Café El Carmen, donde usted se siente como en casa.

Hernán Rodríguez Girón.

CUENCA, Ecuador (12/11/89).- Café El Carmen, desde julio de 1989, aspira a convertirse en el rincón más acogedor de Cuenca, enclavado en una casa patrimonial cuya historia se diluye en el misterio de los siglos. El espacio elegido para la cafetería fue, en otros tiempos, el jardín del convento de clausura de la congregación carmelita; un lugar silencioso que fue testigo del transcurrir de la vida de las religiosas entre rezos, suspiros y plegarias por la redención del mundo.

El Convento del Carmen de la Asunción tiene una historia rica y profundamente ligada a la espiritualidad y la arquitectura colonial de la ciudad. Fue fundado el 1 de agosto de 1682 por las madres carmelitas Catalina de Jesús y Mariana Guerrero de Salazar, quienes llegaron desde Quito con el propósito de establecer la primera comunidad de monjas carmelitas en Cuenca.

El convento se construyó en honor a la Virgen del Carmen en la advocación de la Asunción, de ahí su nombre. Las primeras religiosas vivieron en casas donadas por el párroco Pedro Pérez Hurtado de Tapia, ubicadas junto a la Plaza Mayor. Con el tiempo, y gracias al apoyo de la comunidad, se edificó un monasterio más amplio y una iglesia que se terminó entre los siglos XVIII y XIX. Este fue el primer convento de clausura carmelita en la ciudad, y desde su fundación, las monjas vivieron bajo la estricta regla de Santa Teresa. A lo largo de los siglos, el convento se fue ampliando, incluyendo nuevas celdas, oficinas comunes y ermitas para el retiro espiritual durante el Adviento y la Cuaresma.

Cuando las autoridades religiosas decidieron vender una parte del edificio patrimonial del claustro, junto a la calle Mariscal Sucre y Benigno Malo, sus espacios se reacondicionaron para las oficinas ejecutivas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay (CCE-NA) y locales comerciales. Donde hoy está el café antes era un invernadero.

Los impulsadores de esta iniciativa que se enmarca en los servicios turísticos, prefieren el anonimato y que se los conozca como “un buen grupo de amigos”, que patrocinan la cultura. El lugar estaba subutilizado y podía ser ocupado mediante un objetivo más productivo, crear un establecimiento que no solo busca el lucro. Conseguir el consentimiento de las ocupantes del claustro, para que permitan arrendar el sitio resultó toda una odisea, porque las madres tenían el temor de que el emprendimiento se transforme en una molestia para la tranquilidad y la paz del convento, como ya les había pasado en otras ocasiones.

Es por eso que las conversaciones para la respectiva autorización duraron dos años, hasta que estuvieron completamente convencidas y obtuvieron todas las garantías de que el proyecto no causaría molestias y era para una buena causa. Accedieron a arrendar el local. De una u otra manera se obtuvo lo deseado.

Superada la primera barrera mediante la buena voluntad y el diálogo, apareció la segunda que es más mundana, se necesitaba dinero para las infaltables readecuaciones y el “grupo de amigos” tuvo que “vender hasta la camisa”, porque no querían ver como se truncaba un sueño de años y existía el peligro de que la empresa nunca arranque. Aunque el fantasma de la falta de Don Dinero, poderoso caballero, era muy real, la decisión de ir para adelante no flaqueó. Días antes de la inauguración surgieron otros problemas, como goteras en el techo de vidrio cada vez que llovía, que con urgencia fueron resanadas. La construcción del altillo, la adecuación de los baños, la disposición de las mesas, la implementación de la cocina, todo fue parte de un proceso de 5 meses de duro trabajo.

Muchas fueron las ideas para un nombre, pero al final se impuso la marca del convento, porque el café está en una sus esquinas más antiguas. La autorización para usar el nombre como una marca comercial, también fue otorgada por las madres y de verdad que la impronta, cuando se la pronuncia, suena muy bien.

Todo en la decoración del recinto rectangular esquinero, junto al Salón del Pueblo, está diseñado para rendir homenaje al convento de El Carmen. Por ejemplo, sobre mesas circulares se han colocado manteles azules y blancos, las sillas fueron pintadas con un morado tenue, el piso del altillo fue construido con duelas de eucalipto, está presente una estatua de Santa Teresa de Ávila, fundadora de la rama reformada de la Orden Carmelita, conocida como Carmelitas Descalzas y en las paredes se han pintado imágenes de viejos pergaminos que cuentan la historia del claustro y la fecha de su fundación. Se escucha una linda y suave música de fondo. Es el café El Carmen, “el sitio más acogedor de Cuenca”, que integrado una completa y nutrida agenda cultural.

Para el singular tono de color de las sillas hay una explicación, pertenece a la carta de colores de la arquitectura moderno y aunque al principio es chocante a la vista, resulta llamativo, un toque especial de estilo europeo, aunque el objetivo del café es revalorizar lo propio, porque la gente está acostumbrada a creer que si no es extranjero no tiene valor y no se aprecia el esfuerzo de los artistas locales. Por eso, la novel iniciativa quiere ayudar a construir un Ecuador de progreso, el desarrollo físico y espiritual de todos, que el Estado impulse las iniciativas de los creadores jóvenes, que casi siempre no son tomados en cuenta. Como es usual en el teatro, la expresión metafórica “detrás de bambalinas”, que se refiere a lo que está fuera de la vista del público, grafica perfectamente lo que ocurre en la cocina, donde las expertas manos de Luz y Oliva Bernal preparan ricos platos criollos, como el morocho o las tortillas de maíz, opciones que se han perdido en otros restaurantes que solo venden hamburguesas.

La venta de roscas y brazos gitanos elaborados por una congregación religiosa, es otra oferta filantrópica del café, porque las madres con el dinero que se recauda ayudan a que gente humilde conduzca mejor su destino. El “grupo de amigos” que administra la empresa opina que la gente de Cuenca nunca llegará a entender nuestro enfoque comercial, pero entristece que una gran parte de la gente de esta ciudad no sepa apreciar lo que proponemos. Esta una declaración de principios, la que hace de este emprendimiento no solo un negocio o una empresa más, es un proyecto espontáneo y por eso bello y humilde, que eleva a la cultura de Cuenca. Causas más estructurales y profundas agobian a la ciudad, la región y el país, pero vale la pena hacer el esfuerzo e incentivar a que todos lo que tienen un negocio aporten un mínimo de sus ingresos “para apoyar proyectos humanitarios y culturales; solo este pequeño esfuerzo podría acabar con muchas injusticias”.

El lindo decorado y el nombre generan la sensación de que se trata de un lugar caro, pero lo bello no necesariamente tiene porque serlo. Los precios de la carta son módicos y el entretenimiento es gratuito. La inflación de los precios es una constante diaria, en insumos como los combustibles y eso complica la vida de las personas, pero el café trata de mantener los costos de sus servicios, absorbiendo el fenómeno inflacionario, para atraer y ayudar a sus clientes. Y cuando se termina de pagar el crédito asumido para inventar el emprendimiento, se tomarán nuevas decisiones, como bajar los precios de la carta de platos que se ofertan. El objetivo es seguir “hasta donde aguanten el bolsillo y las fuerzas”.

La propuesta es sacar a la calle un pedazo del ambiente de paz que se vive al interior del convento de claustro y que la ciudadanía haga contacto con el patrimonio que existe detrás de sus gruesos muros de adobe: sus pinturas murales, sus baúles que guardan secretos, las réplicas del acta fundacional que decoran paredes. Una idea cultural bien plasmada.

Para llegar al corazón de la ciudadanía, los administradores del Café El Carmen han planificado convertirlo en parte de la ciudad, que sea la casa de todos, por eso la atención del personal de cocina y meseros deben sentirse como parte del local y brindar un servicio fundamentado en la filosofía que la vida es algo más que solo hacer dinero. Los salarios de los trabajadores están por encima de lo que dispone la Ley, para que sientan al negocio como suyo.

El Café del Carmen aspira a transformarse en un centro cultural, con el fin de establecer una radical diferencia con otros locales similares. Las puertas están abiertas para la diversidad de expresiones artísticas y durante los cuatro meses que se halla en funcionamiento, ha tomado un rumbo firme con el fin de alcanzar este objetivo, aunque no tiene todavía un proyecto firme, pero “la improvisación también es buena”. Ya cuenta con una agenda, eventos de pintura colectiva y feria del libro para promocionar la lectura.

Sin embargo, todos los creadores a los que se les han cerrado las puertas en otros espacios, en este local tienen cabida. Ser incluyentes es difícil, porque la cultura siempre está restringida a un círculo pequeño de amistades. Pero en tan corto tiempo han tratado de abrir oportunidades, sobre todo para los jóvenes, para que este sector de la población comprenda, a través de conciertos de música, recitales de poesía, proyección de imágenes y charlas sobre ecología, que existe un amplio mundo por descubrir. Y quieren llegar más allá, con el deseo de no ser consumidos por el sistema hasta perecer. La planificación está en destinar para de los ingresos a talleres de carpintería, organizar a los boleadores o lustradores de zapatos del Parque y la calle para venderles el betún a precio de costo, sin sentido paternalista, sino más bien contribuir a que algo cambie en la sociedad, porque en un país tan lindo como el Ecuador no es justo que la gente se muera de hambre.

El evento más sobresaliente que hasta el momento se ha realizado en el Café El Carme, es el homenaje a la memoria del profesor Alfonso Carrasco Vintimilla, filósofo, poeta, traductor, pionero del cine cuencano, una persona humanista de gran sencillez. Familiares, amigos y conocidos del personaje asistieron a la conmemoración de su vida, un acto hermoso no solo por su calidad artística sino porque su espíritu estuvo presente.

Alfonso Carrasco Vintimilla (Cuenca, 1943–1987) fue un destacado ensayista, crítico literario y catedrático universitario ecuatoriano. Se desempeñó como decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca y fue el fundador de los Encuentros de Literatura que hoy llevan su nombre y se celebran cada dos años en su ciudad natal. Su obra crítica, aunque dispersa en diversas revistas como Pucará, Cultura del Banco Central y El guacamayo y la serpiente, es reconocida por su profundidad analítica y su enfoque estilístico riguroso. La académica María Eugenia Moscoso destacó su “gran capacidad y vocación estética” en el análisis literario.

Otros eventos realizados son los conciertos de jazz de Fernando Avendaño, de música latinoamericana con Felipe Vega, proyección de transparencias de nevados ecuatorianos con el fotógrafo Galo Carrión, proyección de transparencias del bosque de Mazán, presentaciones de mimo-teatro-ecológico y aportes con ideas de toda la gente que visita el café, que dejan algo de sí mismos y hacen acogedor el lugar. Por el momento adiós a esta pequeña empresa y a sus administradores se les desea todo el éxito, porque están en carpeta la ejecución de acciones nobles y valdría la pena que se trunquen.

El Mercurio, Mundo Empresarial, domingo 12 de noviembre de 1989. 10A.

 

 

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