Cuenca 450 años: el deporte no podía faltar a la conmemoración

 

Por Hernán Rodríguez Girón.

Publicado en Diario El Mercurio, el jueves 12 de abril de 2007, página 4I, suplemento especial.

CUENCA, Ecuador (12/02/07).- En Cuenca, durante la colonia, se practicaron juegos para el esparcimiento. Escribo al filo de la hora de cierre, como si se tratara de los minutos finales de algún encuentro deportivo y tengo la urgencia de anotar, en su doble sentido: escribir notas y hacer un gol.

Defecto de la profesión, trabajar bajo el apremio del tiempo, en esta ocasión sobre unas breves reflexiones a cerca de estos 450 años de historia deportiva de Cuenca y un poco más atrás. Las personas que disfrutan del mundo actual tienden, debido al esquema cultural en el que viven, a pensar en el deporte como el espacio reservado a los atletas de alta competencia, que deslumbran con sus salarios de millones y una vida de glamour.

Siempre es necesario regresar a las fuentes, a los orígenes, a los ideales. Según explica Conrado Durántez, historiador del olimpismo moderno en un artículo para la Revista Olímpica del COI (2002), fue el filósofo Ortega y Gasset a mediados de 1947, quien desentraño el origen histórico del término deporte, que “nació del comportamiento de los marineros provenzales, que vacan o se hallan de holganza cuando descansan en un puerto”.

Deporte es “estar de portu”, pero no para vagar, sino para realizar cierto tipo de actividades en el puerto, que nada tienen que ver con el trabajo de marino. Durántez señala como diversión los interminables coloquios, los juegos deportivos de fuerza y destreza, dividiendo a la palabra que nos preocupa en dos, “deports” que era conversación y poesía y “solatz”, que representaba casa, cañar, justas, anillos y danzas.

Para todos

Entonces, el deporte es para todos. Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, marca su ideología así:

“Quisiera ver un lugar donde los concursos y los récords fuesen desterrados, pero donde cada adulto, en cualquier momento y según su conveniencia, pudiera sin riesgo de ser espiado o criticado, dedicarse gratuitamente a los ejercicios más simples: carreras, saltos, lanzamientos, gimnasia y practicar, por un precio razonables, el boxeo, recibir una lección de esgrima, montar a caballo en picadero o nadar en una piscina”.

Planteadas así las cosas, es justo inferir que el deporte no era patrimonio cultural de los españoles al llegar a las Indias Occidentales, ya que los pueblos aborígenes practicaban una serie de actividades físicas muy parecidas a los deportes actuales y que fueron consideradas por los conquistadores como “cosas del diablo”, en muchos casos aplastadas y reprimidas por la Iglesia o que se hibridaron con lo que los blancos importaron de Europa.

De norte a sur del continente, los aborígenes americanos practicaban tenis, atletismo, lucha, voliebol, beísbol, baloncesto, jockey, pruebas de fuerza y fútbol. A los Chibchas de Colombia les encantaba correr, tanto, que trotaban todos los domingos. También se divertían con el tejo, o “taurmienqué”. A los mayas de Yucatán y México les encantaba el baloncesto y a los pieles rojas de los Estados Unidos el tenis, con la excepción de que el derrotado podía perder la cabeza.

Precolombinos

Los esquimales o “inuits” aportaron con el kayak y las pulseadas, los indios del Canadá el “croce” parecido al jockey y llamado en su lengua nativa el “bagataway”. El jockey fue inventado por los iroqueses. En México, los hopi gustaban de las carreras de caballos y las caminatas largas, de más de 100 km en un solo día. Los ramamuris o taraumaras tenían la carrera de la bola y en ciertos pueblos se practicaba la “pelota encendida”, un ritual para recordar al sol, según los registros de la Federación Mexicana de Juegos y Deportes Autóctonos y Tradicionales.

Para mayas, aztecas y olmecas, los juegos de pelota eran muy importantes, tanto que 300 años AC ya practicaban el beísbol o “hachtli” y el baloncesto. Todos estos juegos terminaban siempre en sacrificios. Los aztecas también gustaban de los hombres voladores y, cuando los españoles vieron a los osados indios colgados de los pies a un poste, dando vueltas alrededor de él a gran altura, se asustaron condenando a los voladores como satánicos. El deporte aborigen estaba íntimamente ligado con la espiritualidad y el temor religioso, cada competencia resultaba en la lucha entre el bien y el mal.

Los incas inventaron las pruebas atléticas de fondo, con sus conocidísimos “chasquis”, deportistas y correos a la vez. Contaban con juegos similares al tenis y al badminton. Los matacos y los arahuacos del Paraguay tenían “la chueca” (jockey) y los palos con los que jugaban eran mágicos, con poder para curar enfermedades.

Frente a esta enorme diversidad ¿cómo reaccionaron los europeos?, o se podría preguntar ¿a que jugaban durante la colonia los habitantes de Cuenca fundada en 1557?. Algunas de esas manifestaciones persisten hasta hoy, siendo consideradas como expresiones auténticas de lo indígena cuando en realidad fueron enseñadas o, casi siempre, impuestas por los españoles. Caso concreto del Tucumán o las romerías, “deportes”, según la acepción original de “diversión” o “solatz”, que vinieron de la Península.

Violencia ritual

El juego del pucara o “chiaraje”, autóctono, en el que toda la comunidad participa de la violebcia ritual, es la institución del combate para reducir el nivel de conflictividad social, fue reprimido hasta la actualidad por las autoridades. Centenas de personas de comunidades rivales se caen a pedradas, corre abundante chicha y los niños y las mujeres participan, abasteciendo de piedras a los hombres adultos.

Los que ahora, en el presente, son considerados como juegos civilizados, durante la colonia estaban en estado latente, adormecidos y considerados como pecado. Los ibéricos trajeron lo suyo. Una buena pista de lo que jugaban los cuencanos en época colonial, la da Gaspar Melchor de Jovellanos en su “Memoria para el arreglo de la Policía de los espectáculos y diversiones públicas y sobre su origen en España”. Vale la pena indicar que la investigación histórica local sobre el tema deportes aún no inicia y es un rico filón para abordar desde otra perspectiva el largo período de dominación de los Reyes Católicos.

Jovellanos enlista como “diversiones”, “espectáculos” y “deportes”, los siguientes: caza, romerías, juegos escénicos, juegos privados, torneos, toros, saraos o bailes públicos, maestranzas, juegos de pelota, máscaras de Carnaval, diversiones ciudadanas, diversiones profanas, diversiones sagradas, cada una de estas con diversidad de versiones. Por ejemplo, la maestranza era un juego de la nobleza y se dividía en manejos, parejas, juegos de cañas, sortija, estafermo, cabezas, alcancías. Los juegos de pelota se dividían en bolas, bochas, tejuelos. También se cultivaban las corridas de caballos, gansos y gallos, las soldadescas y comparsas de moros y cristianos. Jovellanos recomendaba cultivar y rescatar estos juegos, para sacar a los pueblos pequeños de la tristeza, ya que el ocio y el esparcimiento estaban reservados a los nobles.

En América se dio un hecho particular, resultado de un incipiente capitalismo y del modo de ser feudal de los europeos españoles. La imagen idílica de Colón sobre los habitantes de estas tierras, que se supone vivían en el Paraíso dedicados la mayor parte de sus vidas únicamente al ocio, fue mal interpretada como vagancia y la única manera de sacarlos de este estado primitivo, casi edénico, era hacerlos trabajar sin descanso, para además poder evangelizarlos. Por lo tanto, los indios tampoco tenían derecho al juego. Esta creencia de los conquistadores justificó además un sistema de explotación, porque solo el trabajo redime.

Los toros

De todas las diversiones o depuertos que se importaron allende el Atlántico, la que dio fama a nivel mundial a los cuencanos fueron los toros. “Se ejercitaba este arte por personas viles, pues que coloca entre los infames a los que lidian con fieras bravas por dinero”, explica Jovellanos. Y fue durante un tumulto provocado en una corrida de toros que sucedió el asesinato del médico francés Juan Seniergues, en 1739.

Seniergues se había atrevido a enamorar a la criolla cuencana Manuela y su resentido pretendiente, un señor de apellido León, aprovechó la corrida y junto a Neira, su cómplice, asesinaron al miembro de la Misión Geodésica Francesa que lideraba Carlos María de La Condamine. La plaza había sido levantada en lo que hoy es el Parque de San Sebastiá. El pueblo al ver el escándalo se exaltó y empezó a gritar “¡abajo los franceses!, ¡abajo el mal gobierno!” y una turba persiguió calle abajo por lo que hoy es la Sucre a los miembros de la Misión, hasta que encontraron refugio en una casa, evitando ser linchados. La famosa corrida de toros de 1739 les valió a los cuencanos el mote de morlacos o “toros bravos”.

Creación de la Federación Deportiva

La organización moderna del deporte, casi tal y como la conocemos a nivel local, se inició e institucionalizó en Cuenca el 8 de diciembre de 1924, con la elección del primer directorio de la Federación Deportiva del Azuay, que lo presidió Andrés F. Córdova. Es decir, aquello que en nuestras mentes percibimos como si siempre hubiera existido, tiene apenas 8 décadas. Vive hacia atrás en el tiempo una rica tradición y una historia, que continúan influyendo en lo que se hace y cómo se lo hace, me refiero a ciertas reminiscencias que recuerdan el pasado.

Se cumplen 11 años de la medalla de oro de Jefferson Pérez en los Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta, el máximo triunfo del olimpismo ecuatoriano hasta la fecha. Pero detrás de este logro está la milenaria trayectoria de un pueblo, el nacimiento y posterior desarrollo de una ciudad, capaz de entregarle grandes triunfos a la Patria. Todo se fundamenta en el pasado, porque como dice el filósofo, una mujer o un hombre sin pasado no son tales.

La consolidación de los derechos civiles y políticos, han desembocado en la actualidad en lo que Pierre de Coubertin considera es el deporte, ni un deporte de lujo, ni una actividad para ociosos, ni una compensación muscular, “es un patrimonio de todos por igual y su ausencia no puede sustituirse por nada”; o, como manda la Carta Olímpica “la práctica deportiva es un derecho humano. Toda persona debe tener la posibilidad de practicar deporte según sus necesidades”. Por eso, los deportu precolombinos se practican hoy con más fuerza que nunca, están de vuelta al futuro.

 

 

 

 

 

 

 

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