Mariana y Sucre, unidos por la tragedia eterna

 

Por Ivana Reyes Jijón

BOGOTÁ, Colombia (13/04/25).- Las vidas de María Ana Carcelén de Guevara y Larrea-Zurbano, Marquesa de Solanda y Villarocha, y del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, quedaron marcadas por la tragedia desde el momento en que sus caminos se cruzaron, tras la histórica fecha del 24 de mayo de 1822.

Ese día, la Batalla de Pichincha en Quito selló la independencia de lo que hoy es la República del Ecuador. Sucre, victorioso ante las tropas españolas lideradas por el traicionero Melchor Aymerich, asistió a una celebración nocturna el 25 de mayo. Entre los asistentes se encontraba una joven de 16 años, Mariana Carcelén, y el general de 27 años, conocido por ser el más apreciado por Bolívar. Mariana sentía una profunda gratitud hacia Sucre, quien había liberado de prisión a su padre, el Marqués de Solanda y Villarocha, cautivo de los españoles. Fue en aquella fiesta cuando nació un amor inmediato, aunque el destino pronto los separaría.

Mariana, nacida el 25 de julio de 1805 en Quito, había invertido su nombre de Ana María a Mariana desde muy joven. Sucre, por su parte, nacido el 3 de febrero de 1795, compartía con ella orígenes nobles y una considerable fortuna.

El amor entre ambos apenas tuvo oportunidad de florecer. Sucre partió a la campaña del Sur, donde triunfó en Ayacucho y fundó la República de Bolivia. Se casaron mediante un poder notarial y, durante una breve estancia de Sucre en Quito, celebraron el nacimiento de su hija Teresita. Sin embargo, la felicidad pronto se tornó en desgracia: la pequeña murió trágicamente a una corta edad, en un incidente rodeado de versiones conflictivas.

Mariana llegó a ser la primera dama de Bolivia durante la presidencia de Sucre, pero la envidia y la traición acecharon al héroe. Un intento de asesinato lo dejó incapacitado de un brazo, obligándolo a renunciar a la presidencia y regresar a Quito. Sucre volvió a liderar tropas en la Batalla de Tarqui, defendiendo Ecuador de la amenaza peruana, antes de asumir un último encargo de Bolívar: presidir el Congreso de la Gran Colombia. Sin embargo, el sueño bolivariano de unidad terminó por desmoronarse.

En su viaje de regreso a Quito, deseoso de reencontrarse con su amada Mariana y su hija Teresita, Sucre fue emboscado y asesinado en la selva de Berruecos el 4 de junio de 1830, con tan solo 35 años. Un Consejo de Guerra en 1842 identificó al coronel Apolinar Morillo como su ejecutor, junto a varios cómplices, y señaló a José María Obando como autor intelectual del crimen.

Mariana rescató el cuerpo de Sucre y lo escondió para evitar profanaciones, primero en la capilla de su hacienda y luego en el convento del Carmen Bajo. Finalmente, en 1900, los restos de Sucre encontraron descanso en la Catedral de Quito. Mariana, por su parte, lloró su pérdida hasta su fallecimiento en 1861, según relatan las monjas del Carmen Bajo.

El historiador Alfonso Rumazo González, en su biografía de Sucre, resume poéticamente la tragedia de sus vidas:

"Lo dramático de cada existencia está en la quiebra tenaz de cualesquiera júbilos. Sucre perecerá asesinado; y la marquesa comenzará entonces a ser una mujer desventurada, casi ininterrumpidamente hasta la muerte. Un Fatum inmisericorde les aplastó a los dos, con saña y sevicia".

 

 

 

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