Un paseo inolvidable a Loja realizado en familia

 

Por Hernán Rodríguez Girón

LOJA, Ecuador (29/03/24).- Una de las actividades recreativas más placenteras es viajar por turismo y si es en buena compañía, mejor. De los recuerdos más bonitos que tengo, de mi infancia y mi juventud, son los viajes que organizaba papá, por todo el país, para visitar a la familia y sin planificación, sino por el puro gusto de la aventura. Entonces de pronto, ya estábamos en Alausí o Riobamba, donde los Vallejo Rodríguez, en Quito donde los Rodríguez Yánez, en Guayaquil donde los Alvarado Luque. Se trataba solo de encender la camioneta Ford, unos buenos colchones en la paila, cobijas de tigre para aguantar los fríos de los páramos y a viajar con mamá, papá, hermanos y a veces con los amigos.

El viaje más grande y largo que recuerdo fue a Esmeraldas, con la familia Jaramillo Jaramillo, los Ramírez Jaramillo, los Sabo de Bolivia, apellido de origen húngaro que significa sabiduría, los Fajez de España y una amiga alemana, una blanca rubia y esbelta que se llamaba “Bárbara” y que con su nombre hacía tributo a sus atributos y nosotros los Rodríguez-Girón. Nos la pasamos bárbaro a orillas del mar, acampando en la playa, sin saber yo, con 9 añitos, que décadas después me iba a casar con una esmeraldeña.

Así es que, recordando aquellos fantásticos días, siempre me ha gustado viajar. Con nuestra familia, los Rodríguez Reyes, Lorenita, María Paz, José David y Hernán y los Rodríguez Cobos, Fabiola y Hernán, decidimos viajar a Loja, para Lorenita conozca la provincia ya que nunca había tenido la oportunidad de hacerlo. La región más al sur del Ecuador, frontera con el Perú, tiene atractivos turísticos únicos, como el Valle del Catamayo, el Santuario de la Virgen del Cisne, Vilcabamba o la misma ciudad de Loja, que está increíble. Además, es la puerta de entrada al Sur Oriente ecuatoriano, ya que Zamora se halla apenas a 1 hora al este.

Salimos muy temprano a Loja, a las 07:30 de la mañana, el viernes 29 de marzo de 2024, en dos vehículos, nuestro recién comprado modelo GAC, un chinito y el carro de Fabiola. La primera parada obligada es Oña, para desayunar a las 09:00 y después de 4:30 de viaje llegamos a la Centinela del Sur a las 12:00, transitando por la carretera E35, son 211 kilómetros. Lorenita expresa su felicidad al ver primera vez la ciudad, desde las alturas y la belleza del valle del Malacatos y el Zamora, asiento de Loja.

Nuestro primer atractivo a visitar fue el Parque Jipiro, con sus réplicas de edificios famosos de distintas partes del mundo, el paseo en trencito, la laguna con sus paseos en bote, los cisnes y los patos y las caminatas atravesando puentes muy pintorescos. El Parque es una experiencia divertida, como para olvidar todo por un momento y disfrutar. Luego a almorzar, para probar la típica cecina de Loja y sopa de alverjas tiernas con repe. Más tarde nos instalamos en el Airbnb que alquilamos para pasar dos noches en la ciudad, en la calle Andrés Bello, un coqueto lugar sobre una loma frente al Estadio Federativo Reina del Cisne, con un paisaje hermoso de la ciudad y sus montañas dominadas por el Parque Eólico sobre el cerro Villonaco. 

 

Por la noche, salimos a caminar por el centro de Loja. Entramos a la Catedral de Loja para rezar el Vía Crucis, ya que coincidimos con Viernes Santo. Allí adentro en una urna de cristal, exhibida una escultura de Cristo Crucificado muy hermosa y de tamaño real. Salimos a la calle a tomar unos heladitos. De regreso al Airbnb unas micheladas, Fabiola se pone a pintar y luego juegos de mesa hasta la medianoche. Bajamos a guardar el carro en el estacionamiento de Don Chayo.

La temperatura en Loja es de 18 grados, con cielo semi nublado y de tanto en tanto el sol. Un clima agradable. La carretera E35 se halla en mal estado entre Saraguro y Loja, con derrumbes y cuarteaduras en la vía de cemento muy peligrosas si no se está atento.

Para el segundo día, Sábado Santo 30 de marzo de 2024, nos levantamos a continuar la aventura a las 09:00. Desayunamos en el Airbnb y a las 10:00 salimos hacia el Santuario de la Virgen del Cisne, por la vía E35, Loja-Catacocha. A las 11:35 la primera parada es en el centro del cantón Catamayo, donde tomamos juguito de Naranja y visitamos la iglesia, que tiene un cuadro enorme del padre cuencano Julio Matovelle, lo que nos parece curioso. Luego unas fotos en el parque, frente a un colorido letrero que dice Catamayo. 

 

Retornamos a la carretera, para a la altura de San Pedro de la Bendita desviarnos hacia el Santuario. Ascendemos desde el Valle del Catamayo a 1260 msnm hasta los 2460 msnm, hasta la montaña donde está literalmente colgada la Basílica al borde de un barranco. El camino de ascenso de tercer orden, pero asfaltadito, va siguiendo el perfil de las montañas, por eso es muy culebrero o lleno de curvas. Se cubre la distancia de 21 kilómetros en unos 30 minutos, pero hoy que hay muy poca gente visitando el lugar. Más o menos cada kilómetro hay una estación del Rosario replicada en cemento, tanto de los misterios gozosos como de los dolorosos, así todo el camino hasta llegar al Cisne. Ya cerca de arribar, lo que más sorprende es ver como la iglesia con su enorme peso, así como el pueblo, están en el aire, aferradas a la pared montañosa como por arte de magia, con sus calles, sus casas y con todo su peso, que de inmediato hacen pensar al visitante en un milagro. Es una proeza de ingeniería popular, si es que se puede escribir así.

A las 13:00 llegamos al santuario. Como en todo sitio cristiano, los comercios con venta de todo tipo de artículos religiosos son lo que primero se ve. Una economía subterránea gravita en torno al lugar santo, e incluso la calle de entrada evita que se pueda ver la estructura, de tan atiborrada que está de comerciantes. Al terminar de bajar las escaleras, una plaza con más tiendas. Es una población con la típica distribución andina, un parque central y alrededor las casas, con hoteles y comercios. Te da la sensación que antes que la espiritualidad aquí prima el lucro, el negocio, como si Cristo mismo quisiera gritar “¡mi templo es para rezar y no una cueva de ladrones!”, pero todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida con el turismo religioso. Con Lorenita y mis hijos dentro del templo, primero rezamos el Santo Rosario y después nos ponemos a ver los detalles, como la Virgen colocada en una urna dorada y adentro cientos de billetes de dólar de todas las denominaciones, de 100, de 50, de 20, de 10, de 5, de 2, de 1 y monedas por miles. Es la manifestación externa del fervor religioso de los creyentes, que tiene su máxima manifestación todos los años en agosto con la Romería entre El Cisne, Catamayo y Loja. Hay también cientos de recuerdos y agradecimientos a la Virgen por los favores recibidos, sobre todo por haber permitido que muchos migrantes ilegales hayan podido llegar a los Estados Unidos. Se calcula que 5 millones de fieles se movilizan todos los años para adorar a la Virgen, estatua esculpida por el maestro Diego de Robles, el mismo artista que hizo la Virgen del Quinche.

La adoración a la Virgen está encargada a una Cofradía, la del Cisne, que tiene como tarea mantener vivo el milagro del 12 de octubre de 1594, fecha en la que la Madre de Dios mediante una manifestación divina, libro al sector de la sequía y la hambruna, prometiendo de allí en adelanta una vida de abundancia para todos los que creyeran en ella. Son ya 431 años de una devoción que se ha extendido por todo el Ecuador e incluso a nivel internacional. El templo del cisne es magnífico tanto en su interior como el exterior, con una gran plaza pública que sirve como mirador del Valle del Catamayo. El estilo de la Basílica es gótico y fue construida en 1930 por el padre lazarista Pedro Bruning, a imitación de Catedral de Guayaquil. Ante la visión de un sitio así, su monumentalidad, su belleza, el impacto social que causa, es imposible no estar conmovido y da pena emprender la bajada, porque El Cisne es un sitio único y mágico. Regresamos a las 15:00 y llegamos a Loja a las 17:00, para cerrar el día comiendo en una chifa y luego al Airbnb a jugar Monopolio hasta las 00:00.

El domingo 31 de marzo de 2024, salimos muy temprano hacia Vilcabamba. Dejamos arreglando el Airbnb y lo entregamos en las mismas condiciones en las que nos lo dieron. La carretera hacia el Valle de la Longevidad es una bajada estrecha y sinuosa, pero bien asfaltada, llena de verdor y emprendimientos turísticos, pintoresca. Pasamos Malacatos de vista, sin detenernos.

Al llegar a Vilcabamba, la primera impresión es que es una población de gringos y de jubilados, con puestos de artesanías por todas partes. Paseamos un rato por sus calles y Lorenita se compra un anillo de serpiente, diseño de un artesano colombiano. Visitamos la iglesia, rezamos en familia y después, al salir del templo, un lugareño nos recomienda probar el helado mixto, famoso en Vilcabamba. Es de dos sabores. Pero, pequeño pecado para un sitio tan turístico, no hay un buen restaurante. El principal atractivo de la parroquia es el cerro Mandango que tiene la forma de una cara y la palabra significa “dios acostado”, ya que los incas creían que la montaña había sido construida por gigantes. Toda la familia trató de encontrar el motivo de la longevidad de las gentes de Vilcabamba, peguntando preguntando, pero al final de nuestras indagaciones lo único que encontramos fue el río Vilcabamba, muy sucio, a pagado el precio del desarrollo turístico. Cuando el turismo crece sin respetar la cultura, lo que obtenemos al final es un desastre, sostenido por un mito, igual que en las Galápagos.

Decidimos almorzar en Loja unas cecinas y Adrián nos lleva a un restaurante en el centro. Finalmente salimos a Cuenca a las 15:00, Lorenita, María Paz y José David. Fabiola y Adrián se quedan paseando un poco más, querían visitar una cascada a pocos minutos de la ciudad. Nosotros en cambio estamos de vuelta en Cuenca las 19:00, concluyendo un paseo inolvidable en familia.


 

 

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