Esmeraldas es una aventura garantizada
Por Hernán Rodríguez Girón
ESMERALDAS, Ecuador (23/02/24).- Mi cuñado, Dalton Reyes Martínez, sacerdote de la congregación Siervos del Espíritu Santo, había residido en Colombia durante dos décadas. Por disposición de sus superiores, fue reasignado a una parroquia en los Estados Unidos. Con este motivo, viajó a Esmeraldas para despedirse de la familia, sin saber cuándo volvería a vernos.
Lorenita y yo decidimos aprovechar la ocasión para viajar a la llamada "ciudad verde" y pasar unos días con Dalton. Durante nuestra visita, lo llevaríamos de paseo al cantón Baños, famoso por sus aguas termales situadas al pie del majestuoso volcán Tungurahua.
Lo que no imaginábamos era que emprender un nuevo viaje a la ciudad natal de Lorenita garantizaría una verdadera aventura, debido a las inclemencias del clima y algunos problemas de salud inesperados. Nos acompañaba nuestro hijo menor, José, y estrenábamos nuestro nuevo automóvil GAC, que realizaría su primera prueba de resistencia en un recorrido de ida de 600 kilómetros, cruzando el país.
Partimos el viernes 23 de febrero de 2024, a las 08:15.
Como es habitual, la carretera Cuenca-Molleturo-Naranjal presentaba importantes daños, aunque seguía siendo transitable. La temperatura era de 15 grados, bajo un cielo parcialmente nublado. A las 08:55 cruzamos Tres Cruces y comenzamos el descenso hacia Molleturo, enfrentándonos a derrumbes, agua sobre la vía, neblina, piedras y grandes baches. En el kilómetro 54, debimos avanzar con cuidado por el paso alterno debido a la caída de rocas.
Desde el kilómetro 80 nos encontramos con árboles caídos en la vía, mayor humedad y hundimientos. En el kilómetro 91, la neblina espesa dificultaba la visibilidad, haciendo aún más complicado esquivar los hundimientos, las rocas y los derrumbes. Fue una situación tensa. Finalmente, llegamos a Tamarindo a las 10:00, para adentrarnos en la planicie de la costa. Hicimos nuestra primera parada en la gasolinera San José por 10 minutos. Luego, a las 10:30, cruzamos el peaje de Puerto Inca, donde pagamos un dólar. Hasta ese momento, habíamos recorrido 2 horas y 15 minutos desde nuestra salida de Cuenca.
Un detalle fascinante del viaje fue observar los cambios de vegetación al atravesar diferentes pisos altitudinales: desde el pajonal andino hasta la vegetación semitropical y el verdor del trópico. Sin embargo, un contraste llamativo fue la calidad de las vías: mientras que la carretera de acceso a la Sierra era peligrosa y mal mantenida, la vía Guayaquil-Machala en la costa destacaba por su infraestructura moderna, de cuatro carriles, con concesiones privadas, buena señalización y mantenimiento.
Pero lo peor estaba por venir. Algunos kilómetros más adelante, al pasar por el peaje de Milagro a las 10:00 (otro dólar), comenzamos a notar los nombres de moteles en la zona, como el primero que vimos: el Belagio. Cruzamos el paso lateral de Milagro a las 11:10 y, poco después, a las 11:18, una intensa lluvia comenzó cerca de Yaguachi. A pesar de las buenas condiciones de las vías, que permitían mantener una velocidad de crucero de 100 km/h, la lluvia presagiaba lo complicado que sería el trayecto.
Nuestra segunda parada fue en la gasolinera “Tres Postes” a las 11:30. Desde allí, enfrentamos 12,5 kilómetros de incertidumbre debido a la inundación del río Babahoyo, que superaba la altura de la carretera hasta en 65 cm. En algunos puntos, la vía E25 desaparecía bajo el agua. El primer tramo de 3 kilómetros fue desafiante, seguido de otro tramo inundado que logramos cruzar con la ayuda de dos personas que empujaron el auto. Finalmente, alcanzamos un pequeño tramo seco, solo para enfrentarnos a una nueva inundación de 6 kilómetros. El paso de camiones y autobuses generaba olas que movían nuestro auto como si fuera un bote.
Con la ayuda de David, Xavier y Juan, logramos avanzar. Ellos taponaron el escape del auto con una camiseta para evitar que el motor se mojara y nos ayudaron a “navegar” por el agua. Al ver a Lorenita, con su cabello rubio y ropa con palabras en inglés, uno de ellos susurró: “La patrona es gringa”. Les pagamos, muy agradecidos, 30 dólares por su ayuda. A ambos lados de la carretera, la inundación se extendía por unos 10 kilómetros. Finalmente, a las 12:30, cruzamos Babahoyo.
Por Hernán Rodríguez Girón
ESMERALDAS, Ecuador (23/02/24).- Mi cuñado, Dalton Reyes Martínez, sacerdote de la congregación Siervos del Espíritu Santo, había residido en Colombia durante dos décadas. Por disposición de sus superiores, fue reasignado a una parroquia en los Estados Unidos. Con este motivo, viajó a Esmeraldas para despedirse de la familia, sin saber cuándo volvería a vernos.
Lorenita y yo decidimos aprovechar la ocasión para viajar a la llamada "ciudad verde" y pasar unos días con Dalton. Durante nuestra visita, lo llevaríamos de paseo al cantón Baños, famoso por sus aguas termales situadas al pie del majestuoso volcán Tungurahua.
Lo que no imaginábamos era que emprender un nuevo viaje a la ciudad natal de Lorenita garantizaría una verdadera aventura, debido a las inclemencias del clima y algunos problemas de salud inesperados. Nos acompañaba nuestro hijo menor, José, y estrenábamos nuestro nuevo automóvil GAC, que realizaría su primera prueba de resistencia en un recorrido de ida de 600 kilómetros, cruzando el país.
Partimos el viernes 23 de febrero de 2024, a las 08:15.
Como es habitual, la carretera Cuenca-Molleturo-Naranjal presentaba importantes daños, aunque seguía siendo transitable. La temperatura era de 15 grados, bajo un cielo parcialmente nublado. A las 08:55 cruzamos Tres Cruces y comenzamos el descenso hacia Molleturo, enfrentándonos a derrumbes, agua sobre la vía, neblina, piedras y grandes baches. En el kilómetro 54, debimos avanzar con cuidado por el paso alterno debido a la caída de rocas.
Desde el kilómetro 80 nos encontramos con árboles caídos en la vía, mayor humedad y hundimientos. En el kilómetro 91, la neblina espesa dificultaba la visibilidad, haciendo aún más complicado esquivar los hundimientos, las rocas y los derrumbes. Fue una situación tensa. Finalmente, llegamos a Tamarindo a las 10:00, para adentrarnos en la planicie de la costa. Hicimos nuestra primera parada en la gasolinera San José por 10 minutos. Luego, a las 10:30, cruzamos el peaje de Puerto Inca, donde pagamos un dólar. Hasta ese momento, habíamos recorrido 2 horas y 15 minutos desde nuestra salida de Cuenca.
Un detalle fascinante del viaje fue observar los cambios de vegetación al atravesar diferentes pisos altitudinales: desde el pajonal andino hasta la vegetación semitropical y el verdor del trópico. Sin embargo, un contraste llamativo fue la calidad de las vías: mientras que la carretera de acceso a la Sierra era peligrosa y mal mantenida, la vía Guayaquil-Machala en la costa destacaba por su infraestructura moderna, de cuatro carriles, con concesiones privadas, buena señalización y mantenimiento.
Pero lo peor estaba por venir. Algunos kilómetros más adelante, al pasar por el peaje de Milagro a las 10:00 (otro dólar), comenzamos a notar los nombres de moteles en la zona, como el primero que vimos: el Belagio. Cruzamos el paso lateral de Milagro a las 11:10 y, poco después, a las 11:18, una intensa lluvia comenzó cerca de Yaguachi. A pesar de las buenas condiciones de las vías, que permitían mantener una velocidad de crucero de 100 km/h, la lluvia presagiaba lo complicado que sería el trayecto.
Nuestra segunda parada fue en la gasolinera “Tres Postes” a las 11:30. Desde allí, enfrentamos 12,5 kilómetros de incertidumbre debido a la inundación del río Babahoyo, que superaba la altura de la carretera hasta en 65 cm. En algunos puntos, la vía E25 desaparecía bajo el agua. El primer tramo de 3 kilómetros fue desafiante, seguido de otro tramo inundado que logramos cruzar con la ayuda de dos personas que empujaron el auto. Finalmente, alcanzamos un pequeño tramo seco, solo para enfrentarnos a una nueva inundación de 6 kilómetros. El paso de camiones y autobuses generaba olas que movían nuestro auto como si fuera un bote.
Con la ayuda de David, Xavier y Juan, logramos avanzar. Ellos taponaron el escape del auto con una camiseta para evitar que el motor se mojara y nos ayudaron a “navegar” por el agua. Al ver a Lorenita, con su cabello rubio y ropa con palabras en inglés, uno de ellos susurró: “La patrona es gringa”. Les pagamos, muy agradecidos, 30 dólares por su ayuda. A ambos lados de la carretera, la inundación se extendía por unos 10 kilómetros. Finalmente, a las 12:30, cruzamos Babahoyo.
En el trasvase, cerca de Vinces, nos encontramos con una nueva interrupción: un accidente de tránsito. Un camión volcado y otro accidentado, que había perdido el tren delantero, causaron un kilómetro de autos detenidos. La carga de víveres estaba regada en la carretera. En el tramo de la represa Daule-Peripa, enormes extensiones de maíz a ambos lados. Al entrar a Ventanas a las 13:31, vemos el letrero del motel Palmeras Verdes, seguido del motel California. A las 14:20, el paso lateral de Quevedo, conocido por noticias de asaltos, lo rebasamos a 140 km/h, infringiendo el límite de velocidad de 90 km/h y ganándonos una multa. En el camino, vimos otro motel, el Cinco Latin Express. Pasamos Buena Fe a las 14:36, junto a los moteles Casa del Cielo, Las Palmitas y Rumores.
A las 15:25, llegamos a Santo Domingo, tras 8 horas de viaje desde Cuenca, nuestro último punto de descanso antes de Esmeraldas. Aunque un poco tarde, almorzamos en el restaurante Home Saman. Lorenita y yo disfrutamos de sendos platos de pescado apanado con patacones, arroz y ensalada, mientras que José optó por una pierna de gallina en seco, acompañada de arroz y yuca. Pagamos 26 dólares en total. Continuamos el trayecto, pasando por moteles como Amore Mio, Aros y Empire. Entramos a La Concordia a las 17:33 y, en Quinindé, vimos el motel La Pasión y el motel Luna de Miel. Aquí terminaba la autopista Santo Domingo-Quinindé, dando paso a la vía Quinindé-Esmeraldas, un inseguro estropicio lleno de huecos y sin iluminación.
Desde el control policial de La Marujita, comenzó un desfile de nombres curiosos: Zapotal, Los Naranjos, El Mirador, El Vergel, San Carlos de Chura, Chucaple, Cube, El Roto, Palma Real, Viche, San Mateo, Majua, Tabuche, Chinca, Tahigue, Chigue, Timbre y, finalmente, San Mateo a las 19:26. Llegamos a Esmeraldas a las 19:40 y a Tonsupa a las 19:52. Estacionamos frente al conjunto habitacional donde se encuentra la residencia de Boris y bajamos a caminar por la playa. La violencia sigue siendo un problema en Esmeraldas, con asesinatos al estilo sicariato que continúan ocurriendo.
El sábado 24 de febrero, a las 11:00, Boris nos llevó a Esmeraldas.
Al Parque Infantil, cerca de su casa, en la calle Colón. A mitad de cuadra, en un segundo piso, encontramos un restaurante típico. Allí desayunamos: José pidió medio bolón con queso, yo un encebollado y Lorenita y Boris optaron por un plato de fritada cada uno.
Después del desayuno, llevamos a Lorenita a un laboratorio para hacerse una prueba de COVID debido a que se sentía congestionada; afortunadamente, el resultado fue negativo. La prueba tuvo un costo de USD 20.
En la tarde, a las 15:00, almorzamos: Lorenita pidió un ceviche de concha, mientras que yo disfruté de un ceviche mixto, ambos por USD 20. Más tarde, José y yo compramos zapatillas a USD 10 el par y también pantalonetas. Por la noche, a Lorenita se le antojó un filete de carne, así que paramos en Pichos Restaurante, en Tonsupa. José pidió un plato completo que incluía filete de carne con arroz, menestra y ensalada, aunque evitó la menestra por los gases que podría provocarle, dada su reciente recuperación de una resección intestinal, perforación de intestino y peritonitis en agosto de 2023. Con Lorenita compartimos otro filete, acompañados de dos colas y agua, por USD 19.50. El viernes por la noche habíamos salido con Boris a la tienda para comprar huevos, leche, agua y una cerveza, justo cuando empezó a llover.
A las 17:30 del sábado, asistimos a una misa en la iglesia San José Obrero, junto a Dalton. La ceremonia fue muy espiritual y duró unos 45 minutos. Más tarde, José comenzó a sentir dolor abdominal, por lo que se puso a caminar para ver si el malestar disminuía.
El domingo descansamos.
Agotados por el viaje. Nos despertamos tarde y fuimos a desayunar al restaurante Caramba, de Doña Acacia Mojarrango de Oviedo, frente a la playa de Tonsupa. José repitió su elección de bolón con queso, mientras que Lorenita y yo pedimos tigrillo. Pasamos el día conversando, tomándonos fotos en la playa y disfrutando de la piscina en el departamento de Boris hasta las 16:00. Luego, toda la familia —la de Boris, Sven e Irasema, y la nuestra— fue al restaurante Mar del Sur, al pie de un enorme edificio de apartamentos. José pidió pollo apanado, mientras nosotros disfrutamos de ensumacados con cerveza.
Más tarde, visitamos a Renato para dejarle una funda de pan y una mochila, y regresamos a Tonsupa. Allí encontramos a las familias Jijón, Giler y Reyes reunidas en el departamento de Boris. A las 22:15, ocurrió un accidente: tres policías borrachos, en una camioneta blanca, chocaron contra un poste de alumbrado público, dejando a todo el sector sin luz ni agua durante la noche. El lunes 26 de febrero, los técnicos de la Empresa Eléctrica de Esmeraldas llegaron temprano a reparar los daños. Mientras tanto, Dalton y Boris fueron a buscar sus documentos personales en la casa de Tonsupa, y nosotros aprovechamos para visitar la casa de Isaurita en Esmeraldas.
Al mediodía, comimos en una chifa con Tanyi y Boris. José pidió pollo con arroz, mientras Lorenita y yo compartimos un mixto. Tanyi optó por arroz con pollo, y el dueño nos regaló un plato de wantán y una jarra de jugo de limón con maracuyá. Por la tarde, fuimos nuevamente a misa con Dalton y después visitamos a Elianita en Tachina. Allí, José disfrutó de otro bolón, esta vez acompañado de yuca, caldo con maní, chanco y carne.
Conocí al nuevo enamorado de Elianita, Paúl, un lojano apasionado por el ajedrez. Jugamos una partida y me venció con una estrategia magistral. Conversamos hasta las 23:00, cuando nos despedimos, ya que Tanyi debía viajar a Quito para una competencia de natación. Sin embargo, olvidó sus camisetas de competencia en el carro, y Boris tuvo que regresar desde San Mateo al terminal a medianoche para entregárselas. Nosotros, con Dalton, volvimos a Tonsupa a descansar.
Un día más: martes 27 de febrero de 2024
A las 08:30 salimos a visitar al tío Jorge. Al llegar a su casa, nos recibió Isabel, su hija y prima afroecuatoriana de Lorenita. Luego, fuimos a la casa de Solange, la hija mayor de Jorge, en Súa. Allí tuvimos una conversación relajada con el tío.
Continuamos nuestro viaje por la costa hacia el Peñón del Suicida, disfrutando de la hermosa vista panorámica de Atacames y Súa. Nos tomamos algunas fotos y bajamos por la vía del acantilado hasta llegar a Same, donde entramos en Casa Blanca y caminamos hacia la playa.
Decidimos almorzar frente al mar en una cabañita. Lorenita y yo comimos filete de pescado acompañado de cerveza y jugo de naranja, mientras José optó por filete de pollo con arroz y jugo de limón.
Por la tarde, regresamos a Tonsupa para refrescarnos en la piscina y jugar con José Daniel, el nieto de Irasema y Sven. Luego, nos preparamos para visitar a Renato y Jacqueline.
En Esmeraldas, asistimos a misa a las 17:30, ya que Renato no quiso salir del templo. Más tarde, recogimos a Jacqueline en casa de una amiga y nos dirigimos al restaurante “Wings and Burger” en Tonsupa, donde celebramos su cumpleaños. José comió una hamburguesa, Lorenita una picada y yo un chori pan.
La celebración terminó en casa de Boris con torta helada y pastel. José se comió dos pedazos y le cantamos el “Happy Birthday” a Jacqueline. Sin embargo, José comenzó a sentirse mal con dolor intestinal, lo que fue un anticipo de los eventos del día siguiente.
La segunda etapa: miércoles 28 de febrero de 2024
A las 06:30 nos despedimos de Boris, quien expresó su tristeza de pasar otro año más solo en Esmeraldas. En el camino, nos encontramos con Andrés y, más tarde, nos detuvimos en Quinindé debido a un trancón causado por una plataforma de madera averiada.
En Quinindé desayunamos en un pequeño comedor llamado “El Viajero”. Andrés sugirió continuar hacia la sierra por Puerto Quito, pero José comenzó a sentirse peor y Dalton enfrentó problemas con sus documentos mojados.
Llegamos a Quito a las 14:00, directo a casa de Glenda, donde nos esperaban con el almuerzo. Sin embargo, José empeoró, mostrando síntomas graves como vómitos y pérdida de presión.
Fuimos a la clínica Pasteur, donde confirmaron que José había perdido peso y tenía COVID positivo. Aunque pasó lo peor, la situación alteró nuestros planes de viaje.
La despedida: jueves 29 de febrero de 2024
Abandonamos el Airbnb y paseamos por Quito hasta mediodía. Ayudamos a Dalton a encontrar un hotel y nos despedimos de él con nostalgia, pues su misión sacerdotal en EE. UU. lo mantendrá lejos por varios años.
Última parada en Quito: rumbo al sur
Nuestra última parada en Quito fue en una gasolinera para llenar el tanque. A las 13:28 partimos hacia el sur por la Simón Bolívar. Siempre he tenido la sensación de que el centro y el norte de la sierra ecuatoriana son como otro país: las vías están en perfecto estado, rectas, con hasta seis carriles, concesionadas, con peajes eficientes y ahora hasta telepeajes. Esto hace que viajar con comodidad sea posible, al menos hasta Riobamba e incluso las cercanías de Alausí.
Hicimos nuestro primer alto en Salcedo para disfrutar de unos helados de ayuyas. Aunque no era necesario, decidimos desviarnos de la autopista para conocer Latacunga. Nos pareció una ciudad despersonalizada, con muchas construcciones de bloque. Solo el parque central y su iglesia matriz mostraron algo de encanto. Perdimos tiempo valioso en este desvío.
Cuando llegamos a Ambato, tomamos el paso lateral y en pocos minutos seguimos rumbo a Riobamba. En Mocha paramos a almorzar en el restaurante típico María Dioccelina. José, cuidando su sistema digestivo tras su delicada situación en 2023, tomó solo un caldito de pollo. Nosotros probamos una fritada, aunque no fue de buena calidad.
En Riobamba tomamos el paso lateral hacia Colta. Una última parada en una gasolinera a la salida sur de Riobamba marcó el inicio del tramo final: hasta Palmira fue expedito, pero de ahí en adelante, un verdadero calvario.
Alausí y su tragedia
El deslizamiento de tierra en Alausí, ocurrido el 26 de marzo de 2023, fue devastador. Intensas lluvias sepultaron barrios enteros, dejando al menos 65 fallecidos, decenas de desaparecidos y cientos de afectados. La carretera E35 quedó destruida en el kilómetro 294.
Un año después, los propios habitantes rehabilitaron una vía provisional por el tramo Pueblo Viejo-Alausí. Transitar por allí en la noche fue aterrador: una bajada de tierra oscura como boca de lobo, mojada, enlodada, resbalosa, con camiones, motos y tráileres circulando. Para aliviar la tensión, José comenzó a conversar con nosotros, haciendo preguntas sobre nuestras vidas, trabajos y estudios. Fue un alivio en medio del miedo.
Antes de ingresar a la vía, la comunidad cobraba un dólar por vehículo. El trayecto de apenas 2.1 kilómetros fue de lo más aterrador que hemos vivido: lluvia intensa, neblina que reducía la visibilidad a un metro, un tramo que tomamos 45 minutos en cruzar. No pudimos ver el lugar de la tragedia debido a la oscuridad, pero no hacía falta.
El camino peligroso continuó desde Alausí hacia Chunchi y Zhud, una carretera en mal estado, con riesgos de asaltos. Esto confirmó mi percepción: habíamos salido del Ecuador del norte y entrado a otro país.
El retorno peligroso
Neblina y lluvia nos acompañaron hasta Cuenca. Llegamos sanos y salvos, aunque el trayecto fue complicado. Unos meses después, los alauseños lograron rehabilitar el trayecto normal de la E35 con sus propios recursos, pero colocaron una nueva tranca para cobrar un dólar por cada vehículo que pasa. Hasta ahora, ni el Ministerio de Obras Públicas ni el Gobierno Nacional han dado una solución a esta vía.
Final del viaje
A las 23:00 llegamos a casa en Cuenca, cerrando un viaje lleno de aventuras y sustos. Completamos 1.881 kilómetros en total. Para redondear esta historia, el domingo 3 de marzo de 2024 recibimos una llamada de la familia: a Dalton, en Quito, le habían robado su celular.




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