Hatunpamba: mujeres, barro, ollas…

 

Por Hernán Rodríguez

Publicado en Diario el Mercurio, el domingo 20 de abril de 1989, página Mundo Artesanal.

SAN MIGUEL DE POROTOS, Cañar, Ecuador (20/04/89).- El barro de una plaza, las manos de mujeres campesinas, un trabajo de días, de meses, de años, esforzado y duro. De estos elementos están formadas las ollas, las artesanías, de Hatunpamba, la “llanura grande”, un caserío de la parroquia San Miguel de Porotos, provincia del Cañar. Sus mujeres se dedican a moldear el barro para producir ollas y recipientes.

Piedra angular del sustento familiar en este caserío es esta actividad, realizada exclusivamente por mujeres, pues los hombres toman la decisión de migrar, se marchan a otras tierras, a veces distantes, en busca de mejores oportunidades laborales, para remendar la economía familiar.

Desde la Panamericana, al norte de Cuenca, antes de llegar a Azogues, se toma un desvío, un sendero que sube serpenteante, hasta casi los 3.000 msnm, indica una publicación de la Fundación Paul Rivet, “Hatunpamba, las alfareras”. Es una localidad con 2.500 habitantes, con un porcentaje de migración masculina de hasta el 51%, que sale principalmente a Cuenca, la costa ecuatoriana y los Estados Unidos.

La población cuenta con luz eléctrica y agua entubada. Dos turnos diarios de bus conectan Hatunpamba con Azogues, pasando por un centro de salud, el seguro campesino y la iglesia. Aparte de la alfarería, la población se dedica a la agricultura de auto abastecimiento, a tejer sombreros de paja toquilla y textiles.

Carmen Morocho, con esa extraordinaria sencillez de las gentes apegadas a la tierra, cuenta a su modo como se prepara el barro hasta hacerlo parir un cántaro, una tinaja, una olla, una cazuela. “Primero, se recoge el barro. De ahí, se huequea, se apoya mano derecha para adentro y se va trabajando por fuera. Sobre la olla en que se trabaja, se pone arena, para que el barro no se pegue. Según el barro que se use, se hace una olla grande, o una chica, siempre dándole vueltas al barro. Si es pieza chica el acabado va ligero, si es grande es demorado. Cuando son piezas chiquitas, se hacen rápido 60, 80, 100 piezas, lo que se alcance. Se usa cuero de zapatos para hacer adornos y golpeadores, que en quichua se llaman “huactanas”, para golpear las ollas. Para quienes observan por primera vez el trabajo de esta artesanía, puede parecerles un trabajo fácil, pero es el fruto de años de experiencia, porque el aprendizaje comienza en la más tierna infancia y en la edad madura, entrega a estas mujeres la maestría en el modelado del barro.

María Juana Bermejo es otra mujer, barro, olla. Maltratada por los compradores, la mayoría de las veces consigue muy poco dinero con la venta de sus ollas, apenas le alcanza para sobrevivir. “Muy poco dinero, no quieren pagar, dicen que para que tanto si no más es coger barro y hacer. No quieren llevar, se van bravas, porque dicen que estamos vendiendo a mucho precio. Que tenemos que rebajar el precio. Asostan, se van asostadas”. Y sin embargo, lleva ya más de 40 años en este trabajo. Aprendió el oficio de su tía, porque no tenía mamita. Al año dos meses se quedó huérfana. “No recuerdo nada de lo que haya tenido mamita”. Aprendió a los 8 años, pero no solo ollitas, también agricultura: sembrar, deshierbar y a “sepequiar”.

El barro en Hatunpamba se extrae de la plaza central, porque así lo ordenaron los abuelos “para que la comunidad sea para siempre, para que todo renazca. Pero ya el material se va agotando, ya no hay nada. En los alrededores de Hatunpamba había lomas, ahora ya no hay nada, entraron las máquinas y lo destruyeron todo, haciendo explanadas, para que todo sea plano no más. Ahora solo queda una loma, pero esa también la quieren botar. El presidente de la comunidad quiere meter más máquina y tumbar de una vez la única loma que queda. Nosotros queremos defenderla”.

La elaboración de una olla toma tres días, si es una pieza grande. El tiempo de trabajo depende del tamaño del objeto. Las ollas pequeñas se hacen en poco tiempo, como torteros, ollas pequeñitas, pero siempre necesitan de una “tinaja” para dar las vueltas y hacer crecer el barro con las manos. El producto del trabajo de las olleras se vende en Cuenca, Azogues, Cañar, Ricaurte, Déleg y a veces van hasta Cumbe. “Me voy cogiendo carrera hasta Combe, para poder vender las ollas y ayudarme para la vida”, explica Juana y que es experta en hacer “cazuelas, tortejas, tinacas y cantarillas”.

Sobre el costo de sus ollas, explica que en las ciudades y parroquias le pagan “muy poco”, porque para los ciudadanos o parroquianos “es coger barro y hacer nomás. Las patronas no quieren llevar, salen bravas, que vedemos a mucho precio, que tenemos que rebajar, se asostan, se van asostadas. Dicen que nosotros ponemos en máquinas y hacemos nomás. Pero no hacemos con máquina, solo la mano trabaja, tenemos que pisar el barro hasta que quede bonito, planito. Entonces, con una estera o plástico hacemos banca grande y bolitas chiquitas, según las tinajas que se vayan ha hacer. Con golpeador hacemos”.

Un trabajo que es herencia milenaria, ancestral, despreciado cientos de veces por la gente de la ciudad, poco apreciado, esa misma gente que no escatima dinero para comprara un pantalón Levis, último modelo, sin rebajas, sin sustos.

Juana Bermejo sufre la tragedia social de ser “india”. Por su íntima comunión con la tierra de sus ancestros, de la que extrae trabajosamente el sustento diario, es explotada y marginada, tratada de menos. Huérfana desde muy temprana, ella cuenta algo de su vida. “Yo no tengo mamita, nada, a la edad de 1 año 2 meses quedé huérfana. La vida es muy difícil, muy dura en Hatunpamba, hay que trabajar duro”. Sin embargo, esta dura condición, no le impedido el intentar ser feliz. Tiene dos hijas que se dedican a su mismo oficio y una nieta, porque “así decidimos trabajar todo ese ojuicio”. En su casa no hay luz, pero los que “tienen posibilidades si la tienen. Vivo al último, en el cerro, allá llega agua en tubo. Cuando estaba parando casita, había que poner 8 mil sucres para tener luz, como no tenía, no pude instalar la luz”.

Una parte del sustento diario de su familia proviene de la agricultura porque siembre maíz, habas, fréjol y cría animales, una vaca, puercos. “Además de esto, no tenemos nada más”.

Los hombres de Hatunpamba, empujados por la necesidad, migran y se van a trabajar en Cuenca o la costa, a veces por dos años, a veces más, a veces para siempre o casi siempre, muy muy lejos, a una tierra de espejismos de riqueza, a una tierra de esclavitud, la esclavitud de un sueño. Llevan en sus almas la firme esperanza de buscar mejores días para ellos, para sus familias. Se van de Hatunpamba y de otras comunidades hermanas, que comparten la hermosura de ser comunidades habitadas solo por mujeres, que viven la tragedia del abandono y el olvido. “¡Sí!, solo mujeres somos, así ha sido desde tiempo antes y ahora estamos quedando así, ya. Así debemos ayudar a cuidar animalitos, la casita, atendemos a los recién nacidos, los guagüitos”.

Golpear con huactanas: antigua técnica cañari

La “llanura grande” es habitada por 167 familias, de las que se van los hombres jóvenes a otros lugares, al cumplir los 17 años. Por eso la producción alfarera es una actividad exclusiva de mujeres. Ellas utilizan solo sus manos para hacer sus ollas, apoyadas por las “huactanas”, milenaria técnica cañari, única en el sector.

La huactana es una herramienta que distingue a la alfarería de Hatunpamba. Consiste en dos “martillos” de arcilla cocida. El un martillo es convexo y su utiliza para golpear desde adentro de la olla, dando forma a la pared. El otro es plano o cóncavo, sirve para los contragolpes por fuera, explica un texto de la Fundación Paul Rivet. Durante abril de 1989, la Fundación presentó una exposición del trabajo de las mujeres de “llano grande”, en el Museo de Arte Moderno de Cuenca. Se plantean los problemas de esa comunidad cañari, la deforestación, la migración masculina, el proceso de trabajo de las mujeres olleras, la cadena de comercio. Apoyan este proceso de conciencia Lena Sjoman y Marcela Carrasco, solidarias con las mujeres de Hatunpamba. Shorshán, Olleros, San Miguel, Hatunpamba, son comunidades necesitadas de apoyo. Hay que apreciar el trabajo de las mujeres solas olleras de San Miguel de Porotos y otras artesanías como el sombrero de paja toquilla, que no es el “Pánama Hat”, el sombrero es ecuatoriano hecho en Cañar.




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