemplo fueron los histéricos llamados de los directores de noticias de los medios televisivos nacionales a “mantener el orden constituido”, evidente posición a favor de Yamil Mahuad, responsable del feriado bancario, cuando el 21 de enero de 2000, una asonada de militares, indígenas y políticos, puso fin al gobierno de los banqueros que habían robado la plata de los ciudadanos usando el poder del Estado. No apoyo las dictaduras, pero tampoco acepto la histeria racista de los que tienen miedo a que los indígenas lleguen algún día a administrar el estado y hagan escuchar su discurso, que obviamente no encaja con la doctrina del “interés nacional”, detrás de la cual están las corporaciones, las instituciones financieras, las élites empresariales. “la prensa, la radio, la televisión, ocupan una presencia en el contexto de las relaciones sociales, que muchas veces tiene más peso que el de las instituciones de la vida democrática”.
Agentes del desarrollo
¿Qué puede hacer el consumidor de productos mediáticos frente a toda esta manipualación?. No tragar la carnada, el anzuelo, el hilo y la caña completos. Porque el pez por su propia boca muere. Los medios no controlan totalmente al receptor y este, a su vez, puede obligarles a interactuar. Es el consumidor transformado en “guerrillero semiótico” como propone Humberto Eco; aquel que se resiste a ser globalizado, uniformado y se transforma en un perceptor, consciente de su identidad.
¿Cómo pueden los medios y los periodistas locales contribuir a esta guerrilla semiótica?. Convirtiéndose en un contrapeso de los medios nacionales, en agentes del desarrollo local sostenible, en oposición al centralismo. Refuerzo esta idea con la propuesta de Guadalupe Fierro de la CIESPAL:
“La forma en como percibimos nuestro tiempo y nuestro entorno ha cambiado. Hemos dejado de percibir a nuestro entorno como algo inmediato. ¿Qué es lo inmediato para nosotros ahora?. Madona, las dolencias del Papa, el conflicto del Medio Oriente, las frivolidades de Hollywood, los talibanes. Hemos alterado nuestra percepción. Pero esa alteración del tiempo y del espacio que vivimos tiene un efecto tremendamente nocivo para la propuesta de un desarrollo local sustentable. Los pueblos marginales del Ecuador, los indígenas, han logrado una autonomía total porque la primera cosa que ellos hicieron es identificarse. El problema de la identidad es esencial para una propuesta de desarrollo local sustentable. El momento en que nosotros entendamos que el desarrollo tiene que ser casa adentro, con nuestras propias fuerzas, con nuestras propias posibilidades y en función de nuestras necesidades, ese momento estaremos dando un paso adelante en una propuesta coherente de desarrollo”.
Apoyar el impulso del desarrollo local, con nuestras propias fuerzas y posibilidades, en función de nuestras necesidades, debe ser el papel de los medios locales. Antes que debatir si la prensa es el cuarto poder del Estado, una discusión bizantina y ajena a nuestra tradición periodística, los medios deberán enfocar su trabajo en la difusión de propuestas de desarrollo local coherentes y ese deberá ser su trabajo a futuro. Será una tarea coherente para comunicadoras y comunicadores, que hayan asumido una identidad y persigan el progreso de sus pueblos.
La herramienta de los medios locales debe ser el impulso del diálogo entre los actores del desarrollo, trabajar como formadores de identidad, ahora que el país a entrado en un proceso de autonomías, descentralización y desconcentración. La metáfora del Gran Hermano de George Orwell, de 1948, advertía que “nos movemos con casi mortal seguridad hacia una época de dictadura totalitaria, hacia una época en que la libertad de pensamiento será primero un pecado mortal y luego un concepto abstracto. El individuo pensante por sí mismo será suprimido”. Orwell, visionario de su tiempo, se anticipó a lo que iba a pasar los próximos años en los países del este de Europa. En el presente, con tantos medios de incomunicación, resbalamos sin freno a una segunda época de totalitarismo. Miles han sido condenados a migrar, porque si en tú país de origen no tienes dinero estás fuera del sistema, del estatus, del consumo, no eres nadie, no estás globalizado, ni puedes globalizarte; por habernos doblegado ante la economía de mercado sin beneficio de inventario. Es la revancha de las élites. El Golem, ese demonio que todo los destruye, ha llegado y decisión de cada uno de nosotros el combatirlo.
Si nuestro país quiere seguir con vida,
necesitamos una forma de pensar radicalmente nueva.
Albert Einstein

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