María Auxiliadora bendice las humanas historias de Lauro.
Hernán Rodríguez Girón.
CUENCA, Ecuador (25/10/93).- Uno de los episodios más estremecedores en la historia religiosa de Cuenca ocurrió en la madrugada del 7 de diciembre de 1990, cuando fueron robadas las coronas de oro engastadas en piedras preciosas de la Virgen María Auxiliadora y del Niño Jesús. Fueron sustraídas del templo salesiano, parroquia de María Auxiliadora. El hecho tuvo lugar poco antes de la conmemoración del 40 aniversario de la coronación canónica de la Virgen y dejó una profunda huella en la comunidad cuencana.
Las piezas sustraídas eran dos coronas de oro de 18 quilates -una para la Virgen y otra para el Niño- y un cetro también de oro, con un valor estimado en 250 millones de sucres, equivalentes a unos 140.000 dólares según el tipo de cambio oficial de la época. La corona de la Virgen, elaborada por el maestro orfebre Julio Segovia Andrade junto a otros joyeros destacados del país, incluía 467 brillantes, 110 perlas genuinas, 45 esmeraldas, 30 zafiros, 40 rubíes y 60 topacios. Segovia, nacido en Cuenca en 1910 y fallecido en 1969, fue una figura emblemática de la orfebrería ecuatoriana, fundador de la Asociación de Joyeros del Azuay y orfebre oficial de la Municipalidad.
La pérdida de estos objetos patrimoniales, cargados de valor espiritual y cultural, conmocionó a la ciudad. Sin embargo, en medio del dolor colectivo, emergió un gesto de profunda generosidad que devolvió esperanza a la comunidad: el compromiso de Lauro Bermeo, vecino del barrio y artesano joyero.
Bermeo, nacido en 1946 y formado en la orfebrería por necesidad desde su infancia en San Roque, había hecho años atrás una promesa a la Virgen: si algún día lograba mejorar su situación económica, le regalaría unas coronas. Cumplió su promesa en 1985, encargando un juego de coronas modestas al señor Espinoza, hábil orfebre y propietario de la Farmacia María. Estas coronas eran sencillas, pero dignas y eran utilizadas durante todo el año por la Virgen y el Niño.
Tras el robo de las coronas canónicas, Bermeo se enteró por el padre Alberto Enríquez -sucesor del padre Félix Roggia- de la pérdida irreparable. Al compartir su historia y oficio, propuso confeccionar un nuevo juego de coronas. Aunque encontró resistencia entre algunos colegas, logró sumar el apoyo del maestro Zapata, con quien trabajó incansablemente. Finalmente, el 22 de noviembre de 1992, casi dos años después del robo, entregó las nuevas coronas a la parroquia.
Su deseo era verlas colocadas en la Virgen y el Niño el 24 de mayo de 1993, durante la fiesta de María Auxiliadora. Sin embargo, por temor a un nuevo robo, el párroco decidió exhibirlas el sábado siguiente, el 29 de mayo. Aunque Bermeo expresó su descontento, reafirmó su compromiso: si las coronas volvieran a ser robadas, estaba dispuesto a confeccionar otras aún más hermosas, convencido de que Cuenca le brindaría los recursos necesarios.
Su gesto no solo restauró el esplendor de las imágenes, sino que también reafirmó el poder de la devoción y la solidaridad. En palabras del propio Bermeo: “No son coronas para asustarse en el precio. A nivel local existe el material y las manos de nuestros artesanos son tan finas, tan grandes, que se pueden hacer maravillas para la Virgen”.
¿Usted se educó con los salesianos y fue alumno del Padre Crespi?, sigue el ejemplo del sacerdote.
Sería ridículo que yo negara mi origen, pero si hay gente que no quiere dar a conocer de donde proviene. Respeto ese criterio. En mi caso, me siento orgulloso de haberme educado en la escuela “Cornelio Merchán” que regentaba el Padre Carlos Crespi, En las bancas de esa escuela uno se sentaba junto a otras personas que tampoco tenían dinero o provenían de familias humildes. Carlos Crespi siempre fomentó la caridad entre los niños que allí nos educamos y jamás averiguaba nuestra posición social o económica, repartía alimentos a todos por igual:
“Hijo mío, no niegues su pan al pobre; no hagas esperar al que te mira con ojos suplicantes”. Eclesiástico 4:1 (Biblia Latinoamericana).
Además, a los niños que aprovechábamos los estudios en la Cornelio Merchán, él nos premiaba con un corte de casimir. En aquellos años era una tela muy usada, se vendía para elaborar pantalones que se llamaban “de pacotilla”. Nos sentíamos satisfechos al recibir el obsequio y cada día queríamos irnos superando. Así nos motivaba Carlos Crespi, con cosas como esas y con una adecuada formación espiritual, actitudes que poco o nada se practican hoy en día en los grandes colegios. Esos son mis principios, pero el principal es dar un poquito al que menos tiene; veo mucha pobreza, quisiera cambiar el mundo, si hubiera como.
¿Cómo creció en usted este deseo de seguir la obra salesiana?; todos los sábados a las 07:00 acude al Parque María Auxiliadora a entregar caridad a quienes se reúnen a esperar su solidaridad.
Voy a contarle, pero no por vanidad, sino porque a mí me nace dar algo a los que más necesitan, porque la pobreza la sigo teniendo de cerca y fue el obstáculo más grande que Dios me puso en la vida, para que me supere, para poder progresar en el mundo. Formé un hogar que lo mantengo por 27 años, gracias a Dios. Tengo una esposa que me acompaña en todo momento. En ella he visto un gran ejemplo, es profesora de primaria, que trabaja con gente humilde y sencilla, en el campo. Allí también he visto la pobreza y la miseria, cosas que a uno le llegan al alma:
“No entristezcas al que tiene hambre, ni exasperes al hombre en su indigencia. No turbes al corazón afligido, ni demores tu limosna al necesitado”. Eclesiástico 4:3–4 (Biblia de Jerusalén)
Entonces, lo que hago en el Parque de María Auxiliadora, sin vanidad, es dar una cosa pequeñita a toda esa gente pobre, que tengan al menos un mendrugo de pan. Yo comencé entregando algo de comer a unos 15 indigentes, en su mayoría pordioseros, en 1992, pero cada semana han ido aumentando, hasta niños se ponían en la fila. Hay gente pobre, pero que todavía están en condiciones de trabajar, pero no hallan empleo. Casos así, que si se ponen a la fila y estiran la mano, hay que darles algo.
¿Continuará usted con esta acción social?, ¿hasta cuándo?.
Si Dios lo permite y si mis hijos pueden continuar esta acción. Si ya no estoy en la Tierra, dentro de pocos o muchos años, solo Él lo sabe, mis hijos seguirán este ejemplo, porque tienen mi misma formación. Aunque son gente que han aprovechado de una cultura más avanzada, conocen mi origen porque jamás les he ocultado nada. Les he contado de mis penas y sufrimientos y todas la cosas que uno tiene que pasar en este mundo.
¿Qué anécdota altruista recuerda con más cariño?.
Una vez me pasó lo que sigue. Compre un carro nuevo, un automóvil de lujo para 1977, el Toyota que todavía manejo. Circulaba por la calle Bolívar y al llegar a la Juan Montalvo hubo un cambio de luces del semáforo. El automóvil que estaba adelante dio retro de manera intempestiva, el conductor no vio mi auto. Me chocó. Fue una pena ver mi auto nuevo chocado. Me bajé a reclamar; como todo ser humano, estaba bastante molesto. Le solicité al otro conductor que baje de su vehículo a ver lo que le había hecho al mío. Me respondió que no me preocupara, que iba a arreglar el choque y le seguí a una fábrica de aluminio, que quedaba junto al colegio Garaicoa. Entré y me recibió de buena gana un economista, no recuerdo su nombre, pensando que yo era algún cliente. Llamó a su secretaria para que me brindara un tinto. Y me pregunta en qué podía servirme. Le expliqué que venía por un choque que había tenido uno de sus empleados. Llamó a quien me había chocado y le trató mal. En verdad, él había tenido la culpa. Le responsabilizó de arreglar el asunto, que luego conversarían, porque este ya era el segundo choque en una semana. Subí al señor del percance a mi carro y visitamos 2 o 3 mecánicas, buscando quién podía hacer el trabajo más barato. El carro era nuevo y había que cogerle una falla. Recuerdo que el me dijo que aquel año eñ ganaba 1.600 sucres mensuales y mecánico más barato quería cobrar 700 sucres. Entonces, debía trabajar de 5 a 6 meses para cancelar el choque. Bastante preocupado el señor me pide que le acompañe a su casa, que allá arreglamos. Cual mi sorpresa, al llegar a su casa salen a recibirle 7 hijos. Unas guaguas con ropa vieja, bastante usada, gente pobre, pobre. Quedé sorprendido y no quise ver ese cuadro. Yo pensé que entraba a su casa para sacar el dinero y pagarme. Total, salen sus hijos y su esposa. Allí me promete que su esposa iba a ayudar a descontar la deuda lavando y planchando ropa. Mi señora, que también me acompañaba todo el rato en el carro, se bajó y me pidió que no hiciéramos eso. Que dejemos nomás. Entonces, hice un pacto de caballeros con el señor, no me pagaría ni medio.
¿Qué anécdota puede contar sobre su acción en María Auxiliadora?.
Bueno, que cuando empiezo a repartir, la gente empieza discutir por ganar un puesto, porque creen que a lo mejor no me va a alcanzar. Pero tengo ya más o menos calculado que va a suceder. Se que con cada semana aumenta el número. Voy prevenido para eso. Ya me pasó en una ocasión. Llevé cierta cantidad y quedó la mitad de la gente sin recibir nada. En ese instante, mi señora y mi hijo que siempre me acompaña a misa, cambiaron billetes en denominaciones pequeñas para seguir repartiendo, para dejar algo. Y es que lo hago por piro altruismo, por nada más. Cuando haces algo así, bien dice la frase que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Con toda sinceridad estoy contando lo que sucede en Cuenca, en una sola de sus parroquias, la de María Auxiliadora, hay numerosa gente que necesita mucho. Es mi esperanza que muchas más personas sigan mi iniciativa y hagan la misma labor. Mi filosofía es que si tengo algo y puedo dar, ¿por qué pensarlo dos veces?. Si llamo a los pobre primero para que vean lo que doy antes de dar, hacer alarde de lo que estoy dando, entonces en ese sentido yo no funciono. Si lo hiciera de esa forma, quiera Dios mismo que no me permita dar caridad a nadie.
¿Siente usted que es una persona excepcional, extraordinaria, extraña o rara?.
No. No soy el único que da. Hay mucha gente caritativa por toda la ciudad. Conozco a muchos que hacen una labor parecida. No comparto lo que dice la canción de Arjona, que Jesús es verbo no sustantivo. Respeto a los que dicen eso, pero tengo mi propio criterio, doy porque Dios me ha bendecido, mi gratitud se transforma en generosidad, hay que dar gratis lo que gratis se ha recibido gratis:
“No rechaces la súplica del afligido ni apartes tu rostro del pobre”. Eclesiástico
4:4 (versión Dios Habla Hoy).
Si fuera pobre a lo mejor estaría esperando en la fila a que alguien me dé una caridad. Doy no porque me sobra, sino porque veo que muchos necesitan. Las sobras no las doy al que pide caridad. Mi obligación como ser humano es no pasarme al bando de los que creen que el hombre es lobo del hombre. Hay mucha gente que necesita porque ya son ancianas o ancianos, o porque a lo mejor fueron despedidos de sus trabajos o porque no tienen los medios necesarios para vivir. Debemos, sobre todo, recordar que esos ancianos, por ejemplo, ya hicieron lo que nosotros ahora aprovechamos. Ellos también se han sacrificado trabajando y a lo mejor la suerte no los acompañó. Es así que no hay que olvidarse de los olvidados.
El Mercurio, lunes 25 de octubre de 1993, Ciudad, 10B.

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