Eloy Alfaro: el holocausto de los líderes del liberalismo radical.
Teniente Coronel (R) Sergio Enrique Girón Narváez. Enero 1987.
Transcripción Hernán Rodríguez Girón. 10/08/2025.
Mensaje del Círculo de la Prensa del Ecuador.
A las Fuerzas Armadas, al Pueblo Ecuatoriano y a la Juventud de Mi Patria:
El 28 de Enero de 1987 se cumple el septuagésimo quinto aniversario del paso a la gloria eterna e inmarcesible del señor General Eloy Alfaro y de sus valientes lugartenientes, señores generales Flavio Alfaro, Manuel Serrano y Ulpiano Páez, coroneles Medardo Alfaro y Luciano Coral; en Guayaquil, el asesinato del pundonoroso general Pedro. J. Montero.
En este día de luto (de vergüenza para las fuerzas reaccionarias, enemigas de la luz, la belleza y la virtud), nuestra institución, el Círculo de la Prensa, se dirige al militar de la Patria, a la juventud y al pueblo libre, para exaltar la memoria augusta de los héroes del Ecuador, desde nuestro Padre y Libertador Simón Bolívar, hasta Eloy Alfaro, el hombre predestinado a inaugurar una era de libertad y progreso. Fue el fundador del moderno Ejército Ecuatoriano, multiplicó escuelas y colegios, planteles de oficios mecánicos, los normales laicos, otorgó becas, emancipó a la mujer, reformó instituciones buscando el progreso de su país, después de haber combatido con su espada a los mantenedores de prejuicios y tiranías. Sus leyes consagraron la libertad de conciencia y de culto, de pensamiento y enseñanza, de prensa y palabra.
El martirio es el complemento de la gloria; la de Bolívar no habría sido completa sin la ingratitud de sus compatriotas y sin su lenta agonía en San Pedro Alejandrino, Colombia. A Sucre, “vencedor de los vencedores de Napoleón” con su victoria en la Batalla de Ayacucho en 1824, le habría faltado un laurel en su corona, sin el crimen de Berruecos. A Alfaro le faltaba también el martirio; su historia habría carecido de grandiosidad sin el trágico fin de todos los benefactores de la humanidad.
De lo anterior, saludamos al pueblo ecuatoriano, a los militares, hijos predilectos del Gran Capitán y a los humildes de la Patria, que han mirado con horror las iniquidades del 28 de enero de 1912 y que maldicen a las manos sangrientas que escribieron la página más negra en la historia de América y que estarán muy agradecidos por la significativa muestra de condolencia con que el Círculo de la Prensa, Institución Decana del Periodismo Nacional, rememora en esta corta reseña el sacrificio de sus segundos libertadores.
¡Ecuatorianas y ecuatorianos: seguid el ejemplo de Alfaro y sus capitanes; en la defensa de la libertad que nos legó el mártir del fatídico 28 de Enero de 1912!.
PAZ EN SU TUMBA. GLORIA ETERNA PARA SU NOMBRE, EJEMPLO PARA LAS GENERACIONES PRESENTE Y FUTURA.
La Directiva.
DEDICATORIA
Escribir una pequeña, una corta biografía, del más ilustre ciudadano que ha dado esta tierra nuestra, enclavada en la Avenida de los Volcanes, es un privilegio y un honor para mí; inmarcesible pendón de gloria, que lo llevaré hasta que Dios me llame al insondable más allá, lugar del misterio eterno, en donde, seguramente, estará el espíritu del gran Alfaro.
Y admiro y quiero, aún más al magistrado y hacedor de luz, en este país de las tinieblas perpetuas, porque Alfaro fue gran admirador de nuestro Padre y Libertador Simón Bolívar, al mismo que, a su memoria, le he consagrado más de la mitad de mi existencia, ya como simple soldado del bolivarianismo y, ya también, como Secretario General de la Benemérita Sociedad Bolivariana del Ecuador.
El 28 de enero de 1987 se cumplen 75 años del sacrificio y holocausto de Eloy Alfaro Delgado. Para ti, Mi General, mi admiración y mi homenaje; sentimiento y acción simbólica por igual para esa provincia hermosa de nuestra costa ecuatoriana, la irredenta y rebelde Manabí.
Teniente Coronel (R) Sergio Enrique Girón Narváez.
1.- EN MONTECRISTI NACE ELOY ALFARO, UN HOMBRE CULTO Y ESCRITOR.
De español soñador y de barro manabita, en Montecristi, Manabí, nacía un niño, el quinto hijo del caballero ibérico Manuel Alfaro y la dama ecuatoriana Natividad Delgado. Este grato alumbramiento aconteció el 25 de Junio de 1842.
El niño José Eloy Alfaro Delgado fue educado esmeradamente por un hogar distinguido, en su tierra natal, por profesores contratados, de los que aprendió gramática, matemáticas, historia y geografía. Su padre, comerciante importador y exportador de sombreros de paja toquilla, le enseñó contabilidad y comercio. Desde muy joven, Alfaro aprendió a amar la libertad y dedicó su existencia a la Patria, a su amado Ecuador.
La reacción ecuatoriana, los liberales-conservadores, ha creado la mentira de que Alfaro fue un machetero ignorante, leyenda que la han utilizado inclusive los plumíferos liberales. Burda calumnia. Eloy no fue un escritor profesional; sin embargo, leyendo sus obras, se puede saber que lo hacía muy bien y con un estilo depurado. El gran pensador José Peralta relata que Alfaro componía con soltura y tenía un aguzado sentido de la corrección gramatical. Cuando algún borrador de un documento oficial no le gustaba, le daba vueltas y revueltas, hasta dejarlo “en cristiano”, con la ayuda de buenos secretarios y copistas, que nunca le fallaron.
Las “obras de Alfaro” fueron escritas de su puño y letra y publicadas en el exterior, con excepción de los documentos de su acción revolucionaria dentro del país, que los gobiernos liberales nunca reimprimieron, salvo algunos archivos que el propio Alfaro ordenó publicar. Fue protagonista de la vida republicana del Ecuador durante 48 años, desde el 5 de Junio de 1864 a los 22 años, hasta el 28 de enero de 1912, a los 70 años, período durante el cual su participación e intervención en la política nacional fue creciendo, hasta ocupar un lugar grandioso en la historia de la Patria.
El alfarismo significó para el Ecuador REVOLUCIÓN, REGENERACIÓN, DEMOCRACIA y, sobre todo, PROGRESO Y CIVILIZACIÓN; todo lo anterior como oposición a la reacción clerical y feudal, que a lo ancho y largo de la vida excelsa del mártir significó conservadurismo, terrorismo, esclavitud, tradición, floreanismo y progresismo, que son algunas de las caretas de la hipocresía de los reaccionarios.
2.- MONTALVO, CARBO, MONCAYO, INSPIRACIÓN DE ALFARO.
Eloy Alfaro, en su lucha contra los conservadores, se inspiró ideológicamente con la lectura de las obras de Juan Montalvo, Pedro Carbo y Pedro Moncayo. Estudió a los filósofos griegos. Repasó una y otra vez la vida de Bolívar, sus campañas militares, la táctica y la estrategia del caudillo de América, el Libertador. Y aplicó el método de guerra del gran venezolano, que le llevó al triunfo en las batallas de Gatazo, Chasqui y Cuenca. Alfaro siempre escribió personalmente sus partes de guerra, en los que registró para la posteridad lo que había hecho y lo que estaba por hacer.
¿Dónde entonces el inculto machetero o guerrillero?. “El Montonero”, “El General de las Derrotas”, “El Guerrillero”, así motejaban a Alfaro sus enemigos, los liberales-conservadores, como producto de la supina ignorancia. Las batallas de Gatazo, San Miguel de Bolívar, la toma de Guayaquil para derrocar al tirano Veintimilla, la batalla de Jaramijó en la que el héroe hizo hasta de Almirante de los mares, la Campaña Restauradora y las campañas de Esmeraldas, ¿fueron acaso simples montoneras o guerrillas?. No. En todas ellas asomó el genio de la táctica y la estrategia.
Alfaro fue un gran general, pero no de las derrotas. Sin embargo, los liberales-conservadores, cuando sueltan sus discursos ante las estatuas del mártir, dicen todo cuanto les sale del estómago y repiten lugares comunes, le apostrofan con frases burdas y títulos estereotipados: “guerrillero insigne”, “montonero manabita” y el más repetido y trillado de todos “General de las derrotas”. Pobres gentes.
¡Cómo se ríe mi General desde la ultratumba!, de estos dizque liberales radicales que pactan con la reacción ultramontana por el premio de un ministerio, de una embajada. ¡Asco de gentes!. Usufructuarios del prestigio de Alfaro. Y cuando se conmemora el 5 de Junio de 1895 tienen la insolencia de gritar ¡Viva Alfaro carajo!. Sacrilegio. Que callen nomas, porque la sangre nos hierve a los verdaderos liberales radicales.
3.- LA VIDA PÚBLICA DE ELOY ALFARO.
Con el movimiento llamado “El Colorado”, en Manabí, el 5 de Junio de 1864, el joven Alfaro inicia su vida política y pública. Él, junto a otros jóvenes manabitas, capturan al coronel Francisco Xavier Salazar, gobernador de Manabí, que años después llegaría a ser general. Era un levantamiento comandado por el general José María Urbina, cuando era presidente del Ecuador, Gabriel García Moreno. Alfaro tuvo que exiliarse para evadir el fusilamiento si caía en manos de las fuerzas garcianas.
Eb 1865 las fuerzas de Urbina invadieron el Ecuador, pero la derrota fue total en Jambelí. La represión fue cruel, ya que García Moreno personalmente ordenó que los sublevados fueran fusilados, entre ellos el Doctor Viola. Alfaro fugó una vez más, por Guayaquil, ya que no pudo hacerlo por Manabí, en donde debía secundar la rebelión antigarciana.
Para 1871 estaba de vuelta en Manabí, donde nuevamente quiso derrocar al tirano García Moreno, para proclamar Jefe Supremo al Doctor Vicente Piedrahita, pero fracasó por tercera ocasión, saliendo al exilio en Panamá. Pudo regresar al país después del 6 de Agosto de 1875, fecha en la que fue asesinado Gabriel García Moreno. De igual manera, regresó a la Patria el principal ideólogo del liberalismo radical ecuatoriano, el maestro Juan Montalvo, que se hallaba en Ipiales, Colombia, cuando se enteró del magnicidio, exclamando “Mi pluma lo mató”. Todos los partidos estuvieron de acuerdo en elegir como sucesor del presidente asesinado, al doctor Antonio Borrero Cortázar, con la condición de que convocara a una Asamblea Constituyente para derogar la “Carta Negra” o “Carta de La Esclavitud” de 1869.
Borrero no cumplió con su palabra y siguió gobernando bajo el amparo del ignominioso documento. Alfaro fue el primero en iniciar el movimiento para derrocar al incumplido y timorato mandatario. Eligió como jefe del alzamiento a Nicolás Infante, que sería fusilado después por orden de Plácido Caamaño. El 8 de septiembre de 1876 desde Guayaquil, Alfaro promovió el movimiento contra Borrero y Cortázar.
Sin embargo, hizo alianza con el general Urbina para derrocar a Borrero y combatió bajo sus órdenes como coronel ayudante de campo. El triunfo fue total en la batalla de Galte de 1876. El poder fue entregado al general Ignacio de Veintimilla, liberal-radical, que muy pronto se distancia de Alfaro y este tuvo que salir otra vez al destierro.
En 1879, proclamado dictador “Ignacio de la Cuchilla” como lo llamara Montalvo, desde Guayaquil es llamado Alfaro para que encabece la guerra en contra del opresor. Regresa de incógnito al Ecuador, pero es delatado y hecho prisionero. Es encarcelado en El Infiernillo. Para evitar el fusilamiento, fue obligado a firmar una capitulación que incluía el compromiso de abandonar la Patria, una vez más.
A pesar de ello, en 1880, Juan Montalvo escribe a Alfaro para que lidere una segunda conjura contra Veintimilla. Cuando llega a Tumaco, en la frontera colombiana, se entera que la revolución había fracasado. Toma la audaz decisión de ingresar a territorio ecuatoriano, corriendo peligro. Desembarca en Esmeraldas y se da cuenta que era imposible que la rebelión prospere debido a la falta de recursos militares y económicos. Recorre toda la costa solicitando auxilios logísticos. Regresa a Esmeraldas y casi cae prisionero. De milagro logra escapar.
En 1882 retorna a Esmeraldas para encabezar una nueva revolución, con tropas y armas y a pesar de las heroicas acciones de San Mateo y otros puntos en la provincia, la suerte le dio la espalda, sufriendo otra derrota.
Para el año 1883, comienza la Campaña Restauradora contra Veintimilla, que concluye con la toma de Guayaquil, el 9 de Julio. En esta prolongada guerra civil, Alfaro despuntó como alma y guía del conflicto, siendo proclamado como Jefe Supremo por los pueblos de las provincias de Esmeraldas y Manabí. El General pensó que había llegado el momento de que el Liberalismo Radical asuma el poder de la República, pero la debilidad política de su partido frente a los conservadores reaccionarios y los oligarcas, impidió la victoria de los partidarios alfaristas.
Con la derrota militar de Veintimilla, se reúne la Convención Nacional de 1883, que desplaza a Alfaro y elige presidente a José María Plácido Caamaño, que se hizo famoso años después con el escándalo de la “Venta de la Bandera”, durante la presidencia de Luis Cordero Crespo, asunto que desbordó la copa y cayeron los gobiernos progresistas del conservadurismo.
En 1884 y 1885 inicia una nueva, atrevida y asombrosa campaña, protagonizando los combates de Jaramijó y Portoviejo. En la primera acción, intenta un desembarco desde el buque de guerra Pichincha, que había sido comprado en Centroamérica y que antes se llamaba Alajuela. En esta acción Eloy casi pierde la vida. Derrotado pone una pausa de 11 años a su actividad insurgente, entre 1884 y 1895. Surgen otros cabecillas que mediante la “Guerra de los Chapulos” tienen al litoral en constante estado de guerra. En las montoneras chapulas se fue forjando el auténtico Ejército Liberal, integrado en su mayoría por mujeres y hombres del campo o de los estratos populares, con cabecillas como los cerezos, los rugeles y los triviños.
Gran aporte a la revolución antifeudal lo dieron los intelectuales e ideólogos del liberalismo y la insurgencia. Algunos de estos nombres son Leopoldo González, Juan Montalvo, Pedro Moncayo y Pedro Carbo, Abelardo Moncayo, Manuel J. Calle, Miguel Valverde, Federico Proaño, Roberto Andrade, Luis Vargas Torres el mártir, Nicolás Infante, Emilio Arévalo, José Peralta y el líder de todos ellos Eloy Alfaro Delgado. Y muchos, muchos, talentosos hombres.
El momento esperado llegó finalmente el 5 de Julio de 1895. Luis Cordero heredó los desaciertos de los períodos precedentes de Caamaño y Flores Jijón. El presidente de origen cuencano cometió su peor error, poner como Gobernador del Guayas al ambicioso y corrupto José María Plácido Caamaño, el asesino de Vargas Torres, quien abusando de la confianza depositada protagonizó el escándalo de la “Venta de la Bandera”. En resumen, Camaño alquiló la bandera nacional a Chile, para que este país que se había declarado neutral en la guerra Chino-Japonesa, pudiera vender el navío Esmeralda a Japón, mediante una operación de triangulación de la que se benefició económicamente Caamaño. Este acto de corrupción manchó la presidencia de Cordero. El vaso, ya lleno, esperaba la última gota para derramarse. El pueblo ecuatoriano, al conocer tan ruin negociado, se indignó. La protesta fue unánime y la transformación se realizó. Se desintegraba el régimen continuista, reaccionario y corrompido de “El Progresismo”. En el presente, llamo a la reflexión a la mayoría de nuestro actual Congreso Nacional, que se ha dado en llamar “Bloque Progresista”, ya que esta palabreja tiene en la historia de la Patria un origen maloliente, recogido y escrito con letras de carbón.
Todo el pueblo, integrado por campesinos armados, indios de Chimborazo, los artesanos, las masas populares, la juventud, los círculos de la burguesía; todos se unieron para expulsar del poder al régimen de Cordero, tildado de corrupto por la felonía del Gobernador del Guayas, Caamaño. Llegaba por fin a gobernar el campeón de la raza vencida, de los yanaperos, de los huasipungueros, de los conciertos, los montubios, los negros. Eloy Alfaro les entregaba a todos estos grupos humanos la segunda independencia, la segunda libertad, puesto que la primera había sido otorgada por nuestro Libertador y Padre, Simón Bolívar.
“No dejaré de consignar que, debido a la protección que, por humanidad y justicia, ha otorgado mu gobierno a la clase indígena desvalida, estuvo en mi mano levantarla contra mis enemigos y no lo hice; porque esa medida entrañaba venganza por parte de una raza, que, bárbaramente vejada durante siglos de opresión exterminadora, no habría dejado, en represalia, ni vestigios de sus legendarios opresores”, decía a este respecto Eloy Alfaro.
Hacer recuerdo de la dilatada lucha del pueblo ecuatoriano contra el conservadurismo, rehacer el escalafón de los mártires en contra del fanatismo, la superstición y la ignorancia, es tarea difícil y se necesitarían algunos volúmenes de historia. Este no es el caso. Son algunos pocos pliegos que resumen los sacrificios del egregio general Eloy Alfaro.
Grandes obras de regeneración y reivindicación nacional ejecuto el ilustre general. El ferrocarril por ejemplo. Pero para mí, desde la perspectiva de un militar de carrera, la más inmensa obra de su mano es haber terminado con el ejército conservador regular, sustituyéndolo con el ejército liberal radical. De manera particular, soy un agradecido con el general Alfaro. Fui uno de los últimos oficiales egresados de la auténtica Escuela Militar “Eloy Alfaro”, en donde mis superiores me enseñaron a amar la libertad y la democracia. En la actualidad, el laicismo ya no existe en las Fuerzas Armadas de la Patria. Los sacerdotes, mediante gangas y gabelas, se han apoderado de los cuarteles y los recintos militares. Con grados de coroneles y subtenientes, los supuestos representantes del humilde rabí de Galilea, ahora enseñan religión a los militares, rompiendo con la tradición laica que era un legado del Señor General Alfaro, fundador del moderno Ejército Nacional del Ecuador. Estos son, en síntesis, los rasgos principales de la vida de aquel que, con su carácter y su temperamento, ejecutó su gran plan para salvar al Ecuador de la opresión y la incivilidad.
Para mejor comprensión del arrastre de los mártires del 28 de Enero de 1912, hay que explicar los antecedentes de aquellas tarde y noche lóbregas, en las que fueron asesinados y quemados los valientes transformadores y reformadores del Ecuador.
El 31 de enero de 1901, terminaba el primer período del presidente constitucional del Ecuador, José Eloy Alfaro Delgado. Era una gran verdad que el Partido Liberal Radical aún no estaba plenamente consolidado. Era necesario para la organización política buscar un sucesor digno del Viejo Luchador. El problema era difícil de resolver. Para seleccionar a su sucesor, el Presidente promovió reuniones de gabinete, entre sus ministros y los más connotados liberales. Se desarrollaron tres sesiones sin resultado práctico alguno.
Durante la última junta se propusieron 6 nombres: el doctor Ascensio Gándara, rector de la Universidad Central, Homero Morla, José Peralta ministro de Relaciones Exteriores, Luis Adriano Dillón, Felicísimo López y Emilio Estrada. Gándara se excusó por estar muy enfermo, José Peralta adujo tener muchos enemigos ganados por su pluma anticlerical, Dillón no contaba con las simpatías de los militantes del Partido, López era demasiado bondadoso, Morla se hallaba en el exterior y Estrada declinó esta primera oferta porque tenía en su contra muchos resentidos cuando se desempeñó como Gobernador del Guayas.
¿No habían más nombres?. El presidente pidió a todos su opinión. El senador Vela quería que el sucesor fuese militar, opinión secundada por Abelardo Moncayo. Alfaro insistió en que sea Emilio Estrada el candidato para sucederlo. El senador Vela, defendiendo su posición, propuso el nombre del general Leonidas Plaza Gutiérrez, “es un hombre nuevo y enérgico, de la misma escuela suya”, repostó el senador. “No es de mi escuela, sino de la Ezeta”, replicó airado el Presidente, acusando de esta manera a Plaza de pertenecer al bando conservador, puesto que el término Ezeta se refiere a aquellos que no comparten el bando liberal radical y son militantes del bando enemigo. El ejército pedía un candidato militar y fue proclamado Plaza, contra la voluntad expresa de Alfaro. Tres postulantes se presentaron a las elecciones presidenciales: el general Franco, Lizardo García y el general Plaza.
Plaza triunfó en el debate electoral, pero Alfaro no se dio por vencido y siguió maniobrando para impedir el ascenso de Plaza a la presidencia. El Congreso podía ser tachado de inconstitucional por tener legisladores que al mismo tiempo eran empleados el Gobierno, entonces no habría elección de Plaza. Por otra parte, los altos jefes del Ejército se acercaron al presidente para denunciar que Franco conspiraba. En un arranque de ira, Alfaro gritó “¡Ni Plaza, ni Franco!”. Esta manifestación fue del conocimiento de Plaza, que finalmente resultó electo presidente. El divorcio entre los dos grandes líderes del Partido Liberal Radical quedó perfeccionado. La organización se dividió. Alfaro había convertido a Plaza en una víctima, que era su sucesor. Hay más motivos que provocaron el rompimiento entre los dos generales y que sería muy largo estudiarlos.
“Yo no tengo ninguna confianza en este hombre, en Placita”, le explicó Alfaro al senador Vela, cuando este se acercó al jefe de Estado para comentarle que Plaza había manifestado su gratitud y lealtad hacia él. Por último, el general Alfaro intentó un golpe de estado, pero todo era tarde, el barco se hundía.
El general Plaza nunca dejó atrás su resentimiento en contra de la oposición terminante del presidente Alfaro para que él fuera su sucesor. El 31 de Agosto de 1901, el Congreso recibía el juramento solemne de Plaza como Presidente Constitucional de la República para el período 1901-1905. El primer mensaje presidencial fue amigable con Alfaro y en uno de sus acápites decía que “cuento con el ejemplo de las altas virtudes de su administración, sí con igual entereza logro multiplicar las páginas gloriosas de nuestro Parido Liberal Radical…”.
Pero nunca se reconciliarían los dos grandes capitanes de la guerra magna del liberalismo en contra del fanatismo, la superstición y la ignorancia. Y los años corrieron raudos como un río que nadie puede contener hasta llegar al mar o en algún otro desaguadero. Estos hechos fueron los fundamentos para que, cuando llegó el momento, Plaza no hiciera nada para salvar la vida de los Alfaro y sus compañeros de arrastre en Quito el día 28 de enero de 1912.
Volviendo al juzgamiento de la conducta de Plaza, bien se puede deducir que este mal podía perdonar a su víctima, en atención que la enemistad y el odio se habían acumulado desde tiempos de la guerra magna del liberalismo. Alfaro resignó el mando constitucional al general Plaza con repugnancia y ya Presidente del Ecuador, el primero pasó a liderar la oposición al nuevo gobierno y ella fue violenta. Alfaro fue un censor muy severo del gobierno placista. El 1 de enero de 1905, Plaza entregaba el mando constitucional del Ecuador al candidato oficial Lizardo García. Si bien amigo de Alfaro y su ministro de Hacienda, en el primer gabinete ministerial después del 5 de Junio de 1895, posteriormente García se transformó en el más virulento enemigo del alfarismo. Su posesión como presidente de la República significaba que el antialfarismo había tomado el poder.
Inconforme Alfaro con el nuevo gobierno, el 5 de enero de 1906 depuso al flamante presidente y la guerra civil fue inevitable. Tras la batalla de Chasqui, Alfaro entraba a Quito y asumía por segunda vez el poder. El presidente García llamó de urgencia a Plaza, que era cónsul del Ecuador en los Estados Unidos, para que asuma la dirección de la campaña, pero cuando Plaza desembarcaba en Guayaquil, todo se había consumado; tuvo que reembarcarse al exilio.
He aquí otra deuda por cobrar, que acrecentó el haber del general Plaza. Por lo tanto, la venganza estaba latente en el general en Jefe, vencedor de los Alfaro.
4.- LA CAÍDA DE ALFARO
El presidente Eloy Alfaro se presentó ante el Congreso el 10 de Agosto de 1911, para leer su último mensaje a la nación, cerrando el discurso con estas palabras:
“En cuanto a mí, presto siempre a servir a mi Patria, como ciudadano abnegado. Me retiraré del poder en el término fijado por la Constitución, entregando la suerte de la suerte de la República en vuestras manos… Os hablo quizás por última vez y me habéis de permitir manifestaros que jamás he abrigado ambiciones que el odio político me atribuye… Lejos de mí la vulgar idea de aspirar a la dictadura…”.
El historiador guayaquileño Alfredo Pareja Diezcanseco registra la sublevación militar del 11 de agosto de 1911 y los aciagos días que siguieron y que consumaron la caída del Cóndor, de la siguiente manera:
“Colón Eloy Alfaro, ese día once, caminaba por las calles de Quito, en busca de su padre, para darle aviso que esa tarde se daría un golpe de estado… Alcanzó la entrada del Palacio de Gobierno y vio como su hermano coronal Olmedo Alfaro también avanzaba al Palacio. Ambos hermanos se dirigieron al Gabinete Presidencial y observaron cómo la Guardia Presidencial no había formado, como de costumbre, frente a la puerta del despacho del Presidente. “Mira Colón -dijo Olmedo- ese oficial está temblando”… habíase cerrado la puerta del Gabinete, cuando se oyeron los primeros disparos de fusil que provenían del cuartel del Regimiento Bolívar (Situado frente al Palacio Nacional, en donde ahora está el Museo Municipal, antiguo cuartel del “Real de Lima”. Nota del Autor). Los oficiales del Regimiento trataban de dominar a la tropa sublevada que disparaba. Salieron a las calles gritando “¡Viva la Constitución!”. Ambos hermanos se miraron… “¡a la puerta de la Sala de Edecanes!”, a contener a la Guardia Presidencial que también se había sublevado. Pero era tarde, solo 6 soldados quedaban arriba. Los demás estaban en la calle. “¡Alto la guardia!”, ordenó Colón Eloy. No le obedecieron. Y allí la mano se le crispó, cayó el primer soldado… El que venía atrás intentó disparar su fusil, pero se rindió… Así mismo, los 4 soldados restantes se rindieron y fueron desarmados por Colón Eloy el coronel Olmedo… Y con esos fusiles y las pistolas de Olmedo y Colón Eloy, organizaron la defensa. Con ellos estaban algunos bravos: el comandante Ramón Acevedo, el comandante Egas y dos sirvientes de la casa presidencial. ¿Qué hacer?, una sola orden, “¡muchachos, a resistir!...”. Desde la parte alta de Palacio la defensa era certera, un tiro tras otro. Los dos hijos y los amigos leales. El Presidente Alfaro se había movido de su asiento y le obligaron a ir al Ministerio de Gobierno. El coronel Luis Andrade había descendido por las escaleras de Palacio para tratar de incorporarse a su regimiento, que ya estaba sublevado, pero fue muerto por los soldados rebeldes… Las puertas de Palacio quedaban libres. Pero no se atrevían a subir… El Viejo Luchador estaba allí. Los revoltosos mandaron una comisión, presidida por un Fernández Madrid y le exigieron la rendición. “Dimita usted general Alfaro…”. Con la espalda a la escalera, bajo el escudo Patrio, terrible el señor, voz rabiosa y digna… contestó “¡Carajo, no renuncio!”… Pocos minutos más tarde, los ministros de Chile, Brasil y Colombia, se presentaron ante Alfaro ofreciéndole asilo… Las turbas, la soldadesca embriagada por calles y plazas… El general Ulpiano Páez, cual ya lo relataré, con 1.200 hombres avanzaba sobre Quito; ya estaba la fuerza leal a Alfaro en Latacunga cuando recibió la orden de replegar a Riobamba, pues no quería una gota más de sangre, argumentaba Alfaro”.
Páez, veterano soldado, habría entrado a la Capital sin disparar un tiro, pues, como lo vimos, el Yaguachi combatía duramente en La Magdalena contra los rebeldes y sublevados de Quito.
En resumen, el Presidente Constitucional del Ecuador, general Eloy Alfaro no rompió la Constitución y apenas le restaban 20 días en el poder para la transmisión de mando. Los golpistas fueron los militares de Quito. Hay que dejar constancia que los jefes y oficiales de las unidades rebeldes no participaron de la asonada. El 90% de los sublevados fueron miembros de la tropa. Las unidades que levantaron la indisciplina fueron la Escuela Militar, la Escuela de Clases, la Guardia Presidencial, el Regimiento de Artillería Bolívar y el Batallón de Infantería Carchi. Los valientes del Yaguachi, con sus jefes y oficiales, salvaron el honor de los militares ecuatorianos, ya que combatieron durante 2 días, el 12 y 13 de agosto, hasta que la superioridad de los alzados consiguió que se rindiera el mil veces heroico y glorioso Yaguachi, batallón vencedor en Pichincha y en la población del mismo nombre, al mando de Sucre, después del 9 d Octubre de 1820.
Alfaro cae de su segunda presidencia, por una serie de factores, el 11 de agosto de 1911 y al siguiente día, el 12, es reemplazado por Carlos Freile Zaldumbide, que asume como Presidente Provisional de la República. El primer paso que da es convocar al general Leonidas Plaza Gutiérrez, enemigo acérrimo de Alfaro, para que regrese de los Estados Unidos en donde residía y se posesione en el cargo de Ministro de Guerra y Marina. Freile se encargó de que su nuevo gabinete estuviera compuesto en su totalidad por antialfaristas.
El ala izquierda del Partido Liberal Radical se dio cuenta de que la infiltración conservadora en sus filas era un hecho, a través del nuevo gobierno de Freile Zaldumbide. Entonces, la primera acción que tomaron es hacer que un grupo de altos jefes militares en servicio activo dirijan un pedido al presidente electo doctor Emilio Estrada, para que renuncie a su posesión. Firmaron el comunicado los coroneles Luis Felipe Andrade. Bartolomé Vinelli, Federico Sánchez, Carlos Pasquel, entre otros oficiales de menor rango. Todos fueron dados de baja cuando Estrada asumió.
Mientras tanto, en Quito era reducido a prisión todo jefe militar que olía a liberalismo radical o alfarismo. Por ejemplo, el 31 de Agosto de 1911 son reducidos a prisión los coroneles Aurelio Rosales, Delfín Orellana, Abelardo Cruz Rivera y los mayores Ricardo Piñeros (abuelo del General Piñeros, ex Ministro del presidente Febres Cordero) y los mayores Guillermo Serrano, Alejandro Almedia y Mateo Pérez. La vendetta ultramontana se había desatado.
En Manabí y Guayas el coronel Carlos Alfaro se alzó en armas al grito sublime de libertad y de guerra: ¡VIVA ALFARO CAJARO!. Para el 31 de Agosto se produjo el sangriento combate de Samborondón, entre los guerrilleros alfaristas y las tropas del gobierno. Manabí, cuna de Alfaro, estaba en plena rebelión y para sofocarla, el gobierno envió al general Delfín Triviño. Para el 1 de Septiembre de 1911, con el nuevo gobierno de Estrada, el general Triviño al mando de 1.000 soldados tuvo cruentos encuentros con las tropas de Carlos Alfaro, lo que obligó a la firma de un armisticio el 12 de Septiembre.
El parte de guerra, por cierto muy curioso, dice:
“Sr. general Pedro J. Montero-Guayaquil. Provincia pacificada. Carlos Alfaro depuso las armas, que serán trasladadas a Guayaquil (f) general Delfín Triviño”.
En cambio, el parte de guerra de Carlos Alfaro al mismo general Montero dice:
“Supungo tendrás conocimiento del tratado arreglado con Triviño. Disolví la mayor parte de mi gente en Jipijapa (f) Carlos Alfaro”.
Pero todo era mentira. Manabí seguía hirviendo. Tanto así, que el general Triviño, al llegar al Puerto de Guayaquil desde esa provincia, declaró a la prensa que “no hubo transacción con Carlos Alfaro, lo que sucedió es que ese comandante rindió sus armas; sin embargo, no me entregó 100 fusiles que aún quedaron en su poder y no le he dado salvoconducto, peor dinero como se afirma”.
Prueba de que seguía la revolución alfarista en la Patria, es esta noticia difundida por el mismo Gobierno el 27 de agosto:
“Comunicado Oficial. El Gobierno ha recibido el telegrama oficial del Gobernador de Los Ríos, en el que manifiesta que, por noticias llegadas desde Balzar, se asegura que después de un combate habido en Santa Ana, ha sido derrotado el comandante Carlos Alfaro, jefe de los montoneros que se encuentran asolando esos lugares…”.
Triviño, como alto jefe del Ejército, continuó en servicio activo con Estrada y se salvó de la depuración en contra de los militares leales a Alfaro, pero fue duramente censurado por la superioridad militar en estos términos:
“Si el general Triviño, Jefe de Operaciones de Manabí, tenía a sus órdenes 1.000 soldados para combatir a los 80 bandoleros de Carlos Alfaro, ¿cómo es posibles que les haya tratado a estos como beligerantes, aceptando una capitulación vergonzosa para el Ejército Constitucional y hasta para él mismo como Jefe Militar…” (f), Ministro de Guerra y Marina.
Por otra parte, el 19 de agosto de 1911 se reúne en pleno el Congreso Nacional para efectuar los escrutinios a presidente de la República; cumplidas las formalidades, declara electo a Emilio Estrada, que obtuvo 103.024 votos, seguido del general Flavio Alfaro con 3.070 votos y luego el doctor Baquerizo Moreno, con 2.000 votos.
El 20 de agosto de 1911, llegaba a Quito el presidente electo y el 1 de septiembre tomaba posesión de la primera magistratura del Estado. Después de la lectura de su mensaje a la Nación, en el que solicitaba al Congreso “arados y libros” y aseguraba que gobernaría libremente, sin ataduras partidistas y para todos los ecuatorianos, designó a su gabinete, compuesto por ciudadanos de reconocido antialfarismo:
Ministro de Gobierno, doctor Octavio (El Cuto) Díaz;
Ministro de Hacienda, general Leonidas Plaza Gutiérrez, llamado expresamente desde Nueva York, donde residía, líder del antialfarismo;
Ministro de Guerra y Marina, general Juan Francisco Navarro;
Ministro de Educación, Juan Francisco Rendón;
Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos R. Tobar, conservador;
Se habían cumplido los vaticinios de Eloy Alfaro, la Revolución Liberal quedaba inconclusa y la reacción se había metido por la ventana al Gobierno. He aquí el arrepentimiento de Alfaro, porque él mismo había auspiciado a Estrada para que sea presidente, pero cuando le solicitó que se excuse, ya era tarde.
El liberalismo ecuatoriano estaba dividido, esta vez sí de manera radical, entre los seguidores de Alfaro y los partidarios de Leonidas Plaza. El presidente Estrada sufría del corazón y de manera súbita, el 21 de diciembre de 1911, murió de un ataque en la ciudad de Guayaquil. Tenía 56 años de edad y había gobernado apenas 4 meses. Inmediatamente después de los funerales de Estrada, la situación política del país se presentó amenazadora. Nuevamente el encargado del poder era ni más ni menos que el liberal-conservador Carlos Freile Zaldumbide, que convocó a elecciones presidenciales surgiendo dos candidatos: el doctor Carlos R. Tobar, ministro de Relaciones Exteriores por el Partido Conservador y los independientes y el general Leonidas Plaza por su fracción del Partido Liberal Radical, pero antialfarista. Los jefes militares miraban con disgusto a los dos candidatos, puesto que consideraban que el liberalismo radical corría el riesgo de ser expulsado del poder y sus transformaciones y la revolución quedarían truncadas e inconclusas.
La provincia de Esmeraldas se sublevó, proclamando Jefe Supremo al general Flavio Alfaro el 23 de diciembre de 1911. En Guayaquil, el Comandante de Armas, general Pedro J. Montero, también se había autoproclamado Jefe Supremo. Se habían formado tres gobiernos, dos militares en Esmeraldas y Guayaquil y uno civil en Quito, reconocido como constitucional y encabezado por Carlos Freile Zaldumbide. Alfaro estaba lejos de los acontecimientos, en Panamá y solo anhelaba la paz del retiro junto a su familia. Montero de inmediato cablegrafió a su amado jefe, dándole a conocer su pronunciamiento y le llamaba de urgencia para que regrese a Guayaquil para entregarle el mando de la República.
Informado Alfaro de la revolución de Montero, le contestó con varios cablegramas. Los más importantes son:
“Panamá. Diciembre 19 de 1911.- General Montero. Guayaquil. Te felicito por la lealtad al Partido Liberal. Acato voluntad del pueblo, te nombro mi representante mientras llegue allá. Llama a tu lado a Luis A. Dillón, Pedro Córdova, Tomás Gagharco, coronel Belisario Torres y Darío Egas. En cuanto a lo militar, tú resuelves sea necesario… E. Alfaro”.
“Panamá. Diciembre de 1911.- General Montero. Guayaquil. Vapor saldrá Manta. Llegaré en 3 días. Comunicar amigos provincias, especialmente Quito. Eloy Alfaro”.
“Dr. Clemente Huerta. Guayaquil. Jerónimo, Colón, deseamos vida privada, pero deber mío atender voluntad pueblos. Sabré cumplirla, prefiriendo ser mediador, pacificador; saldré, mañana. Eloy Alfaro”.
“Panamá. Diciembre 31 de 1911.- General Montero, vapor viajo directo. Llegaré miércoles. E. Alfaro”.
“Panamá. Diciembre 31 de 1911.- A Jerónimo Avilés. Voy a embarcarme, miércoles estaré allá. Queda Olmedo.- E. Alfaro”.
El 5 de enero de 1912 llegaba a Guayaquil el general Alfaro. La recepción no fue igual a la del 30 de Junio de 1895, cuando lo proclamaron como salvador de la Patria, después del 5 de Junio del mismo año. Esta vez muy poca gente salió a las calles. La ciudad era un cuartel, las tropas de Montero se preparaban para la guerra. Lo primero que hizo fue lanzar un “Manifiesto a la Nación”, en el que analizaba las causas de la división del Partido Liberal y ofrecía la paz a los contendores.
Un párrafo del Manifiesto decía:
“El patriotismo me impone misión de paz y, como lo espero, me secunda la mayoría de mis compatriotas; será ello lo que constituya la más grata satisfacción de mi vida… Procedamos con cordura… Ir a la paz mediante un juicioso acuerdo para elevar a la Primera Magistratura del Estado a un civil, de reconocida honorabilidad, capaz de continuar la obra de engrandecimiento que ha venido efectuando el régimen liberal; sería hermoso y digno de un pueblo patriota como es el Ecuador… Eloy Alfaro”.
Le escribió al encargado del Poder Ejecutivo, Carlos Freile Zaldumbide, solicitándole designe una comisión para entenderse con Montero y buscar la paz. Todo fue en vano. La guerra fratricida era inevitable. Y de Alfredo Pareja Diezcanseco copio lo siguiente:
“La prensa, al servicio de la beatería, pedía sangre… El Grito del Pueblo decía -S
iMontero asumió la responsabilidad, él debe salir a la buena, a costa de su propia cabeza…-; El Guante decía -Con qué gusto habríamos visto que el noble gremio de cocheros de Quito y los batallones de la guarnición, levantasen la horca más alta que la que levantaron los limeños para los hermanos Gutiérrez en la Catedral de Lima-…; El Ecuatoriano decía -Hay grande expectación popular. Deseamos que la sangre de Montero sea la última vertida por sus ambiciones…-. El odio se extendía por el país…; La Constitución, diario de Quito, escribía -es imposible la vuelta del alfarismo y si él viene será para que el pueblo de Quito haga con esa gente lo que Lima hizo con los Gutiérrez, asesinarlos, arrastrarlos y colgarlos de los faroles…-”.
El gobierno de Quito preparó al ejército expedicionario y nombró al exministro de hacienda de Estrada, general Leonidas Plaza, como General en Jefe, al general Julio Andrade, Jefe del Estado Mayor. Como jefes connotados de las fuerzas de la Capital cabe señalar a los coroneles Luis Sierra, Víctor Fiallos Pontón y Julio Mancheno.
Las unidades que partieron desde la ciudad de Quito fueron los batallones de infantería Carchi, Pichincha, Marañón, Juan Montalvo, la Guardia Republicana, el Escuadrón de Honor y el Regimiento de Artillería Bolívar. El general Montero también estaba listo para la guerra y desde Guayaquil partió al mando de los batallones Tulcán, Daule, Vargas Torres, el Esmeraldas integrado por morenos veteranos del combate del Gatazo y otras batallas conducidas por Alfaro, el regimiento de artillería Sucre y el regimiento de caballería Taura.
4.1.- Batallas de Huigra, Naranjito y Yaguachi.
El 11 de enero de 1912 se libró el primer combate entre monteristas y placistas. La lucha fue encarnizada y el triunfo le correspondió al general Plaza. El coronel Belisario Torres fue hecho prisionero y llevado a Quito, donde fue asesinado al entrar al Penal, futuro lugar del asesinato de los Alfaro y sus capitanes. Solo con este crimen ya se podía prever lo que iba a pasar con los vencidos.
El segundo combate, el de Huigra, fue dirigido por el general Andrade, de parte de las tropas constitucionales. El mismo sería asesinado poco tiempo después, por oponerse a la reelección de Plaza como presidente.
El 14 de enero Plaza tomó Naranjito y avanzó hasta Milagro. Desde esta población ordenó a Andrade, “El 1mer convoy pasará hasta el ingenio Matilde, en donde acampará usted general, quedando a 10 minutos del ingenio Valdéz en donde estoy yo. El 2do. Convoy debe quedar en San Miguel. Venga usted general porque la sangre de Huigra y Naranjito me tienen anonadado”.
El 18 de enero se produjo el combate final en Yaguachi, más sangriente que los de Huigra y Naranjito. 400 soldados murieron de lado y lado, fuera de los heridos graves, que morirían después. Montero ya no quería saber nada de la guerra después de las derrotas anteriores. Le tocó actuar como jefe de los rebeldes a Flavio Alfaro. Herido su caballo de guerra, también el jinete recibió una herida en la pierna izquierda. El coronel Carlos Concha llevó a Flavio herido hasta Guayaquil por el río. Tanto las tropas de Quito como las de Guayaquil quedaron diezmadas. Se calcula que la acción de armas de Yaguachi el total de bajas llegó a 1.500 hombres.
Después de las derrotas de Huigra, Naranjito y Yaguachi, el general Eloy Alfaro aceptó el nombramiento de director de la guerra, por parte de los sublevados, pero no quiso que continuara la contienda. Poseía muchos soldados leales y barcos de guerra, de tal manera que la toma de Guayaquil habría sido una empresa arriesgada y peligrosa para los generales Plaza y Andrade.
El general Julio Andrade en su parte de guerra dice al gobierno de Quito lo que sigue:
“Es evidente, con toda seguridad, que, si los generales Alfaro no entregaban la plaza, nos veíamos nosotros en las condiciones más desventajosas para obrar sobre Guayaquil. A ningún ejército del mundo se le podía exigir más de lo que había dado el nuestro: tres sangrientos combates en 1 semana. Después de Yaguachi la postración fue total… Habría sido necesario regresar a Alausí y Riobamba para reorganizar a nuestras tropas”.
4.2.- La rendición de Guayaquil.
La división se instaló en el campamento rebelde. Eloy Alfaro convenció a Montero que era necesario negociar. Protestó su sobrino, el general Flavio Alfaro, que deseaba pelear hasta el último. Pero el Viejo Luchador ya había conseguido la mediación del Cuerpo Consular y los caballeros ilustres del Puerto. Acompañado de esta comisión, partió Alfaro a Durán, a entrevistarse con Plaza, el 20 de enero de 1912.
El general Plaza informó al gobierno de Quito que en las bases del Convenio entre él y Alfaro, teniendo como garantes a los cónsule extranjeros, había un literal que decía que él (Plaza) “había aceptado la paz a cambio de la entrega del Puerto y, los cabecillas, los Alfaro, se exiliarían por un tiempo prudencial”. El Poder Ejecutivo contestó al general Plaza: “El gobierno ha acordado la inmediata ocupación de Guayaquil por medio de las armas. Pues, sería una vergüenza para usted general conceder garantías a los traidores. (f) Carlos Freile Zaldumbide”.
El 22 de enero respondió Plaza a Zaldumbide:
“En cuanto que sea vergonzoso la entrega de Guayaquil por capitulación, acepto esa vergüenza y, desde ahora, le aseguro que esta página será la mejor que legue a mis hijos. Mi espíritu está enfermo; la sangre derramada en Huigra, Naranjito y Yaguachi, es sangre de nuestros hermanos… Todavía tenemos 400 cadáveres insepultos en Yaguachi. ¿Se quiere más sangre?. ¡Qué venga otro a derramarla!”.
Suscrito el Acuerdo de Durán, las fuerzas vencedoras desembarcaron en Guayaquil el 23 de enero de 1912. Pero, el batallón esmeraldeño Vargas Torres se negó a entregar las armas y los de Quito los sometieron a la fuerza, hasta que murió el último soldado. Los muertos del bando constitucional en este combate causaron irritación, entonces los representantes del bando quiteño empezaron a propagar el rumor de que se había roto el Acuerdo de Durán. La situación se agravó más debido a la explosión del parque del regimiento de Artillería Sucre, del bando de Guayaquil.
Una vez Guayaquil en poder de las fuerzas de Plaza el odio y la venganza se extendieron por la Patria. La prensa nacional atizaba la hoguera del rencor. El diario La Prensa de Quito editorializaba: “La víbora en casa”:
“Con aire de soberano del Congo viene Alfaro a pacificar sus dominios… Esta es la víbora que tenemos. ¡Oh ecuatorianos! Y a esta víbora es preciso triturarla…”.
En otro editorial de diario El Comercio, de Quito, del día 11 de enero de 1912, se leía:
“Será la llegada de Alfaro a Guayaquil un poderoso estímulo para acabar de una vez para siempre, con todos estos elementos nocivos para la República. Tal vez la justicia haya unido a Alfaro con Montero para ejercer sobre ellos sus inexorables reivindicaciones…”.
El ministro de Gobierno, Octavio (El Cuto) Díaz, declaraba para diario El Tiempo de Guayaquil, lo siguiente:
“Los Alfaro son imposibles: si ellos triunfan, los liberales radicales y los conservadores nos hemos de unir con el gran pueblo ecuatoriano para rechazarlos o para incinerarlos si cayeran prisioneros”.
Fue este Cuto Díaz el que dictó la sentencia de muerte, antes mismo de que los prisioneros llegaran inermes a Quito. En el Puerto los soldados vencedores se dedicaban a toda clase de infamias: saqueos, violaciones de mujeres alfaristas, trago y pólvora tomaban para la venganza.
4.3.- Eloy Alfaro es detenido.
Como anoté unos párrafos más arriba, los vencedores del bando constitucional, adujeron que el batallón Vargas Torres combatió hasta que murió el último de sus soldados y sumado a una explosión accidental del parque de artillería del batallón Sucre, de la que se acusó sin pruebas al general Flavio Alfaro, que convalecía de su herida en la pierna; por lo tanto, declararon por sí y ante sí que el Convenio de Durán estaba roto y que les importaba un pepino las garantías del cuerpo consular de Guayaquil. Saldrían a buscar a los jefes del ejército rendido.
El primero que cayó fue le general Montero, el 25 de enero de 1912, que de inmediato fue sometido a consejo de guerra, con una condena de 16 años de prisión; descontento con la sentencia, un oficial del batallón Marañón le disparó a boca de jarro un cartucho. Montero quedó gravemente herido. Los odiadores no contentos con la ilegal ejecución, arrojaron el cuerpo de Montero a la calle, en donde las turbas enceguecidas por el rencor y el fanatismo, lo recogieron, lo ataron a cuerdas y lo arrastraron hasta la Plaza de San Francisco, lugar en que se levantó una pira y aún vivo, el general fue quemado.
Pero los sicarios buscaban a su trofeo principal, el general Alfaro y sus lugartenientes. “Tenemos que arrancarle la barba al viejo sinvergüenza”, exclamaba la soldadesca por las calles de Guayaquil. Alfaro en cambio, en un arranque de ingenuidad, afirmaba que “Placita tiene la sagrada obligación de cumplir con el Convenio de Durán; es mi amigo, respetará las leyes de guerra. Él me protegerá”.
En la casa de un amigo halló Eloy refugio, el mismo día 25. Allí esperaba la oportunidad para embarcarse a Panamá. Su familia ya estaba a bordo del barco Chile, esperando al viejo soldado. Con el asilado estaba su hijo político Jerónimo Avilés. Llamaron de repente a la puerta, era un piquete de soldados. Alfaro los recibió de pie. Los aprehensores dijeron que el general Plaza los enviaba a capturarlo. Alfaro y su yerno fueron llevados al calabozo, junto al recinto donde juzgaban ya a Montero. Y siguieron llegando más y más presos: su hermano Medardo Alfaro, enfermo y casi paralítico; el general Manuel Serrano, que no había intervenido en la contienda y si estaba en Guayaquil era para saludar a su ex -jefe, Alfaro; Flavio Alfaro, herido de bala en la batalla de Yaguachi, al que ni siquiera se le permitió curarse de sus males, Y después llegaron a la prisión el general Ulpiano Páez, el periodista coronel Luciano Coral. Al hijo político de Alfaro, Jerónimo Avilés, lo sacaron del calabozo a empellones y por la fuerza y lo embarcaron en el Chile, fondeado en el río Guayas listo para zarpar. Solo esperaba al general Alfaro.
5.- CAMINO AL HOLOCAUSTO Y A LA MUERTE.
Era un convoy militar. Cual fieras encadenadas, fueron embarcados los generales Eloy Alfaro, su hermano Medardo, su sobrino Flavio, los generales Ulpiano Páez, Manuel Serrano y el más inocente de todos, el coronel y periodista Luciano Coral. Los 6 eran custodiados por un batallón, al mando del felón coronel Alejandro Sierra.
En Quito, el circo estaba preparado. La soldadesca se peleaba por una galleta. Un soldado mató a otro por un cigarrillo. Sangre pedían los curas y las beatas. Se hacían rogativas cantando: “Kirieleison, kirieleison, ¡del indio Alfaro líbranos Señor!”. Conservadores y liberales radicales, estos últimos timoneados por el Ciego Vela, clamaba justicia al pueblo, enloquecido por el odio.
La prensa de Quito contaba los días para la llegada de los pobres presos. Desde Guayaquil, las esposa y viuda de Montero pidió a Freile Zaldumbide que ordene se le entreguen la cabeza y el corazón del general, su esposo, que iban de mano en mano, en poder la soldadesca placista. La tragedia se aproximaba.
Freile Zaldumbide y su gabinete, a sabiendas de que llevaban al sacrificio a los prisioneros, impasibles, rencorosos, fieros y salvajes, ordenaron y se impusieron, en el sentido de que los caídos debían llegar a Quito, ¿para qué?, para que los mate y arrastre “el pueblo”, con minúsculas y entre comillas. Ya días antes, Octavio “El Cuto” Díaz, falaz ministro de Gobiernos, había dictado la sentencia de muerte.
Existe para la posteridad un valioso documento, una relación pormenorizada del viaje del convoy de la muerte. Un legado para la posteridad, escrito por el coronel Carlos Andrade, hermano del general Julio Andrade. Carlos fue un jefe pundonoroso y leal a sus jefes, que encontrándose en servicio activo, desafió a los asesinos, se embarcó en el carro de los prisiones en Huigra y los acompañó hasta Quito, en un intento por salvar la vida de los ilustres condenados al suplicio
Lo más notable de este documento histórico de Andrade queda extractado así:
“La embarcación que llevó a los presos a Durán navegó sin luces y, en este pueblo, Alfaro le dijo al coronel Alejandro Sierra, Jefe del batallón de infantería Marañón, hombre de negro recuerdo: Alejandro, si no han tenido valor para asesinarme en Guayaquil, fusílame aquí mismo, pero no me obligues a hacer este viaje”.
Ya en el vagón, tratados peor que ganado, Ulpiano Páez miraba a Sierra con furor. Las piedras y los insultos comenzaron en Durán y en todas las demás estaciones hasta Huigra, en donde se embarco el coronel Andrade, que continúa su relato:
“Alfaro se puso de pie y me abrazó. En el hotel de Huigra les esperaba el almuerzo… Lis generales fueron servidos dentro del vagón. El general Alfaro me dijo: desde ayer en la mañana solo he tomado una tacita de café, ahora no quiero sino unos bocados de caldo. Ya has de saber de la muerte de Montero. No es obra del pueblo guayaquileño”.
El coronel Carlos Andrade sigue su relación así:
“Pasada la Nariz del Diablo la máquina se detuvo, había muchas piedras sobre las vías. Cerca de Alausí, otra detención. Habían querido destruir el tanque de agua a golpes de hacha. Más adelante, una piedra enorme en medio de la vía. Al llegar a Alausí de noche, una poblada en la estación prorrumpió en gritos contra Don Eloy. Me asomé a una ventanilla e increpé a los manifestantes, Entramos al hotel de Catani, que facilitó colchones para los generales. Al día siguiente, supe que había orden de no seguir a Quito, sino de regresar a Guayaquil, para allí se juzgados los presos. Hablé con Sierra y me manifestó que había inminente peligro, pues la tropa estaba desesperada por llegar a Quito y que los de Alausí en connivencia con la tropa querían matar a los generales. Don Eloy Alfaro me entregó un rollo de papeles en presencia de los oficiales y de la tropa y me dijo: te encargo esto que me ha tenido muy preocupado durante el viaje, por temor de que se me pierda, no de que me roben, porque felizmente estos muchachos son muy honrados (se notaba la ironía de Don Eloy. La maletita en que los he guardado a cada rato se me confunde y, en tus manos, los papeles quedarán seguros. Es la historia del ferrocarril. El gobierno ordenó que sigamos a Quito. Los prisioneros bajaron al almuerzo en la estación; y sentados ya en la mesa, el general Don Eloy Alfaro me dijo: en cuanto puedas, que esos papeles se den a luz. Es la vindicación del pobre Harman, a quien tanto se ha calumniado… A Catani, dueño del Hotel, pidió el Viejo Luchador que lo despidiera de sus hijos: que acompañen a su madre, que no beban nunca mis hijos hombres. Nada hay peor que la embriaguez. Dígales usted que voy a morir pensando en ellos, mis hijos queridos, hijos de mi alma”.
Hasta los criminales, para ser ajusticiados, es menester someterlos a un tribunal de justicia. Con los beneméritos de la Patria, se omitió aunque sea una mojiganga de justicia. El gobierno de Freile Zaldumbide había dictado la pena capital para quienes trajeron la civilización al Ecuador. Andrade continuó su crónica de la ruta hacia el cadalso:
“A la una de la tarde (27 de enero de 1912: NDT) estuvo listo el tren para seguir a Quito (estábamos en Alausí)… Una turba más insolente que la de la víspera comenzó a gritar desaforadamente. Fui insultado también yo. De Guamote se comunicó al Gobierno que llegaríamos a las 4 de la mañana (del día domingo 28 de enero:NDT) a 2 kilómetros de Quito. En Ambato trataron de hacer manifestaciones hostiles, pero pasamos rápidamente. En Latacunga demoramos casi 2 horas y el itinerario se alteró. En esta ocasión hubo también una feroz asonada. No obstante, de haber llegado a las 12 de la noche, una horda de mujeres desarrapadas insultó infamemente a los generales prisioneros y arrojaron piedras y lodo a las ventanillas del coche. En un rato de indignación hice dos disparos de revólver, pero ni así se contuvo la aquella chusma hasta que el tren partió. Allí, el general Eloy tomó una tacita de café. Al amanecer, después de una noche terriblemente fría, llegamos a Tambillo. El Gobierno ordenó el avance a Quito. La tropa del Marañón nos inspiraba serios temores y era imposible retroceder, razón por la que el coronel Sierra recibió autorización para continuar a Quito. El general Eloy llamó a Sierra y a mí y nos dijo textualmente: a mí me gusta preverlo todo. Entiendo que en la estación de Quito nos espera una poblada; yo quisiera que ustedes enviaran adelante una comisión para que se entienda con la multitud, manifestando que me resigno ir al Panóptico, a esperar el resultado del juicio o lo que sea. Si acaso convienen, que me permitan hablarles y les convenceré que estoy resuelto irme al Panóptico y, en último caso, que me perdonen. No quiero que me vengan a agarrarme de las orejas o de la barba, ni ser ultrajado de ningún otro modo… Sierra y yo le dijimos que no tenga cuidado, que ya estaban tomadas las medidas de seguridad… Se resignó el general y no nos volvió a decir una palabra más. Cerca del lugar que debía parar el tren para que los prisioneros fueran trasladados a un automóvil, según lo convenido, los generales fueron recibidos por el coronel Alcides Pesantes y el mayor Alberto Albán, quienes iban al frente de su asiento. Don Eloy recomendó al mayor Albán el cuidado de 2 maletitas de ropa interior para que las mandara al penal. Yo pedí un caballo para acompañarlos. Y como no hubiera el coronel Sierra me indicó que fuera en el mismo automóvil. No hago comentarios sobre la indicación, que quizá pudo ser inspirada por buenos fines, pero ya mi compañía en esas condiciones de ninguna utilidad podría ser para los prisioneros; y les vi partir sin imaginarme que me despedía de ellos para siempre…”.
Hasta aquí la relación del coronel Carlos Andrade, hermano del general Julio Andrade vencedor en Huigra, Naranjito y Yaguachi, que nada hizo para impedir el viaje a la muerte de los beneméritos de la Patria, los Alfaro.
6.- EL AJUSTICIAMIENTO Y EL ARRASTRE.
Todo, hasta en sus mínimos detalles, estaba preparado en Quito para el ajusticiamiento de los vencidos. Los chacales y las bestias olfateaban la sangre. ¡Crimen sin nombre en la historia de la Patria!, ¿a dónde el derechos de gentes?, ¿dónde el derecho del acusado de ser oído?, ¿dónde se fue la caridad cristiana?, si hasta el arzobispo de Quito, monseñor Federico González Suárez, jefe nato de la Iglesia Católica Ecuatoriana, se hizo el ciego y el sordo.
Embarcados en el automóvil, los generales y sus acompañantes fueron conducidos a ese infierno vivo en aquel entonces y ahora que es el Panóptico o Penal “Gabriel García Moreno”, revancha de la historia. Empezó la macabra procesión. Piedras e insultos llovían sobre el carro de la muerte en el que iban los ilustres jefes del Ejército Ecuatoriano. No asomó un solo valiente y pundonoroso militar que desenvaine su sable y lo blanda por encima de la enloquecida chusma o dispare su arma para salvar el honor de las Fuerzas Armadas. Andrade ya se había retirado prudentemente, como Pilatos.
Una piedra hirió el rostro del general Ulpiano Páez. Disparos de fusil se oían por doquier, estruendos de esas armas que el pueblo había confiando a sus soldados para defender la frontera de la agresión peruana, apenas en 1910. El general Eloy Alfaro miró la palidez de sus compañeros de infortunio: ¿tienen miedo a la muerte?, les preguntó. “¡Ningún alfarista ha tenido miedo nunca, sigamos al sacrificio!”, le contestaron.
Llegaron a la fortaleza de piedra construida por García Moreno, que ahora se transformaba en una mueca grotesca de la ironía del destino. Las puertas de hierro se abrieron. Sierra entregó las víctimas al Jefe de Guardias del Penal, Carlos Arroyo y, este bandido, se regocijaba y se frotaba las manos; fue el mismo que disparó el fusil para indicar a la multitud que se arremolinaba en el frontis del Penal, por donde debían efectuar el asalto. Don Eloy, como Cristo, resbaló, tropezó, cayó. Se levantó y siguió a su calabozo. Cuando Arroyo cerró las puertas, el felón de Alejandro Sierra, que no merecía ser llamado coronel, desde lo alto del pretil se dirigió a la muchedumbre y arengó: “Yo he cumplido con mi deber. Ahora les toca a ustedes”. Y se fue el muy cobarde jefe del Marañón, regresaba a Guayaquil. Algo más grave y criminal, el Penal es una fortaleza de piedra, que con muy pocos soldados se puede defender.
¿Estaban a salvo los prisioneros?. No. De ninguna manera. El mismo ministro de Gobierno, Octavio “El Cuto” Díaz, llegó en su carro a inspeccionar a la gentuza. Llegó hasta las cercanías del Penal y no dio una solo orden a la policía para que despejara a los asaltantes.
Era tarde ya. Los presos merecían descansar en sus celdas. De repente una estampida, gritos, insultos, carreras por los pasillos del infernal panóptico. Las puertas habían sido abiertas de par en par. Disparos de fusil invadieron las lóbregas celdas de los presos. Las víctimas no lo podían creer. Los victimarios corrían, se empujaban, rompían los cerrojos de las puertas de cada celda. Buscaban al general Eloy Alfaro antes que a los demás. El presidente se incorporó, pues estaba sentado en un miserable banco que algún soldado o policía, que lo mismo da, le había proporcionado.
“¡Qué quieren de mí!”, gritó con altivez a los facinerosos y recibió un disparo en la cabeza. Esa testa venerable, que había dirigido la libertad del Ecuador, cayó sobre la piedra fría de la infame celda. Carcajadas fueron la respuesta a la caída del héroe de mil combates por la Patria. Los demás presos, uno a uno, eran sacados de sus calabozos y asesinados a sangre fría, con disparos de fusil, con garrotes y con varillas de hierro.La carnicería era espantosa. Participaban también los soldados del Marañón, ese batallón de infames que era comandado por Alejandro Sierra; tenían sus bocas transformadas en fauces, como fieras, que botaban espuma, auténticos perros rabiosos, sin pizca de humanidad.
El general Páez había ocultado una pistola en una de sus botas y se defendió como un verdadero soldado. “¡Muero matando!”, gritó el valiente, antes de desplomarse. El general Flavio Alfaro, aunque estaba herido, se parapetó en la puerta de su celda y no dejaba pasar a nadie, hasta que un tiro de fusil lo mató.
La multitud gritaba enardecida: “¡Mueran los masones!, ¡mueran los impíos!, ¡mueran los herejes!, ¡viva la religión!”. Estaba mareada por la sangre de sus víctimas. “¡Qué le arranquen la lengua a Luciano Coral para que no hable más!”, vociferaba la turba incontrolable y asesina. El anciano Medardo Alfaro rodaba por las gradas cuando ya era cadáver.
El historiador Alfredo Pareja Diez-Canseco, en su obra “La Hoguera Bárbara”, deja escrito:
“¡En nombre de Dios!, prostitutas, ladrones, frailes, alargaron las manos sobre el menudo cuerpo de Don Eloy; tantearle, a dejarle sin sentido, a desgarrar sus ropas, a tocarle alguna vez, ídolo muerto. No podían hablar, pero reían. Se dieron placer en clavarle las uñas y robarle. Desnudo ya le llevaron hasta el filo de corredor y de allí lo aventaron contra el patio… La cabeza del general Serrano golpeaba las piernas… el tímido cuerpo de Don Eloy iba inerte, tirado de las piernas. Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, unos sin acabar de morir, otros blancos, mudos, con los ojos clavados en una distancia inapelable… Todos desnudos, a unos de los pies, a otros de las manos, los arrastraban… Celia María León jugaba con las piernas de Don Eloy. De mano en mano sus testículos arrancados pasaban sobre sus cabezas…”.
La tarde iba muriendo y empezaban a dominar las primeras sombras nocturnas, por lo que para los criminales se hacía preciso llegar hasta el parque de El Ejido, con las víctimas agonizantes unas y muertas otras, a medio vestir todas. La chusma ya tenía listas las sogas para el arrastre. Las tareas fueron repartidas. La multitud gritaba a todo pulmón “¡Al Ejido!, ¡al Ejido, con los bandidos!”. Los falsos liberales radicales pagaron el valor de las cuerdas que ya estaban listas en la calle, ahora llamada Rocafuerte. Amarraron a los mártires de brazos, pies y piernas, uno por uno. Para cumplir el cometido, estaban listas las mujerzuelas, los borrachos, cargadores y mozos de cordel o esquina; no faltaron los chullas quiteños.
Inició la macabra procesión hacia El Ejido, el tradicional parque de Quito, que fue mandado a construir por el mismo general asesinado, con motivo del centenario del 10 de Agosto de 1809. Las calles de la Capital eran empedradas. Por esas piedras rodaban los cadáveres profanados de los ilustres ecuatorianos y sus mil títulos. Nada de compasión. Nada de respeto por los muertos, que son sagrados hasta para los pueblos más primitivos.
Llegados a El Ejido, los tumultuosos regaron kerosene encima de los muertos despedazados y como se acabó el combustible fueron a traer leña para la pira funeraria. Prendió el fuego y fueron quemados los restos mortales de quienes en vida actuaron como soldados de honor, valientes en los combates y las batallas libradas por la libertad. Ellos estuvieron desarmados. Con los rendidos hay que tener caballerosidad e hidalguía. El rendido merece respeto. Anochecía. La chiva de Alfaro, engastada en la punta de una bayoneta, recorría el campo iluminado por las llamas. Los bárbaros bebían, en un cráneo vaciado, la chica de jora. Era la cabeza de Medardo Alfaro. Los pinos y cipreses sembrados por Don Eloy bajaron sus ramas en señal de duelo.
Terminaba la faena canibalesca en la noche del 28 de enero de 1912. Era domingo y, como de costumbre, a las 20:00 las bandas militares daban retretas en las plazas de la ciudad. Pasaron a la gloria eterna los héroes del Gatazo, San Miguel de Bolívar, Cabras, Chasqui, Caranqui y mil batallas más, ocurridas para conquistar la libertad y la paz. Pero no se ha extinguido ese grito de guerra que aún golpea para los siglos de los siglos a los tiranuelos de turno: “¡Viva Alfaro carajo!, ¡viva la libertad!, ¡viva la democracia!”.
Los asesinos en la Capital fueron:
- El cochero José Cevallos, capitán de la chusma que invadió el Penal.
E El carnicero José Chulco.
- El fraile Bravo, del convento del Tejar, orden Mercedaria.
- El clérigo Serrano, que llevaba una bandera tricolor desplegada al viento.
- Todos los soldados del regimiento de infantería Marañón.
- La potranca Adelaida Almeida.
- Una mujerzuela apodada La Pacache.
- Un hijo de La Pola.
- El zapatero Simón Montenegro.
- El carpintero José Suárez.
Todos fueron reconocidos por miles de testigos del crimen. A este grupo de malandrines agréguense los 10.000 individuos que asaltaron el Penal Gabriel García Moreno.
La pluma tiembla y la mente se indigna, al recordar a los 75 años, el vil crimen cometido por los habitantes de la ciudad de Quito, en la persona de sus regeneradores, pero la historia ya dicto su sentencia en contra de todos ellos y ellas, criminales. Esta enumeración no estaría completa sin la lista de los cómplices intelectuales, a quienes hay que marcar con letras negras. Ellos fueron y son:
- Carlos Freile Zaldumbide, encargado del mando de la República.
- Octavio “El Cuto Díaz”, su ministro de Gobierno.
- General Juan Francisco Navarro, ministro de Guerra y Marina.
- Coronel Luis Alejandro Sierra, jefe del batallón de infantería Marañón.
- Los generales Leonidas Plaza Gutiérrez y Julio Andrade, jefes del Ejército Expedicionario que marchó sobre Guayaquil.
Estos son los responsables morales del crimen de El Ejido, señalados por la historia. El peor de los pecados siempre será la omisión y la negligencia.
7.- ¿QUIÉNES FUERON LOS COMPASIVOS Y RECOGIERON LAS CENIZAS DE ALFARO?.
Solamente existen reminiscencias, recuerdos, de las personas piadosas que recogieron los restos calcinados, tanto del general Alfaro, como de sus compañeros de sacrificio e infortunio. No he hallado ninguna relación oficial de insuceso, los historiadores callan, nada dicen de cómo los huesos calcinados, algún pedazo de carne chamuscada, tal vez algún jirón de sus ropas, un maxilar, una tibia, etc, de los beneméritos generales hubiesen sido recogidos y llevados al cementerio de San Diego.
De aquí que, he recurrido a viejos quiteños para que, de su misma voz, escuchar las versiones de aquel luctuoso acontecimiento. El señor doctor en medicina, Abel Alvear, ciudadano cultísimo y que tiene 89 años, me narró como testigo vivo que fue, el arrastre. El vio, miró y fue testigo presencial de lo que ocurrió el 28 de Enero de 1912. El doctor me dio su testimonio:
“Tenía 14 años. En aquel entonces almorzábamos a las 11 de la mañana. Era domingo. Ya se oía en Quito que a la tarde llegarían los presos. Entonces, presuroso fui al penal. Ahí encontré a una poblada de más 5.000 ciudadanos, que vociferante se habían apoderado de todo el perímetro de la prisión. Y miré cuando a las 2 o 3 de la tarde llegó el automóvil con los presos. Los sacaron a empellones del vehículo y los metieron adentro. Recuerdo que un jefe militar entregó a los presos. Supe que se llamaba coronel Alejandro Sierra y era aclamado por el público, con cierta sorna. Le gritaban: ¡viva mi general!, ¡viva el héroe de Huigra, Naranjito y Yaguachi!. Nunca se borrará de mi memoria cunado uno de los más exaltados le increpó a Sierra así: ¡y mi general!, el pueblo lo ascendió, usted es solamente coronel, ¿Por qué no mató en el camino a estos bandidos?. Entonces, él, montado en un caballo castaño, respondió: yo cumplo con mi deber, ahora les toca a ustedes. Y se fue. Serían las 19:00 cuando los muy jóvenes doctores de la ley Augusto Egas y César Semblantes, arrostrando mucho peligro, pues eran fichados como liberales alfaristas, golpearon las puertas del Convento de San Agustín y solicitaron hablar con el padre superior, a quien pidieron que les acompañe a El Ejido, para cumplir con la piadosa y cristiana obligación de recoger cuanto buenamente hubiese sobrado del incendio, luego del arrastre de los cadáveres. El padre superior les replicó que el nada podía hacer sin el permiso del señor arzobispo González Suárez. Y se dirigieron rápidamente al palacio arzobispal, que queda a una cuadra del convento augustino. Llegados ante monseñor, hablaron francamente con el arzobispo, manifestándole sus buenos deseos. Entonces, el señor González Suárez les informó, que ya había dispuesto que el canónigo Alejandro Mateus, con el cura de San Blas y el capellán de los hermanos cristianos del mismo San Blas, cumplan con la tarea y comisión cristiana de enterrar a los muertos. Y, en efecto, los tres sacerdotes, en un coche, partieron a El Ejido. Pero cuando llegaron al lugar de la pira, estaba rodeado por la policía. Se presentaron ante el inspector que mandaba a la guardia macabra y le pidieron que les permitiese recoger calaveras, tibias, carnes, o lo que quedase. El jefe policial respondió que tenía órdenes terminantes de no permitir a nadie recoger los despojos de los asesinados y quemados. Ante negativa tan contundente, la comisión de los religiosos volvió tranquilamente a informar al señor arzobispo de la negativa de su misión. Serían como las 21:00. Un sujeto caritativo, un ciudadano equis, en tanto, había arrojado su abrigo encima de la fogata que ya estaba apagada, para tapar los restos calcinados”.
Tétrico tenía que ser el cuadro. Las sombras encubrían el crimen. Boca de lobo era El Ejido. Llega una carreta tirada por un mulo y conducida por algún auriga desalmado, que estaba en compañía de 3 o 4 capariches limpiadores o barrenderos de la ciudad. Paró la carreta, recogieron los restos de los ilustres ajusticiados, hicieron tres montones de calaveras, tibias, fémures, costillas, manos, pies, de todo lo que hallaron. Todo revuelto. Todo profanado. Era chacales, hienas. En tres cajones arrojaron las cenizas del pensamiento libre, eran los restos de la inteligencia humana que ya no existía, eran los restos de los venerables jefes de la libertad, la luz y la belleza. Pero para los animales que cumplían con su esbirra tarea nada significaban. La carga, encima de la carreta, partió hacia el anfiteatro anatómico del Hospital San Juan de Dios, situado en la calle García Moreno. ¡Oh, segunda infamia del destino en un solo día!. Los libertados de la Patria estuvieron presos y fueron asesinados en un penal que se llama García Moreno. Ahora sus restos mortales van a parar junto a una calle que se denominada García Moreno, ¡el tirano al que combatieron los ilustres muertos!.
En el depósito de los muertos del Hospital San Juan de Dios, cuarto húmedo y mal oliente, descargaron los cajones y los entregaron al médico legista, doctor Guzmán y a sus estudiantes de medicina, para que cumplan con las autopsias de ley. Es imposible que este cuerpo legista haya podido cumplir con su actividad científica, porque en los tres cajones los restos estaban muy revueltos.
Con seguridad, en la misma carreta mulera, los tres cajones partieron al camposanto, al cementerio de San Diego. Aquí, los muleros entregaron las cajas al panteonero de apellido Vaca, con la consigna de ocultarlos en el lugar más reservado y que ha nadie se de información sobre su ubicación, se quien sea el preguntón, dispuso el gobierno.
“Hace años, durante una conversación sostenida entre el escritor Julio Troncoso y el periodista Nicolás Arteta, el segundo preguntó al primero: se que va a publicar un libro titulado Vida anecdótica de Alfaro, por lo que le felicito y deseo hacerle una pregunta, ¿sabe usted cómo fueron a parar los restos de Alfaro a Guayaquil?”; esta versión fue recogida por Jaime Iturralde, de Latacunga, hijo del doctor Iturralde, culto abogado y contemporáneo de los abogados, quien contó a su descendiente la odisea de los restos quemados en El Ejido. Nicolás transcribió esta versión.
“Troncoso le replicó: creo que distinguidos guayaquileños, comisionados por la familia del General, los llevaron intempestivamente, luego de exhumarlos en el cementerio de San Diego. Arteta le corrige: no, quien salvó los restos de los generales, antes de que llegasen los guayaquileños a llevarlos, fue Arcesio Escobar, quien les siguió la pista a los carretoneros, que conducían los tres cajones con los restos de los quemados en El Ejido, desde el anfiteatro del San Juan de Dios hasta San Diego y, entonces, con la colaboración del panteonero Vaca, Escobar se apoderó de los restos y con sigilo los transportó hasta la casa de la dama quiteña Rosa Cevallos de Guarderas, íntima amiga de Ana Paredes, viuda de Alfaro y de toda su familia. Seguramente, Rosa Cevallos fue la inspiradora de Arcesio Escobar, ejecutor del rescate, pero no por dinero sino por amor y devoción a los Alfaro. El mismo Arcesio, antes de morir, era mi gran amigo, me hizo esta revelación”, asegura Arteta.
Continuó Arteta el relato de esta manera: “Rosa Cevallos no escatimó recursos para conservar los restos del general y los protegió en el más absoluto secreto, cual reliquia laica muy estimada. Rosa escribió después al coronel Olmedo Alfaro a Panamá, dándole la noticia y sugiriéndole que viajara a Quito, para hacerle la entrega humilde y doliente de este tesoro. El coronel le contestó muy agradecido, pero le pedía que le excuse de un viaje tan doloroso y triste para él, como también para sus hermanos y de más familiares”.
Jaime Iturralde, señor ya de edad, continúo con la relación de estos hechos, según versión transcrita de Nicolás Arteta: “pasaron uno o dos años y en Guayaquil se organizó el Comité Pro Traslado de los restos del general Alfaro al Puerto Principal. Así sucedió. Una selecta delegación de ciudadanos liberales de Guayaquil viajó a Quito y recibieron el cofre mortuorio de manos de Rosa Cevallos de Guarderas y los llevaron de regreso al Puerto, donde reposan en el Cementerio General, en un hermoso mausoleo”.
El coronel Olmedo Alfaro, hijo del benemérito de la Patria, viajó desde Panamá y acompañó a la delegación de Guayaquil, más no avanzó hasta Quito, sino que esperó en Riobamba a la delegación, que llevaba los restos de su amado padre, el ínclito señor general Eloy Alfaro Delgado, el regenerador de la Patria”.
De su parte, el ingrato general Julio Andrade Rodríguez, recibió el castigo merecido mediante un hecho que podría ser calificado como “Justicia Divina”. Andrade, luego de recibir los beneficios del gobierno de Alfaro ejerciendo importantes cargos, se pasó al bando contrario y se puso a las órdenes de Leonidas Plaza Gutiérrez. Pero, nadie sabe para quien trabaja y mal paga el diablo a sus devotos, Andrade que colaboró con plaza para vencer en Huigra, Naranjito y Yaguachi y nada hizo para evitar el crimen de los Alfaro, murió asesinado el 6 de marzo de 1912 en Quito, un mes y 6 días después del arrastre. Unos dicen que fue muerto por el centinela de Intendencia General de Policía, otros dicen que le echaron un armario encima, de la misma oficina, bien mueble que lo mató de inmediato; al hecho también se lo conoce como el “Crimen del Armariazo”.
Resulta que Andrade también tenía sus ambiciones y quería se candidato a la Presidencia de la República, en oposición a su General en Jefe, Leonidas Plaza Gutiérrez. Con la muerte de Andrade, lo verídico y lo histórico, es que Plaza se libró de un peligroso rival que había lanzado la frase lapidaria “Entre Plaza y yo, toda inteligencia es imposible”. Los liberales-conservadores estaban enamorados de Andrade, para asaltar el Capitolio Nacional en elecciones futuras. Muerto el general, Plaza ganó con facilidad, aunque cargado de sospechas por los asesinatos de los Alfaro y Andrade, víctimas de una posible purga política. Harta tela hay para cortar.
Por otra parte, el escritor Carlos de la Torre Reyes, en su obra “La espada sin mancha: biografía del general Julio Andrade” hace maromas, se esquiva, resbala, para justificar y perdonar la complicidad de Julio Andrade en la infausta muerte de los Alfaro. La razón de la enemistad a muerte de los Plaza Lasso y los Andrade, herederos de Julio, no está clara. Raúl “El Piola” Andrade (QEPD) siempre vomitó odio y venganza hacia la memoria del general Plaza y sus hijos, los Plaza Lasso. Hasta el presente nadie a revelado la razón. ¿Quién o quienes mataron a Julio Andrade?. Sí afirmo, criterio muy personal, que Julio Andrade es cómplice del arrastre de los generales en Quito, Luz de América, el infausto 28 de enero de 1912.
He intentado acortar lo más posible la historia del asesinato de Alfaro y sus lugartenientes, pero la narración es apasionante y, además, son años de historia nacional en los que fueron protagonistas los dos generales.
La bibliografía sobre el sacrificio de Alfaro es abundantísima. El maestro José Peralta en su libro “Los asesinos de Alfaro”, nos da vívidos detalles sobre la crueldad de los matones. Roberto Andrade en la biografía del hombre grande nos ilustra harto sobre el crimen y los criminales. Pero la mejor descripción de todas la encontramos en “La Hoguera Bárbara” de Alfredo Pareja Diez-Canseco.
La historia acusa a Plaza de no haber cumplido su palabra de honor y si él era el General en Jefe de las fuerzas vencedores, ¿por qué no hizo nada para salvar la vida de sus ex-camaradas vencidos?. La polémica aún subsiste. Plaza explicó en su mensaje al Congreso, cuando asumió por segunda ocasión la Primera Magistratura, que habiendo llegado a Guayaquil el ministro de Guerra y Marina del gobierno de Freile Zaldumbide, general Juan Francisco Navarro, su jerarquía quedó de hecho y de derecho, sujeta al mismo, es decir a lo que disponga el ministro. Por lo tanto, fue Navarro quien ordenó que los prisioneros partan a Quito, a la pira de El Ejido.
Qué él, Plaza, hizo todo lo humanamente posible para convencer al ministro Navarro que cumpla con lo resuelto en Durán; pero, que el viejo malvado de Navarro no dio oído a sus peticiones y que, entonces, él partió para Manabí a recibir la rendición de la provincia rebelde, que seguía vivando a los caídos. Sui géneris o inclasificable explicación. La verdad es que un General en Jefe tiene jurisdicción militar y civil en una zona de guerra, por tanto, Navarro bien pudo cumplir con todas las órdenes emanadas por Plaza, porque este último era su superior y no el ministro.
En la recopilación de los escritos de Eloy Alfaro, titulada “Obras Escogidas”, con una extensión de 1.000 páginas, existe un documento muy decisivo al respecto y mal haría después de mi juzgamiento en contra de Plaza en no darlo a conocer y dice:
“Telegrama para Quito. Guayaquil, 24 de Enero de 1912.- Pre. República.- No quiero entrar en discusiones con respecto a las facultades del General en Jefe del Ejército, porque no llegaríamos a ningún resultado. Pero si debo dejar constancia de hechos para la historia… Montero tenía fuerzas para dar otra batalla, tanto más sangrienta que la de Yaguachi y, sin embargo, no vaciló en aceptar las condiciones que le impuse y que constan en la capitulación que se firmó; que la facción flavista obstaculizó los arreglos, con fines siniestros contra sus compañeros y, especialmente, contra los generales Eloy Alfaro y Montero, quienes salvaron por haber entregado las armas del Tulcán a los bomberos, que las defendieron del machete de los esmeraldeños; que los generales pudieron escapar el día anterior y no lo hicieron para evitar que el flavismo se apoderara de la situación; que momentos después que ocupé la plaza, el general Alfaro dio aviso al gobernador del lugar en que se encontraba, habiendo yo enviado al batallón “Guardia de Honor” para conducirlo al lugar donde se halla. Todo esto es verídico y debe tomarse en cuenta por parte del Gobierno. Acaba de llegar el general Navarro… y me alegro, para que sea él quien viole la capitulación que yo firmé… Como la campaña ha terminado con la entrega de las provincias de Esmeraldas, El Oro y Los Ríos y no cabe duda que Manabí se someterá, declino el mando del Ejército, porque quiero aprovechar la salida del vapor Chile para irme a Nueva York, a reunirme con mi familia… (f) Leonidas Plaza…”.
Pero, llegó Navarro y Plaza no se fue al exterior. Mejor, viajó a Manabí, dejando inermes a los presos en manos del antialfarista general Juan F. Navarro, ministro de Guerra, que traía consignas y órdenes de mandar a los presos a Quito. Plaza también puso un telegrama al arzobispo González Suárez, solicitándole implore por la vida de los presos.
Mucha tinta ha corrido y sigue corriendo en la polémica de señalar a los asesinos del gran Alfaro, en particular en lo que se refiere a las actuaciones de los generales Plaza y Andrade. José Peralta en “Los asesinos de Alfaro” responsabiliza directamente al general Plaza, como único responsable del crimen. Alfredo Pareja Diez-Canseco, un insigne historiador, en cambio se comporta resbaladizo, neutral, en el juzgamiento de Plaza como General en Jefe de las fuerzas vencedoras, quien con un poco de humanismo y energía, bien pudo desobedecer las órdenes del gobierno central y del ministro de Guerra, general Navarro y, amparado en el Acuerdo de Durán, en el honor de la Patria y del Estado Ecuatoriano por estar de garantes Chile, Colombia y los Estados Unidos a la cabeza de todo el cuerpo consular, perfectamente y a tiempo para prevenir la tragedia, pudo embarcar a los prisioneros en el vapor Chile y salvar su responsabilidad ante el derecho de gentes y la posteridad. Como ya dije, en el teatro de operaciones la autoridad es el General en Jefe y los demás poderes desaparecen. Un General en Jefe en una zona de operaciones se transforma en un dictador, por eso Plaza esgrimió una deleznable excusa. Por su propia boca se transformó en el Pilatos de América.
En lo que se refiere a Andrade, este se comportó muy mal. Era el Jefe de Estado Mayor, es decir, el asesor técnico del General en Jefe, Plaza. Nada hizo para salvar la vida de su hacedor y valedor, el benemérito General Alfaro. Y, cosas del destino, de nada le sirvió su incondicionalidad con el gobierno de Freile Zaldumbide, ya que en el momento de la sucesión presidencial, se presentaron las candidaturas de Plaza, Carlos R. Tobar e intentó lanzar la suya; pero un buen día, convocado al Intendencia General de Policía de Pichincha sonó un disparo y cayó muerto, para siempre, Andrade el civilizado militar, el exembajador del Ecuador, delegado por Alfaro, en Colombia y Venezuela. Hasta hoy nadie sabe quién ordenó asesinar a Julio Andrade y cómo lo mataron. Lo que sí es verdad es que desde el 6 de marzo de 1912 surgió una eterna enemistad entre las familias Plaza y Andrade. Las causas solo el mismo Dios las sabe.
8.- MI CRITERIO PARA LAS GENERACIONES FUTURAS.
El liberalismo radical y su ala de izquierda, el alfarismo puro, murieron después del sacrificio de Alfaro y sus generales. Fue sustituido por el liberalismo conservador, el ala de derecha del partido liberal radical, fundada por el vencedor de Huigra, Naranjito y Yaguachi, el general Plaza. Los presidentes que gobernaron el Ecuador después de la segunda administración de Plaza, tuvieron como respaldo la hegemonía política de este. Ellos fueron José Luis Tamayo, Alfredo Baquerizo Moreno y Gonzalo S. Córdova, hasta la revolución reformista con influencia socialista del 9 de julio de 1925, que provocó el último exilio de Leonidas Plaza.
El liberalismo radical quedó como un membrete, no como una práctica política. Los últimos presidentes que representaron esta corriente fueron Andrés F. Córdova y Carlos Alberto Arroyo del Río. Pasado el mes de mayo de 1944 ya nunca más volvería el Partido Liberal Radical al Palacio de Gobierno. En el actual período del presidente León Febres Cordero (1984-1988) ocupa la segunda magistratura Blasco Peñaherrera, que se hace llamar liberal radical.
A 1987 del partido de las luces no queda casi nada y además está dividido entre el grupo de Plaza Aray y el grupo de Álvaro Pérez Intriago. Con un futuro incierto, no comprendo como los actuales miembros de un partido que hoy solo es un membrete, se van a presentar ante el lugar donde fue quemado su fundador el 28 de enero de 1912, para conmemorar el 75 aniversario de la inmolación. El espíritu de Alfaro, seguro desde el más allá, les recriminará por los dobleces y los pactos con los azules, para obtener algunas migajas del banquete presupuestario del Estado.
Quiero agregar, en este recuerdo luctuoso de la muerte del ínclito soldado, hombre público, militar valiente, héroe de la segunda independencia del Ecuador, que: “Señor general, no has muerto, tu espíritu y tu recuerdo vivirán para siempre en las mentes de las nuevas generaciones, que mucho han menester tus sabias enseñanzas, para que la libertad brille siempre; que esa luz sea una lámpara votiva ante el altar de la querida Patria”.
Llegan estos relatos históricos al pueblo en ocasión muy propicia; pues, debo recordar a los ciudadanos libres y, también, a las hilachas que han quedado del glorioso Partido Liberal Radical, que el 29 de enero de 1987 se cumplirán 75 años del holocausto de los Alfaro y sus eximios comandantes. Digo “hilachas” del liberalismo radical, puesto que, al presente gracias al pacto liberal-conservador este debería llamarse Pacto Mordoré (alianza entre el Partido Liberal Radical, el cepefismo y Velasco Ibarra del año 1968), mote puesto por Andrés F. Córdova para denunciar la negociación política con el más encarnizado detractor del liberalismo, el doctor José María Velasco Ibarra, durante su quinto período presidencial.
Mucho admiro y aprecio a mi Q:.H:. y amigo, Pancho Huerta Montalvo, joven brillante y capaz, pero cometió un error imperdonable cuando Director Supremo del Liberalismo, negociar con Velasco para colaborar con su gobierno, un inicuo acuerdo fatal para el radicalismo. Velasco era un conservador de cepa.
Para concluir, miren nomás ecuatorianos, especialmente las nuevas generaciones, hasta dónde llegó el odio de la reacción ultramontana, en contra de los mártires del liberalismo y la luz. Ni muertos los perdonaron. No fueron forajidos los quemados en El Ejido. ¡No!. Eran ciudadanos ilustres, cinco jefes del Ejército Nacional que merecían honores militares en atención a sus altísimas jerarquías, 4 generales y un coronel, héroes de mil campañas por la libertad; un escritor, ahí estuvo Luciano Coral, periodista, legislador sabio; todos pensadores, filósofos. No fueron unos vagabundos de la peor calaña, para hacerlos sujetos de humillación y no se respeten ni siquiera sus restos mortales. Y ni aún así, ni aún siendo vagabundos, merecían ese destino macabro, porque sus derechos humanos debían ser respetados.
Alfaro exhaló y expidió su grandeza. Así mismo aconteció con nuestro Libertador y Padre. Simón Bolívar, a quién admiró, fue su inspiración y amó Alfaro. Bolívar, pobre y abandonado, expiró en la quina San Pedro Alejandrino, Santa Marta, al norte de Colombia, a orillas del Mar Caribe, el 17 de diciembre de 1830. Una carreta y cuatro muleros, para mayor humillación y venganza de los arrastradores, fueron rústicos testigos de la recogida de las sagradas cenizas. Los luchadores por la libertad fueron arrastrados y esto tiene que saberlo la juventud de la Patria y aprender, por tanto, que la libertad cuesta sangre y hasta la vida. Pero Alfaro, con sus destellos de gloria, desde el más allá nos está inspirando para hacer del Ecuador una Patria grande, libre, libérrima, más justa y más humana.
Como ya conté, el 28 de enero de 1987, se cumple la 75 conmemoración de la inmolación del más grande ecuatoriano en la historia del país: general de la República, exPrimer Magistrado de la Nación, estratega, escritor y, lo qué, es más, regenerador y transformador del Ecuador. ¿Qué más podemos decir de sus ilustres compañeros de infortunio?. Ellos también merecen todos los homenajes posibles en fecha tan triste y luctuosa, en la que se cumplen siete décadas y media del sacrificio máximo a causa de la libertad. Ellos ya están en la gloria eterna; pero aquí, en este mundo injusto en el que la violencia y la desigualdad social campean por doquier, en memoria de los servicios prestados a la Patria por todos ellos, sus nombres sí merecen un sentido homenaje de recuerdo y gratitud, por parte de la ciudadanía libre y democrática.
En mi calidad de presidente titular de la institución decana del periodismo nacional, el “Círculo de la Prensa del Ecuador”, en la próxima sesión voy a proponer que mi institución funde un Comité Nacional Central para elaborar un programa de alto contenido cívico y recordatorio, que organice y realice un ciclo de conferencias en todos los colegios de la Capital, que difundan el conocimiento sobre la vida de Alfaro y sus logros, su obra material y espiritual sin parangón en la nación. Qué, además, este Comité haga propaganda a fin de que se creen comités similares en las principales ciudades del Ecuador, para que desarrollen programas parecidos al de Quito.
Los medios de comunicación social quedan, no faltaba más, invitados y comprometidos para esta gran tarea. Que hagan propaganda de esta fecha luctuosa. Que alienten la conmemoración sus redactores, columnistas, cronistas, etc. Que empiecen a escribir sobre la vida del ínclito soldado. Que la televisión nacional aliente a los ecuatorianos transmitiendo cortos noticieros, editados por sus técnicos, para que la opinión pública esté preparada y se haga presente ante los monumentos y bustos de Alfaro, que existan en plazas y parques de las ciudades del Ecuador.
Hago también un llamamiento a los partidos políticos de signo liberal, con ideologías de libertad y democracia, para que también nos ayuden en la gran tarea de ensalzar la memoria de los que nos dieron una segunda libertad.
¡Compatriotas!, me dirijo a todos los conciudadanos de mente liberal, a quienes estén libres de prejuicios retardatarios. Hagamos algo, para recordar los 75 años del sacrificio de los eximios generales, caídos en el campo del honor. Por la memoria de los Alfaro, conciudadanos, los tiranos y las tiranías en esta Patria nunca han podido eternizarse; es el bravo pueblo ecuatoriano, a la corta o a la larga, los ha expulsado del Capitolio Nacional, unas veces a bala, otras mediante el voto popular.
¡Que el 28 de enero de 1987 todos los hombres libres glorifiquemos a los soldados de la libertad!.
9.- Elegía a Eloy Alfaro
Ahí está…
El barro que nos dio Montecristi,
sangre rebelde y montubia,
la paz dormitante en sus barbas,
la paz y la guerra en sus ojos.
Enero 29-1912:
recordarás bien,
su pequeña estatura rozando
la impavidez brutal de la piedra;
recordareis bien,
su humildad ardiendo
en el triste ejidal;
recordareis bien
humo y escombros, cenizas heroicas.
Ese hombre no murió, porque nacerá de nuevo;
Recio como el mar o como un ceibo gigante.
Alfaro es claridad,
Ventana iluminando
los obscuros rincones de la Patria.
Eloy Alfaro:
a ti,
que abriste el camino
para los hombres nuevos.
A ti,
qué creíste en la mujer,
en la educación, en el arte.
A ti,
a tu fe en el ferrocarril,
a tu coraje.
A ti,
que construiste el alfabeto
de la revolución, día a día,
a tu brazo erguido
espada en mano o fusil al hombro,
apuntalando un cimiento nuevo
para una Patria nueva.
A ti,
abanderado del pueblo rebelde,
incólume arcilla luminosa,
viento popular, material eterno.
Alfaro, noble General de sinfín estrellas.
A ti,
que traicionaron las hienas,
los corsarios del dolor
y el paladín de la mentira,
te pertenece
la consigna ardiente
que tatuaste
en la voluntad de mi pueblo.
A ti:
nuestra lucha,
nuestro canto,
nuestra fe en la verdad y en la vida.
Veo tus ojos relumbrando
en la historia de mi Patria
Viejo Luchador
Corazón Nuevo
tu barba blanca poblando la nostalgia
de aquellos valerosos Generales del Pueblo:
los Alfaro, Serrano, Montero, Páez,
Coral, Torres, Andrade y Concha;
derrotados luceros de la Victoria.
A traición
los mataron
la ira y la ignominia
los asrratraron
la inútil ceguera
los incendiaron
con fuego que no olvidarán jamás
los incendiarios,
con fuego que les arderá eternamente
a los culpables: al que traicionó el pacto de rendición
el inverosímil Leonidas Plaza,
al títere de turno Freile Zaldumbide,
el “Cuto” Díaz, el general Navarro, el coronel Sierra,
y todos los Hijos de Perra
que permitieron tu muerte;
a la prensa reaccionaria;
al zapatero Montenegro y al carpintero Suárez
y al cochero Cevallos
y a las mujerzuelas y ladrones y al fraile Bravo;
el clérigo Serrano, el carnicero Chulco
a los soldados del Marañón
a Celia María León,
gusanos líderes de la orgía sangrienta,
a los inocentes que callaron;
a los que mudamente apoyaron la masacre;
a los que tuvieron la osadía
de mirarte agónico, sin decir nada;
a los que sostuvieron el agua
para que el perro se la lave las manos:
a ellos, a todos ellos
que verán ir creciendo cada día
la gloria de Alfaro.
Y que no podrán descansar en paz
¡aunque les recen!
Cenizas…
Cenizas victoriosas del caudillo
cenizas…
cenizas combativas de Alfaro,
¡aquí estamos!,
¡aquí y ahora!,
los que continuamos tu ejemplo,
los que grabamos para siempre
nuestros nombres en tu espada;
A V A N Z A M O S
hombro a hombro, puño a puño,
S O L I D A R I O S
con nuestros pasos firmes
A L F U T U R O
Karlo Zamaro
Enero 28 de 1987, Quito.
DIRECTIVA DEL CÍRCULO DE LA PRENSA DEL ECUADOR
PARA EL PERÍODO 1985-1987
Presidente: señor Teniente Coronel (R), Sergio Enrique Girón Narváez.
Vicepresidente: Licenciado Jorge Gilberto Campaña Albán.
Secretario general: Lcdo. J. Aníbal Morales Bastidas.
Asesor Jurídico: señor Doctor César Muñoz Llerena.
Secretaria de actas: señora Elvia Muñoz Dávila.
Tesorero: profesor Jorge Rivadeneira Galeano.
Bibliotecario: señor Luis Aníbal Gordón.
Vocales principales:
Licenciada Ruth Salguero.
Temístocles Manosalvas.
Señora Rosa Quintero Llerena.
Señora María Antonieta Viteri.
Señor Jorge Estévez Vaca.
Vocales suplentes:
Señorita Mercedes Cruz.
Señorita Yolanda Díaz.
Licenciado Jorge Dávila.
Licenciada Rosario Rivadeneira.
Doctor Harvey Rivadeneira.
Bibliografía:
Pareja Diezcanseco, A. (1944). La hoguera bárbara. México: Fondo de Cultura Económica.
Peralta, J. (1977). Eloy Alfaro y sus victimarios: Apuntes para la historia ecuatoriana. Cuenca, Ecuador: [s.n.].
Alfaro, E. (s.f.). Obras escogidas. Quito, Ecuador: Crónica de Sueños.
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