Mina artesanal "Las Tres Chorreras” es el descenso al Uku Pacha
Por Hernán Rodríguez Girón y Edwin Peña E.
Publicado en Diario El Mercurio, el martes 25 de julio de 1989, página 5B, Reportaje
PUCARA, Ecuador (25/07/89).- Las Tres Chorreras parece un lugar completamente alejado de la civilización, en el fin del mundo, o una especie de “no man´s land” o tierra de nadie. Muy cerquita de Pucara, apenas a una hora en carro y algunos minutos a pie, pero por un camino difícil de transitar. Quien visite el sector se le ocurrirá su propio calificativo, porque la visión es dantesca, decenas de campamentos ilegales para la explotación artesanal del oro, repartidos por la geografía montañosa hasta donde la vista alcanza.
Si llegar a Pucara es una odisea, avanzar hasta la concesión minera es toda una aventura, que comienza en el cantón a 3.000 msnm. Los ciudadanos insistían en que era necesario conocer “Las Tres Chorreras” para palpar otra realidad, lejos de los centros urbanos donde no se tiene ni idea del dram que se vive. Son las minas de oro, que merecía la pena investigarlas, ser testigos oculares de lo ocurre en la cordillera occidental, al sur de Cuenca.
Un vehículo de la Municipalidad de Pucará condujo a Hernán Rodríguez, Edwin Peña, el fotógrafo local Wilson Barsallo, el fotógrafo cuencano Vicente Pintado y un chofer del CREA, durante una hora y media, a través del páramo en las alturas de del cantón, hasta el camino de entrada a la mina. De allí, a transitar por una trocha, hasta que se divisa una columna de humo que asciende desde el fondo de una profunda quebrada. El viento era intenso haciendo más molestoso el frío y es en estad condiciones infrahumanas que jóvenes mineros se dedican a buscar y extraer de las profundidades de las montañas el precioso metal, el oro, por necesidad o por malsana ambición.
“¿Van pa´ la mina?”, nos pregunta un minero inquisidor, mientras se ocupa ayudado por varios de sus compañeros, en cargar un caballo con varios cartones de dinamita. Le respondemos con sí y el volteó, ignorándonos, para continuar con su tarea, mientras mascullaba “¡vayan!, ¡vayan!”. Si se hubiera podido interpretar el gesto, que estaba advirtiendo sobre lo extremadamente duro que es llegar hasta allá. El descenso hasta el fondo de la quebrada lo lideraba Wilson Barzallo, que a pesar de “no estar en forma”, tanto la bajada como la subida lo hizo como si fuera un experimentado montañista. Intentando seguirle el paso iban Hernán Rodríguez y Edwin Peña, como no queriendo quedarse muy atrás, pero el esfuerzo resultaba por la altura y las condiciones del clima. Cerrando la columna estaba Vicente Pintado y un chofer del CREA.
Luego de hora y media de caminata el destino estaba por fin a la vista. Un momento de descanso y se escuchan fuertes detonaciones, la tierra tiembla bajo los pies. “Están dinamitando los socavones”, explica Wilson, son explosiones al interior de los túneles para extraer material para las chancadoras.
Asoma la primera chancadora o trituradora, que es una máquina diseñada para procesar y disminuir el tamaño de las rocas. Pero esta está detenida, porque a su alrededor los mineros están concentrados en lavar oro. Algo totalmente nuevo a para los ciudadanos que llegaban por primera vez a Las Tres Chorrerras, para contar algo nunca antes contado.
La principal contradicción de esta actividad es que el oro que se obtiene es de excelente valor en el mercado, pero las condiciones de vida en esta mina ilegal y artesanal es extremadamente cara, con una cola a un costo de 400 sucres. Cercan de 1.000 personas “están empleadas”, por llamar eufemísticamente a la esclavitud moderna, la mayor parte jóvenes entre hombres y mujeres. Hay dos restaurantes “comegato”. Una improvisada urbanización, sin orden de ningún tipo, unas casas en construcción, otras ya habitadas, hechas de madera obtenida en los bosques cercanos o traída desde Cuenca. Viejas y oxidadas planchas de zinc son los techos, protección contra las tormentas y el agua. El supuesto dispensario médico no cuenta con medicamentos. La casa mejor acondicionada es la de los compradores de oro. La gente de Las Tres Chorreras está olvida por Dios y por el Diablo. El panorama es en general muy triste.
Osacar Berrezueta, minero, hace un alto a sus labores pata con amibilidad y simpatía, explicar como es el proceso de obtención del oro:
“Se traslada el material de los socavones y los frontones hasta la chancadoras. Allí se la tritura y es depositada en unos canalones y se la filtra en unas cobijas, donde queda atrapado el oro. Luego se lo somete a un proceso de lavado, con abundante agua y va quedando una arenisca de color café. Se cumple otro proceso, que la plateonada y allí se va eliminando más arenilla. Se adhiere finalmente el mercurio al oro, para limpiarlo de impurezas y poder sacarlo. Finalmente hay un segundo proceso de lavado, también con abundante agua, para limpiar el oro del mercurio y evitar que se haga negro durante el quemado. Y así el mineral queda listo para su venta”.
La manera de obtener el precioso metal es rudimentaria, por decir lo menos, artesanal. Es por esta razón que hay mucho desperdicio, el 20% del material triturado y procesado es oro, entre el 70 y 80% es desperdicio. Pero aquello que no es apreciado en un primer momento, otros lo vuelven a triturar, ya que recogen el material de expulsado por los canalones, aguas abajo, en la rivera del río. A estos jornaleros se los conoce como “canaleros”, nombre que explica la actividad que cumplen, ya que mediante canales recogen la arena desperdiciada en el proceso inicial y la reprocesan, para conseguir más oro.
Con la idea bien explicada de como se proceso el oro, ahora el objetivo era conocer un socavón. Se escogió uno de los cientos que hay por todo el lugar. A la entrada del socavón, recostado sobre una pared, se hallaba un hombre de mediana edad, con las marcas en su rostro de las penurias de esta vida en la mina, donde trabaja junto a sus socios. Su tarea es la de “Janchador”:
“Cuando se abrieron las minas, la vida se volvió más cara. Antes era barata. Yo trabajo extrayendo material de un frontón, que es una ocupación arriesgada, pero qué puedo hacer. Se obtienen ganancias cuando uno tiene suerte. Toda la maquinaria que ustedes pueden ver y las herramientas que se usan para extraer el material son difíciles de traer hasta acá, porque todo se transporta a hombres de gentes y cuesta mucho. El costo de la vida aquí es mucho más elevado que en otros sitios. ¡No se!, talvez sea por lo que se está sacando. La energía eléctrica es de mala calidad. Se instaló una máquina, pero el fusible reventó, por las sobrecargas. Entonces, cuando eso pasa, la única ocupación que queda es la de janchador. Pese a todo, como janchador no se corre mucho riesgo. De unos bultitos de piedra, vueltos a triturar, se pueden obtener unos a veces unos 4 a 5 gramos de oro, depende de la suerte”.
Las personas que iban a ser los guías fueron escogidas. Encendieron las lámparas y entraron al vientre de la montaña. No faltaron las advertencias: ¿seguro que quieren entrar? fue la pregunta nerviosa, ¡cuidado se caigan!, ¡se van a ensuciar!, pero ya era muy tarde, todo estaba dispuesto, sobre todo el ánimo, aunque el susto estaba presente. Avazamos hacia la oscura profundidad, a unos 45 metros adentro de la tierra. Se comprueba la poca técnica y la experiencia en la extracción del oro, la carencia de maquinaria y del equipo de adecuado para proteger a los mineros y precautelar sus vidas. Lo que facilita la transmisión de enfermedades de todo tipo y riegos para la salud, como las enfermedades mentales. Una triste manera de ganarse la vida. Cuando estábamos en lo profundo, el túnel desembocaba en una caverna pobremente iluminada. Se escuchó una explosión al otro lado de la pared de roca. No se preocupen nos dicen, es otro frontón buscando extraer lo mismo que nosotros. A veces pasa que unos túneles se derriban sobre otros, sepultando personas y equipos.
Recuperarse de esta experiencia fue difícil. A lo lejos unos cuantos hombres caminaban cargando un bulto sobre los hombros. ¿Qué paso fue la interrogante? Y se aprieta el paso para averiguar que pasó. Era el cuerpo de Raúl Buestán, un joven minero de 22 años alcanzado por la explosión de un taco de dinamita cuando estaba adentro de un túnel. No calculó el tiempo para la explosión. El impacto le alcanzó en cara y piernas. Había llegado desde Pasaje en busca de mejores días y medios para la subsistencia de su familia, la suerte le dio la espalda.
Las minas de Pucara se llaman “Las Tres Chorreras”, “Bella Rica, “San Martín”, “Puculcay”, “San Jacinto de Iñay”, “Chupitranca” y “Bellarica”, todos estos nombres de lugares, algunos de ellos siniestros, están relacionados a empresas o sociedades tales como “Las Tres Chorreras”, “Los Humildes”, “Los Cedillos”, “Los Aventureros” y “Los Escarabajos”. Los jornaleros conocidos como “Los Escarabajos” son los que más profundo trabajan en las minas y en las partes más profundas o bajas de frontones y socavones, “dicen que con el tiempo nos van a bajar a todos”, como comentando que en algún momento toda la montaña se va a hundir. La principal preocupación de uno de los compradores de oro era que su imagen y su nombre se mantuvieran en el anonimato. Cuando se le dieron todas las garantías se quedó un poco más tranquilo. De nuestra parte, Edwin y yo nos creíamos merecedores de un buen reconocimiento por el esfuerzo realizado, pero oro ¡no ha de ser!.

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