Confecciones El Mundo: el impulso vital de Antonio Orellana.

 

Hernán Rodríguez Girón.

CUENCA, Ecuador (04/03/90).- La sastrería “Confecciones El Mundo”, idea original de José Antonio Orellana, comenzó a madurar como una pequeña empresa en el año de 1953. Así lo recuerda este humilde y honrado artesano, que deja una huella imborrable en Cuenca, debido a que en el año de 1988 recibió la presea Gaspar Sangurima que le otorgó la Municipalidad por su contribución y destacada trayectoria.

Con 37 años en el oficio de sastre, su local se ha convertido en un sitio tradicional de la ciudad: “primero esta sastrería funcionó en un local donde ahora es La Francia, unos dos o tres años, desde 1953. Recuerdo que en esa casa vivía el obispo Doctor Daniel Hermida Ortega y cuando me cambié de local en 1956, murió el Doctor Hermida. Entonces, fue nombrado obispo el Doctor Manuel María Abad. Mi nuevo local se ubicó en la calle Bolívar, en la casa de Luis Moscoso Vega, frente a la propiedad de Malo Moscoso. Allí entré al comercio, vendiendo telas, pues comprendí que mi habilidad artesanal y el negocio tenían que ir de la mano”.

Su etapa de aprendizaje de la sastrería la vivió como operario de Aurelio Ordóñez, un excelente maestro, de antigua escuela, pero con métodos anticuados que no permitían progresar; “el solo cogía cortes, para mi modo de ver las cosas era una manera equivocada de ejercer su trabajo”. En los cuentos de las Mil y Una Noches, la sastrería es un oficio artesanal ennoblecido en muchos relatos, dando la impresión de que todo el pueblo árabe tiene un apego especial por las manualidades, los negocios honrados y humildes. La tradición oral europea también recoge aventuras de sastres y a semejanza del cuento de los hermanos Grimm, “El sastrecillo valiente”, Antonio Orellana tiene actitudes que le han permitido enfrentar a gigantes, tomando las medidas de presidentes de la República, ministros de estado, generales y grandes personajes, que han pasado por su cinta métrica, para confeccionarles trajes a la medida, usando las telas más finas.

1965 fue el año que dio el salto adelante, cuando el Banco del Azuay le concedió un crédito para mejorar su negocio. Fueron 50.000 sucres, que en el aquel lapso parecía mucha plata, pero el mismo considera no fue duro pagarlo, porque la situación económica del país era más estable. La empresa salió a adelante. “No tuve muchas dificultades para progresar, la vida no era tan dura y Cuenca era una ciudad pequeña, la gente era más abierta y confiada”.

La moda de la época lo imponía; todo hombre que pretendía una imagen de elegancia debía usar terno, era la ropa masculina común, sinónimo de finura, de primor, de delicadeza y buen gusto. Como existía demanda, muchas personas se dedicaban al oficio de sastre y el maestro Orellana recuerda algunos nombres de grandes expertos, excelentes maestros y artesanos, como Aurelio Ordóñez, Leónidas Cárdenas y León Alvear: “yo compartí con todos ellos, gentes distinguidas a las que les tengo una gran admiración. Pero, mi ventaja era la juventud y modernicé, estoy seguro, la sastrería en Cuenca. En cuanto a la demanda, era elevada porque aún no se instalaban fábricas de ropa en la ciudad”.

La implementación de local de Confecciones El Mundo se realiza en 1961, en la Calle Luis Cordero, entre Sucre y Presidente Córdova, cuando compra una casa y traslada allí la sastrería en el año de 1971, “cuando ya tenía amplios conocimientos y cobraba mucho más que los otros artesanos, por mi excelente trabajo. La gente tuvo confianza en mí artesanía y en mi modesta forma de ser, aspectos que me sirvieron para triunfar”.

Todo oficio tiene sus secretos y Antonio vivió una larga etapa de aprendizaje, 16 años como operario, entre los 12 y los 28 años de edad, antes de conseguir su independencia como artesano de la sastrería; “para una buena formación hay que aprender primero a ser un sastre de banco y para esto hay que capacitarse en puntadas, luego como se hace un chaleco, después el pantalón y allí un pasa a obrero de manga, de abrigos y finalmente la ropa de etiqueta. Yo cumplí con toda esa escuela. Cuando se sabe todo este proceso, la siguiente etapa es aprender a dibujar el corte; uno tiene que adquirir conocimiento de las tizas y comparar medidas. Solo cuando se sabe todo esto se puede decir que está graduado como un sastre completo”.

Confecciones El Mundo comercializa otras líneas de productos afines a la sastrería. La marca “Infinity Lidia”, que fabrica chompas de lana, es propiedad de la familia Orellana, con diseños exclusivos. La planta de producción funciona en el domicilio de Antonio, en el sector del estadio municipal; “es una pequeña planta industrial, que produce chompas confeccionadas y terminadas en máquinas de coser industriales. En el local del centro, además de ternos hacemos pantalones, suéteres, panachos y casacas. También compramos ropa de marcas extranjeras para vender.

A lo largo de su vida, su inquietud por incursionar en nuevos campos no se ha detenido. Por eso, es pionero en la producción de prendas de vestir en cuero; “fui uno de los primeros artesanos cuencanos en confeccionar ropa de cuero, cuando el pie de este material costaba 150 sucres y conseguí exportar mis casacas a Colombia, Venezuela y Estados Unidos. Puedo decir con orgullo, que la mayoría de las personas que ha 1990 trabajan armando ropa de cuero, fueron mis operarios. Cuando el negocio comenzó a dañarse lo abandoné, sobre todo por el alza de los precios de la materia prima, el pie por ejemplo cuesta 1.200 sucres hoy en día”.

Confecciones El Mundo es proveedora de uniformes para instituciones locales como la Empresa Eléctrica, Industrias Guapán, la Universidad de Cuenca, la Universidad Católica, el Banco del Azuay y el Banco de Fomento. Los trajes se han exportado al exterior muchas veces y son distribuidos en todo el Ecuador, por Confecciones A&M en Quito, también llegan a Guayaquil, Loja y otras ciudades. La particular característica es que todos los trajes que fabrica Antonio Orellana son hechos a mano; es decir, son una auténtica artesanía. Todo inicia con la toma de medidas, luego la alisada o planchada de la tela escogida, son 3 yardas para saco y pantalón; 3 yardas ¼ si es con chaleco. Antonio destaca que, en este oficio artesanal, el apoyo de la familia es importante, por eso su hija Sara Orellana lleva la contabilidad y administra el negocio, su esposa se encarga de la fábrica de suéteres, todo con el respaldo de 24 trabajadores que dependen laboralmente de Confecciones El Mundo.

La confección de ternos de calidad está garantizada con el uso de los mejores casimires importados de Italia, Inglaterra, España o Colombia, que significa el mayor rubro de egresos para Confecciones El Mundo, lo que también significa un factor en contra. Los tiempos han cambiado, antes con muy poco capital se compraba la materia prima y accesorios, se podía salir adelante. Hoy no es así. Un segundo factor en contra son los pocos obreros calificados, porque los jóvenes no quieren saber o aprender artesanías; “tienen un concepto diferente sobre el significado del ser y creen que la plata se cosecha enseguida. No es así, existe una etapa de la vida para aprender; también ensañar consume mucho tiempo. Las dos situaciones se contraponen”.

Un tercer factor en contra, quizás el más importante, que dificulta la permanencia de esta artesanía en el mercado, es la inflación. Antes, las personas compraban un terno porque le gustaba y había la posibilidad económica. Un terno promedio costaba 3.500 sucres y el sastre cobraba 220 por lo que se llama “la hechura”; “ahora un terno se adquiere por necesidad, no por gusto; es una diferencia enorme. Cuesta 95.000 sucres el traje y 30.000 la hechura”.

Accesorios como la corbata o el chaleco; prendas clásicas como el saco y el pantalón, pasaron de moda entre los estudiantes universitarios. Ir de terno a estudiar pertenece a un pasado que no volverá y eso lo recuerda el maestro Antonio de la siguiente manera: “en mis tiempos, el estudiante universitario era una persona distinguida, que usaba terno con camisa y corbata; con unos zapatos bien lustrados. El profesor se diferenciaba de sus alumnos porque además llevaba bastón y sombrero. Son costumbres que han muerto. Ahora el profesor y el estudiante universitario vea usted como van…”.

Una anécdota para la historia es el encargo del cinco veces presidente Velasco Ibarra, que fue cliente de Antonio Orellana; “él y todo su gabinete; así como también fui sastre del Estado Mayor del Ejército, vistiendo a generales, así obtuve un gran prestigio. Siempre quedé bien”. Recuerda el carácter de Velasco, un personaje muy serie, que no daba muchas oportunidades para conversar. Sin embargo, llegó a conocerlo y cuando brindaba la oportunidad, se lo podía percibir como un hombre jovial, elegante, al que le gustaban los trajes impecables; “siempre quería aparecer muy bien ante el público. Era muy culto, era su forma de ser y para vestir igual. Buscaba colores sobrios, que le quedaran muy bien. Nunca usaba ropa deportiva. Era bien alhaja.

Antonio Orellana, con todas estas experiencias que le ha regalado la vida, continúa con un gran impulso para seguir viviendo. Quiere continuar en el oficio de sastre hasta lo que pueda aguantar, porque cree que si deja de trabajar se va a morir; “continuar con esta labor parece que me hace más joven, ja, ja, ja”.

El Mercurio, domingo 4 de marzo de 1990l Mundo Empresarial, 6B.

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