Juan Mora es el artesano del fuego, la fragua y el hierro

Hernán Rodríguez Girón.

CUENCA, Ecuador (11/06/99).- La inexorable marcha del tiempo no le permite al ser humano moderno desentrañar ciertos misterios; por ejemplo, conocer de manera precisa, cuando el hombre domesticó al fuego, fundamental descubrimiento para el desarrollo de tecnologías vitales, que permitieron el desarrollo de las culturas: cocer alimentos, ahuyentar fieras, la alfarería. El fuego le dio su sitio en la prehistoria a la edad de los metales. Surgió un oficio muy antiguo, como el mito de Prometeo: la forja.

Juan Mora está seguro, a ciencia cierta, que el ancestral oficio de la forja artística y su hija menor la metalmecánica, le gustaron “desde chiquito”; tanto que ya no recuerda en que año comenzó a capacitarse, pero estima que son más de 40 años. Forzado por las circunstancias, abandonó el segundo año de colegio y buscó un trabajo, debido a que no podía seguir estudiando porque sus padres no se lo podían costear, la situación económica de su familia no lo permitía.

Desorientado, pasó de un taller a otro, hasta que se instaló en la mecánica de Eliecer Sarango, que fue su primer maestro y lo recuerda con el mayor aprecio, lugar en el que como operario aprendió durante varios años los secretos de la metalmecánica. Luego trabajó como bodeguero y adquirió más conocimientos.

Cuando tuvo más edad, cumplió con el servicio militar. Fue en el Ejército donde estudió un curso de mecánica industrial de manera formal, aunque sufrió un poco el régimen disciplinario de los militares. Como le gustaba la tarea que estaba aprendiendo, se acostumbró al trato y pudo alcanzar el título de operario calificado.

En el año 1963, el plan de Juan era migrar hacia Australia, para lo que tenía los papeles listos. Pero el destino hizo su jugada y hubo un cambio de planes. Se le abrió una oportunidad en el Instituto Artesanal del CREA, que anunció el Diario El Mercurio la apertura de cursos de forja artística.

Su profesor fue un maestro de Cataluña, España. “El me enseño la forja artística y el diseño de objetos. Después, becado por el gobierno español, viaje a la Península y aprendí más sobre la exquisita tradición artesanal de la forja artística catalana, que recibió influencias de Italia y Francia. Esa gran experiencia de vida me permitió admirar en personas trabajos muy antiguos. Esa experiencia de aprendizaje es la que me permite diseñar cualquier objeto o pieza de metal”.

Además, Juan domina múltiples técnicas en forja y metalmecánica. La lista es interminable: repujado, cincelado, fundición, carpintería metálica, soldadura, torno, construcción y reparación de máquinas; habilidades y conocimientos con los que puede realizar lámparas, faroles, barandillas para escaleras, puertas, rejas, balcones, verjas, morillos. También es profesor del Instituto Artesanal del CREA.

Como artesano de amplia trayectoria, Juan tiene miles de anécdotas para contar. Pero esta que recuerda con especial cuidado en los detalles, tiene como protagonistas a él, a un español testarudo y a la lámpara que era para la Catedral Nueva.

“Fue el trabajo más grande en el que participé, en el año de 1974 o 1975. El Centro de Reconversión Económica para el Azuay, Cañar y Morona Santiago (CREA), los priostes del Septenario y una misión técnica española, contrataron a un equipo de artesanos locales para que realizar una lámpara enorme para la Catedral Nueva, de 6,40 m de diámetro, 18 m de alto y 240 luces. Fue un trabajo colectivo y se la completó. Todas sus luces encendían, era algo enorme y muy pesado”.

Pero el técnico español que lideraba el proyecto no hizo caso a las advertencias de Juan Mora: “ese español era un poquito creído, no aceptaba sugerencias, era un sabelotodo. Le advertí que, debido al peso de la lámpara, el gancho para sostenerla no iba a aguantar, cedería y la obra caería al piso desde algunos metros de altura. Era muy peligroso. No me hizo caso, la lámpara se asentó en el día de su inauguración. Tampoco existió colaboración de parte de las instituciones, porque se necesitaba un estudio de resistencia. Solo ayudó la empresa eléctrica con unas 15 personas, para colocar el objeto en su sitio. Por supuesto que existió oposición a este proyecto que parecía una locura”.

Con la caída de la lámpara sus partes fueron vendidas para la Catedral de Azogues. Desguazaron todos sus componentes y armaron lámparas más pequeñas y apliques de metal; “un padre español que sabía de forja realizó ese trabajo”.

El taller artesanal de 252 m2 está ubicado en la calle Las Huacas 1-54 y Avenida Circunvalación, teléfono 800-607. Por intermedio de un crédito del Banco Nacional de Fomento (BNF) concretó el proyecto de ampliarlo y actualmente planifica la creación de una empresa familiar; “el BNF me apoyó con tres préstamos y el último se invirtió en la ampliación en el terreno de al lado. Son 2´300.000 sucres 2 años de gracia. Mi oficio, la forja y la metalmecánica, si me rinden económicamente, nunca faltan los operarios, pero necesito algo de personal administrativo. Por suerte, este año uno de mis hijos se gradúa y espero ese apoyo familiar. Hace mucha falta. Cumple este requisito y formo una empresa familiar. Debo ser claro, el gobierno a mí en particular, sí me ha apoyado. Incluso, pude importar un martinete o martillo de forja, sin trabas burocráticas ni excesivos impuestos”.

Dos operarios y cuatro aprendices, es el recurso humano del taller de Juan y todos aprende forja artística y otras especialidades de la metalmecánica. No le gusta aceptar a personas que ya conocen del oficio, porque poseen formación de otros maestros, con procesos y métodos distintos y es difícil hacerles cambiar sus maneras de trabajar; “me siento orgulloso de haber apoyado a varios compañeros para que instalen sus propios talleres. Un operario que trabajó y aprendió conmigo, ahora es un compañero de oficio, de apellido Jadán, se puso su taller y es un buen artesano. Aparte, fuera de la jornada normal, permito que mis operarios realicen sus actividades propias, para que se ganen un dinero extra”.

Dependiendo de la edad, asegura que el trato con ellos es como si fueran amigos o sus propios hijos. También es bueno que hagan caso a las enseñanzas y consejos que les da; pueden aprovechar de su sabiduría, porque ya ha pasado por lo mismo.

Juan Mora confía en un milenario refrán, “la unión hace la fuerza”, por eso impulsa la organización y la capacitación artesanal. Está afiliado al Gremio 25 de Noviembre, con su sede social en la calle Tomás de Heres y Ayacucho, antes de salir a la Avenida Circunvalación, próxima a la III Zona Militar. Son 150 los miembros activos.

“Una de las ventajas de pertenecer a un gremio artesanal es la calificación como taller, que establece la Ley de Defensa del Artesano, con exoneración de impuestos. Buscamos beneficios sociales, económicos y de todo tipo. En nuestro gremio contamos con artesanos de todas las especialidades”.

Lo más importante para Juan Mora es la fragua, que para él es la “mamá de la metalmecánica, le encanta trabajar con el fuego. Está satisfecho con lo que hace. Es de un carácter recio, duro, como el metal que manipula, es maleable, dos cualidades fundamentales en este oficio.

“Yo creo que todo taller debe tener una fragua. Soy propietario de soldadoras, tenazas, martillos y herramientas como la cizalla. El martinete importado o martillo de forja automático es de gran ayuda, facilita la fabricación de objetos en serie y su presión máxima es de 17 toneladas. Es una excelente combinación de tecnología avanzada con artesanía”.

El trabajo artesanal, sencillo como las personas que lo realizan, nunca desaparecerá, es la opinión de Juan. Para este oficio hay que tener un carácter muy especial. Son muy pocos los forjadores, por eso la tarea se mantendrá viva. Nunca se sabrá con exactitud cuando el hombre domesticó al fuego. Mientras artesanos hábiles como Juan Mora lo sigan utilizando para beneficio de la humanidad, como un Prometeo moderno, recuperar esa historia no tendrá mucha importancia.

El Mercurio, domingo 11 de junio de 1989, Mundo Empresarial, 9A.

 

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