Una institución, una ciudad: la huella del Banco del Azuay en Cuenca
Diego Mora Castro.
CUENCA, Ecuador (12/91).- El Banco del Azuay, el 13 de noviembre de 1913, abrió sus primeras ventanillas de atención al público y, luego de 78 años de historia, se ha convertido como institución bancaria en uno de los motores de la vida económica de Cuenca y el Azuay. Quedan para la posteridad algunos Apuntes sobre su trayectoria.
Resultado de la clara visión de futuro de un destacado grupo de ciudadanos azuayos, el Banco llenó a principios del Siglo XX una sentida necesidad de los sectores progresistas de Cuenca que lideraba a nivel nacional las exportaciones de un producto de fabricación artesanal que se había convertido en importante fuente de ingresos para el presupuesto estatal del Ecuador: el sombrero de paja toquilla.
La ciudad tenía al inicio del Siglo unos 30.000 habitantes y la mayoría de ellos se dedicaban al tejido tradicional del sombrero de paja toquilla, solicitado en todo el mundo, aunque de manera equivocada conocido como el “Sombrero de Panamá”, error provocado porque los principales consumidores de la prenda eran los directivos y trabajadores del Canal que se hallaba en plena construcción. Cuenca vivía una bonanza económica que obligaba a los comerciantes y a los exportadores a realizar peligrosos, cansados, demorados y frecuentes viajes a Quito para transacciones bancarias u operaciones económicas.
El promotor del Banco del Azuay fue Federico Malo, hombre de negocios cuencano de una gran cultura y que poseía conocimientos financieros, que los había adquirido durante una larga estadía en Europa. Malo conversó largamente con Carlos Pérez Quiñónez, gerente general del Banco del Pichincha, en ese entonces, e intercambiaron apreciaciones sobre el dinamismo económico de Cuenca debido a la exportación del sombrero. Entonces se organizó una reunión de exportadores y comerciantes que formaron la Junta Promotora que propondría la creación del Banco del Azuay con un capital inicial de 400.000 sucres, aportados por los primeros accionistas. Por esos años 1 dólar de EEUU equivalía a 2 sucres.
La escritura de constitución se firmó el 15 de enero de 1913 ante el notario Abelardo Arizaga e inscrita el 10 de febrero del mismo año, mediante ceremonia realizada en el salón principal de la casa de la Municipalidad de Cuenca.
El primero directorio fue integrado por las siguientes personas: Federico Malo, presidente; Alberto Muñoz Vernaza, vicepresidente; Rafael María Arizaga, Benigno Malo Polo, Alfonso Ordóñez Mata y Arcesio Pozo, vocales; Carlos Pérez Quiñonez, asesor técnico; Roberto Crespo Toral y Octavio Vega, gerentes. Hortensia Mata de Ordóñez y Julia Ordóñez Mata están entre las primeras accionistas. La segunda mujer citada es en la actualidad, año 1991, la única accionista fundadora que aún vive y es proverbial, luego de 78 años, su fidelidad a la entidad bancaria que colaboró a crear.
Roberto Crespo Ordóñez gerenciaba la entidad como sucesor de su padre Roberto Crespo Toral y en esta administración se decide construir el edificio sede, emblema del Banco del Azuay y se adquiere el terreno en la esquina de la Bolívar y Borrero. Mediante concurso púbico participan de la propuesta del proyecto los arquitectos más destacados del país y se le adjudica la construcción al profesional quiteño Luis Felipe Donoso Barba, estudiado en la Universidad de Lieja, Bélgica, que dibujó un bello plano de estilo francés, en cuya decoración ornamental colaboró el artista Héctor Serrano. El 24 de mayo de 1929 se inaugura el edificio que hoy es una joya arquitectónica de la ciudad de Cuenca, con su fachada revestida de mármol rosado. El interior del edificio es amplio y bellamente decorado, adaptado para servir con modernidad al público y con todos los adelantos técnicos. Por eso, los clientes del Banco del Azuay se sumergen en un ambiente clásico, cálido y cordial, que convierte a las frías transacciones financieras en una grata experiencia. La imagen del edificio se identificó desde un inicio con la entidad, debido a que sus creadores fueron hombres de recias convicciones cívicas y sociales, pasando a ser la institución una especie de alma, de motor, para la ciudad en cuanto a impulso y desarrollo económico se refiere.
“Nació con los mejores auspicios, porque fueron los más notables valores que tenía Cuenca en el campo empresarial e intelectual los que dieron su aporte para la formación del Banco. Recuerdo que Aureliano Vázquez, uno de los fundadores, solía contar una simpática anécdota; cuando el banco funcionaba en su primer edificio, los empleados tenían una hamaca en la que se turnaban para dormir porque no tenían nada que hacer. Pasaban máximo tres o cuatro cheques en una tarde, la gente iba más para cambiar billetes en sueltos o libras esterlinas, para contar con dinero de bolsillo”, reseña Ricardo Muñoz, historiador, humanista, político y hombre de negocios, que asegura que la trayectoria del Banco se halla estrechamente relacionada con la evolución de Cuenca y el Azuay durante el Siglo XX.
Trabajar para la entidad morlaca era como ingresar a una escuela de formación en economía o en la administración de asuntos financieros público-privados. No existía todavía una Facultad de Economía, por eso la institución era una escuela de vida y de práctica, para los que anhelaban triunfar en el mundo de los negocios. El paso de las décadas confirmaría está última afirmación, puesto que todos los nombres que estuvieron ligados al Banco del Azuay fueron los más destacados en la conducción de la economía local y de otras áreas también, tales como la política y la cultura. “Pasaron como empleados Octavio Chacón Moscoso, Carlos Enrique Arizaga Toral, Cornelio Malo Crespo, Marcelo Jaramillo Malo y tantos otros personajes, que después fueron los conductores de la vida empresarial y económica no solo de Cuenca sino del País”.
Fueron tiempos heroicos, que confirman virtudes como la dedicación y el cumplimiento del deber sin importar las dificultades, filosofía de vida que el Banco del Azuay sigue practicando hasta el presente. “Enrique Arizaga Toral contó que viajaba a lomo de mula, llevando billetes a Quito, para cambiarlos. De Cuenca a Huigra en mula, solo con la compañía de un ayudante, a través de trochas y quebradas, para poder tomar el ferrocarril”, rememora el Doctor Muñoz.
Antes de la existencia del Banco Central del Ecuador, el Banco del Azuay estaba autorizado a emitir papel moneda o billetes, que contaban con el respaldo del patrón oro, a través de las monedas de este metal que se guardaban en la caja fuerte del Banco, también onzas de oro, libras esterlinas, la moneda cóndor ecuatoriano en 900 de oro o plata fina. La Revolución Juliana de 1925, que estaba alerta contra las triquiñuelas de los bancos y de la plutocracia, sin embargo, confió en la honradez de la institución azuaya y la emisión de sus billetes, porque eran cambiados con ventaja para los usuarios, es decir, mientras otras entidades cambiaban sus billetes a 9,80 sucres en vez de 10 el Banco del Azuay lo hacía a 10,20 o hasta 10,40.
Cuando en 1926 la misma Revolución trajo al Ecuador a la Misión Kemmerer para trabajar en las reformas legales y financieras que permitieron la creación del Banco Central del Ecuador, algunos bancos, que habían centrado sus operaciones en la facultad de emitir billetes, desaparecieron o sufrieron un largo período de adaptación a las nuevas normas. En cambio, el banco azuayo que siempre tuvo un estricto respeto por las leyes y normas nacionales a las que adecuaba su accionar, fue uno de los pocos que superó la etapa reformista sin mayores dificultades.
Durante muchas décadas era la única entidad bancaria de Cuenca, manteniendo una política de ayuda a todas las clases sociales de la ciudad, que necesitaran de sus servicios para emprender cualquier tipo de actividad. Tanto es así que Ernesto Moscoso, miembro del Directorio del Banco, recuerda que se acuñó una frase, “en Cuenca no hay nadie que haya nacido, se haya bautizado o haya muerto, sin que hubiera tenido algo que ver con el Banco del Azuay”.
“Siempre tuvo una política abierta, con un gran espíritu social, inspirado en la solidaridad de quien fue uno de sus grandes presidentes, Carlos Arizaga Toral; en este año 1991 se está conmemorando el centenario de su nacimiento. Se hacían préstamos al prioste que necesitaba comprar cohetes para la fiesta de su pueblo, al padre de familia que necesitaba para atender el nacimiento de su hijo, a los deudos de un difunto que no tenían plata para las exequias o a todo ser humano que estaba en necesidad”, indica Ricardo Muñoz y hace una especial referencia de Antonio Malo Moscoso, hombre bondadoso y sociable, que recibía con los brazos abiertos a todos los que acudían a él.
Año tras año, el Banco siguió adelante hasta ser el eje de la vida ciudadana y no hubo empresa o proyecto de mejora para la ciudad y el austro que no haya contado con su decidida colaboración, empezando por la Catedral Nueva, monumental estructura orgullo de todos los cuencanos y cuencanas, un símbolo de la ciudad, hasta los proyectos de electrificación y telefonía, la construcción del nuevo edificio de la Municipalidad de Cuenca, del Consejo Provincial, industrias y obras públicas, apoyo que abarca todas las posibilidades del desarrollo humano y de la infraestructura.
“Como las instituciones y personas que solicitaban un crédito tenían que por ley prendar algún bien, hubo un momento en que hasta el mismo Parque Central pasó a ser parte de los activos prendarios del Banco, como garantía por el financiamiento de algunas obras municipales”, recuerda Ernesto Moscoso.
ERCO, la única fábrica de llantas del Ecuador y el Parque Industrial de Cuenca también se beneficiaron de los créditos del Banco, empresas que un día eran el sueño de empresarios con visión y hoy son dos florecientes realidades. “El Banco ha buscado siempre el progreso de la región y su proceder es por nobleza de espíritu y así continúa actuando hasta ahora. Toda obra, grande o pequeña, que represente el adelanto de la región, recibe nuestro inmediato e irrestricto respaldo”, afirma Moscoso.
El Proyecto Hidroeléctrico Paute en muchas ocasiones estuvo al borde de paralizar sus obras de construcción, por la demora en la provisión de recursos económicos por parte del Gobierno Central y también accedió a préstamos de la entidad. Y hasta transnacionales tan grandes como Impregilo S.p.A. de Italia y Entrecanales y Távora de España le pidieron prestado al Banco de los azuayos para cancelar compromisos pendientes y seguir funcionando. “Eso fue todo un mérito porque, aunque se trataba de una operación comercial, otras entidades no estuvieron dispuestas a hacerla”, recuerda con orgullo Ernesto Moscoso.
Y la lista de acciones filantrópicas continúa. La institución no escatimó al momento de entregar ayuda a entidades caritativas y su cuota era fija para la Construcción de la Catedral Nueva, como ya se mencionó. Para abril de 1950, siendo presidente del Ecuador Galo Plaza, un día 3 de abril, el río Tomebamba sorprendió a los cuencanos con una enorme crecida, arrasando con varios puentes. El Banco salió de inmediato al auxilio de la ciudad entregando el financiamiento para la reconstrucción de estas importantes infraestructuras.
Otra institución beneficiada fue el Cuenca Tenis y Golf Club, la carretera Cuenca-Loja y muchas obras más de comunicación vial entre ciudades y pueblos. Enfrentando dificultades, la institución creció y se amplió. “Una época especialmente dura si dio cuando empezaron a abrir sucursales en Cuenca otros bancos, entre las décadas de los 50´s y los 60´s, porque se generó una fuerte competencia y un grupo de accionistas no querían el aumento de capital, porque para ellos no representaba negocio. Otro grupo perdió la fe, pero la mayoría decidió permanecer fiel y con lo que aportaron nuevos, progresistas y jóvenes accionistas, se continuó adelante, con el incondicional apoyo ciudadano, que nos siente como algo propio”, dice Moscoso.
En el presente numerosas sucursales y agencias operan en todo el país. La primera fuera de Cuenca fue la sucursal de Loja, inaugurada en la administración de Carlos Arizaga Toral. Podía abrirse esta en Quito o Guayaquil, pero pudo más la visión de integración regional de los directivos, que escogieron a la Centinela del Sur, por ser la capital de la provincia más alejada y olvidada, teniendo esta decisión mucho patriotismo y deseos de servicio, facilitando para los hermanos lojanos una oportunidad en el campo económico. La respuesta de Loja permitió consolidar la mejor sucursal del Banco en todo el país, tanto que se están ejecutando ampliaciones y remodelaciones para atender mejor al público.
“Gracias a un préstamo del Banco del Azuay a través de la emisión de cédulas hipotecarias a cinco años plazo, se compraron los terrenos para construir el Coliseo Mayor, la Piscina Olímpica y todo el complejo deportivo de la Federación Deportiva del Azuay”, destaca por su parte el exalcalde de Cuenca, Alejandro Serrano Aguilar y para él no existe en el Azuay una sola entidad que de una u otra forma haya estado ligada a la actividad desarrollada por el Banco en sus 78 años de existencia, por eso se yergue con la frente en alto, con la solidez de una larga historia al servicio del desarrollo económico de Cuenca y la región Austral.
Con la misma mística, sentido de responsabilidad y compromiso social, se encuentra proyectando su labor, mediante una singular forma de servir, hacia todos los puntos de la geografía nacional. Donde hay pujanza, hay iniciativa; donde se requiere una mano amiga y el corazón sensible, allí está Banco del Azuay, para alentar y apoyar todo esfuerzo, con el derecho que le dan casi 8 décadas de aporte serio y continuo al desarrollo local, con el respaldo de un equipo humano solvente y capital fuerte. Se abre paso al futuro, porque jamás ha pactado con las dificultades, las ha enfrentado y las ha vencido.
Apuntes18, imagen y perfil empresarial, págs. 8 a la 11, diciembre 1991, AEC.

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